13. Steve #2
El teléfono de Ben vibró y sonó desde el bolsillo de la chaqueta con una urgencia estridente. Ben dio un respingo, sacando el aparato con un bufido de molestia. La pantalla iluminó su rostro cansado con un brillo azulado.
—Es papá Preston —anunció Ben, rodando los ojos antes de deslizar el dedo por la pantalla para contestar—. ¿Hola, papá?
Incluso desde mi posición, pude escuchar la voz aguda y exigente de mi suegro filtrándose por el auricular.
—¿Benjamín? ¿Dónde estáis? ¡El sol ya se está ocultando y la brisa trae demasiada humedad! ¡Es tiempo para descansar, el doctor Evans fue muy claro con los horarios de tus articulaciones!
Ben me miró, compartiendo una mueca de exasperación compartida.
—Estamos en el mirador, papá. Estamos bien. Steve me tiene abrigado.
—¡No me importa cuántas chaquetas te ponga ese Alfa tuyo! ¡Quiero a mis nietos bajo techo en diez minutos, o juro que iré a buscaros con el coche!
Ben apartó el teléfono de su oreja, haciendo una mueca cómica antes de responder.
—Ya vamos, papá. Ya vamos.
Colgó y dejó caer la cabeza contra mi pecho con un gemido de derrota.
—La dictadura no descansa ni en la playa —se quejó, aunque había una nota de afecto en su voz.
Solté una carcajada ronca, poniéndome de pie y ofreciéndole mis dos manos.
—Vamos, chico de ciudad. No quiero que tu padre envíe a la caballería y me acuse de congelar a su cachorro.
Agarré sus manos y tiré de él con suavidad, ayudándole a ponerse en pie.
Cuando estuvo frente a mí, le arreglé las solapas de la chaqueta, abrochando el primer botón para aislarlo del frío.
Me miró a los ojos, y en ese instante, el peso del mundo se sintió ligero.
Mientras lo tuviera a él, cualquier juicio, cualquier guerra y cualquier huracán serían fáciles de soportar.
—Vámonos a casa —dije, robándole un último beso rápido bajo el cielo incendiado, antes de emprender el camino de regreso hacia nuestro refugio.
Sin embargo, la verdadera recepción nos esperaba en la sala de estar.
No habíamos dado ni tres pasos sobre la alfombra cuando la voz implacable de la abuela Beatrice cortó el silencio de la casa.
—¿Acaso olvidaste cómo funciona un reloj, Steven? —preguntó, su tono tan afilado como una cuchilla de podar.
Estaba sentada en el sillón principal, con la espalda recta como una tabla.
Su respiración sonaba limpia, fuerte, sin rastro de la sibilancia enfermiza de meses atrás.
Se había recuperado demasiado bien, desafiando cualquier pronóstico del maldito invierno.
A su lado, Preston cruzaba los brazos sobre el pecho, asintiendo con severidad mientras nos fulminaba con la mirada.
—Ese Omega tuyo lleva a mis bisnietos en el vientre —continuó la abuela, golpeando el suelo de madera con la punta de su bastón—.
Y a ti te parece una idea brillante pasearlo por los acantilados a oscuras, exponiéndolo a la humedad del mar.
Estoy profundamente decepcionada de tu falta de sentido común, muchacho.
—Las articulaciones de Benjamín se inflaman con el frío, Steve —añadió Preston, frunciendo los labios—. El doctor Evans fue muy específico con los cambios de temperatura.
Instintivamente, bajé la cabeza.
—Lo siento, abuela. Tienes razón, Preston. Se nos fue el tiempo —murmuré, adoptando esa postura sumisa que no usaba desde hacía más de quince años.
Por fuera, yo era el Alfa adulto, el administrador implacable de Los Naranjos, aceptando mi reprimenda.
Pero por dentro... por dentro una calidez extraña y burbujeante me llenaba el pecho.
Era exactamente como cuando era un niño y volvía tarde de la playa, con las botas llenas de arena y los bolsillos cargados de conchas.
Ver a mi abuela tan llena de vida, tan dueña de su autoridad, respirando por su propia cuenta, me hizo sentir inmensamente feliz.
Estaba mucho más alegre que triste por el regaño.
—A la cama. Los dos. Ahora mismo —sentenció Beatrice, señalando el pasillo con un dedo huesudo y firme.
Asentí de nuevo. Tomé a Ben por la cintura, sintiendo cómo su cuerpo temblaba ligeramente bajo la chaqueta gruesa, y lo guié en silencio por el pasillo hasta nuestra habitación.
En el instante en que cerré la puerta a nuestras espaldas y el pestillo hizo clic, el temblor de Ben se transformó en un sonido estrangulado. Se tapó la boca con ambas manos, sus hombros sacudiéndose violentamente.
No estaba temblando de frío. Se estaba riendo.
Una carcajada ronca escapó de mi propia garganta, imposible de contener. Me acerqué a él, acorralándolo suavemente contra la madera de la puerta, y le quité las manos del rostro. Sus mejillas estaban rojas y sus ojos azules brillaban con lágrimas de pura diversión.
—¿Te parece gracioso que me traten como a un chiquillo de diez años irresponsable? —susurré contra sus labios, sintiendo cómo mi propia sonrisa me estiraba las mejillas.
—Es... es divertidísimo —jadeó Ben, rodeando mi cuello con sus brazos y presionando la dureza de su vientre abultado contra mi abdomen—. El gran y temible Steve, el Alfa gruñón, domado por un Omega de ciudad y una abuela con bastón.
Solté otra carcajada libre y profunda, enterrando mi rostro en el hueco de su cuello.
Aspiré su aroma dulce mezclado con la sal del mar, apretándolo contra mi cuerpo.
Mientras nuestras risas se mezclaban en la quietud y el calor de nuestra habitación, supe que no importaba el inminente juicio legal, ni la codicia de Clara o Marcos.
Aquí, entre los regaños familiares y el calor de mi esposo, mi mundo estaba exactamente donde debía estar.