El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 13. Steve
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13. Steve

Vacaciones. Esa era la maldita palabra que mi cerebro se negaba a procesar, una etiqueta absurda y vacía que no encajaba con el ritmo frenético que seguía latiendo en mis venas.

El viento salado del Pacífico me golpeaba la cara con una frialdad húmeda, levantando la arena mojada que crujía bajo la suela de mis botas.

A mi lado, el océano rugía, un monstruo gris y espumoso que se estrellaba contra la costa con una violencia hipnótica.

Pero mi mente no estaba aquí. Mi cabeza seguía atrapada a cientos de kilómetros, enterrada en el polvo rojo del Valle de San Joaquín.

Sabía que la cosecha de mandarinas seguía su curso implacable.

Sabía que Miguel y Tomás estaban organizando a las cuadrillas para cubrir los otros sectores, que había que podar, que la preparación para la siguiente temporada ya estaba exigiendo atención y maquinaria.

Y, por encima de todo ese ruido agrícola, estaba el otro ruido.

El susurro venenoso de los trajes caros.

El juicio legal contra mis primos apenas había empezado.

Jack me enviaba correos encriptados de madrugada, detallando las tácticas dilatorias de los abogados de Marcos, las mociones, las amenazas veladas.

Yo borraba cada mensaje antes de que la luz de la pantalla pudiera iluminar la cama.

Lo único que me importaba, mi única y absoluta prioridad en este exilio costero, era proteger a Ben de lo que no sabía.

Giré la cabeza para mirarlo. Caminaba a mi lado, envuelto en mi chaqueta de lona oscura que le quedaba inmensa, sus manos hundidas en los bolsillos.

Su vientre era ya una curva pronunciada, masiva, una carga hermosa y pesada que alteraba su centro de gravedad y le obligaba a caminar con un balanceo lento y cauteloso.

Su piel pálida estaba sonrosada por el frío del mar, y su cabello platino volaba salvaje alrededor de su rostro.

Sus feromonas, ese aroma denso a miel caliente y leche que me volvía loco, luchaban contra el olor a yodo y salitre del océano, ganando la batalla en mis fosas nasales.

Ya solo faltaban semanas. Unas pocas semanas para que esos dos cachorros desgarraran nuestro mundo y lo reconstruyeran de nuevo.

Ben ya estaba lo suficientemente sensible.

Las hormonas lo convertían en un torbellino; podía reír a carcajadas por una gaviota y llorar cinco minutos después porque el té no estaba lo suficientemente dulce.

Si le contaba la verdad ahora, si le decía que la guerra por la finca se estaba librando en los tribunales a nuestras espaldas, sabiendo lo sobreprotector que se había vuelto, el pánico lo consumiría.

Lo pondría en alerta máxima. Y el estrés era un veneno que no iba a permitir que tocara a mis hijos.

Me tragué la culpa. Yo era el Alfa. Absorber el golpe para que mi manada durmiera tranquila era mi maldito trabajo.

Además, por mucho que me costara admitirlo, muy dentro de mí sabía que estábamos a salvo.

La abuela Beatrice, con su artritis, su bastón de plata y su mirada de halcón, era una fortaleza andante.

Mientras estuviéramos bajo el techo de su inmensa casa de playa, ni Marcos, ni Clara, ni el mismísimo diablo podrían acercarse a Ben.

—Estás apretando la mandíbula otra vez, granjero —murmuró Ben.

Su voz, suave y ligeramente ahogada por el viento, me sacó de mis pensamientos. Sacó una mano del bolsillo de la chaqueta y buscó la mía. Sus dedos, fríos por la brisa, se entrelazaron con los míos. El contraste de su piel suave contra mis callos ásperos me ancló al presente de inmediato.

Aflojé la tensión de mis hombros y apreté su mano, reduciendo la velocidad de mis pasos para adaptarme a los suyos.

—Solo pensaba —mentí a medias, acercándolo hacia mi costado para protegerlo de una ráfaga de aire helado.

—Piensas demasiado fuerte. Casi puedo escuchar los engranajes de tu cerebro chocando contra los tractores que dejaste allá atrás —Ben me miró de reojo, con una sonrisa pequeña y comprensiva—. Intenta estar aquí, Steve. Conmigo. El mar no muerde.

Me detuve un segundo, obligándome a respirar hondo. Llené mis pulmones con el aire frío y salado. Miré a lo largo de la calle costera que bordeaba la arena, observando las casas de madera pintadas de colores pastel descoloridos por la sal, los postes de luz oxidados y las aceras irregulares.

—Después de cada ciclo de cosecha, cuando aún era un niño... —comencé a decir, mi voz sonando grave y áspera, sorprendiéndome a mí mismo al desenterrar el recuerdo—. El abuelo Archibald y la abuela Beatrice me traían aquí. De vacaciones.

Ben detuvo su paso, girándose hacia mí con interés genuino. Sus ojos azules brillaron bajo la luz pálida de la tarde. Le encantaba cuando le daba pedazos de mi pasado, esos fragmentos que yo solía mantener enterrados bajo capas de tierra y silencio.

—¿A esta misma playa? —preguntó, apretando mi mano.

—Sí. A la misma casa. —Señalé con la barbilla hacia el final de la avenida adoquinada que se extendía paralela a la costa—.

Había un local al final de esa calle. Una tienda pequeña, con un toldo amarillo que siempre estaba roto por el viento.

Vendían todo tipo de cosas. Chucherías, refrescos calientes, pero también juguetes de plástico barato.

Cubos, palas, barcos que se hundían a los cinco minutos.

Inicié la marcha de nuevo, tirando de él suavemente. Caminamos por la acera, dejando que el sonido del mar nos acompañara.

—Y ahora todo ha cambiado —murmuré, observando el lugar donde solía estar aquella tienda, ahora ocupado por una cafetería moderna con cristaleras enormes y luces de neón minimalistas—.

El pueblo, las calles, la gente. Todo el mundo estaba cambiando alrededor, evolucionando... menos la finca. O eso creía.

Ben escuchaba en silencio, su pulgar acariciando el dorso de mi mano con movimientos circulares y tranquilizadores. Su atención era un bálsamo que me permitía seguir hablando.

—Durante años pensé que Los Naranjos estaba congelada en el tiempo —continué, sintiendo el peso de la confesión en mi pecho—.

Creía que mi deber era mantenerla exactamente igual a como la dejó mi padre.

Pensé que la finca no había cambiado, pero la verdad...

la verdad es que sí lo había hecho. Solo que yo estaba tan ciego, tan metido en el barro, que no lo había notado.

Me detuve y me giré para quedar frente a él. Le solté la mano solo para poder acariciar con ambas palmas sus mejillas frías. Mi vista bajó inevitablemente hacia su vientre, la curva inmensa bajo mi chaqueta de lona.

—Compré camionetas nuevas. Instalé sistemas de riego modernos —susurré, levantando de nuevo la mirada hacia sus ojos celestes—. Conseguí un esposo nuevo, uno que bajó de la ciudad para ponerme el mundo patas arriba. Y sería papá. Dentro de muy poco. Todo cambió, Ben. Yo cambié.

Ben dejó escapar un aliento tembloroso, sus ojos llenándose de esa humedad brillante que las hormonas le provocaban con tanta facilidad. Sus manos subieron para cubrir las mías sobre su rostro.

—Cambiaste para bien, granjero —dijo con la voz rota, poniéndose de puntillas con esfuerzo para depositar un beso suave y salado en mis labios—. Y esa finca es tuya. Le devolví el beso, un roce profundo y devoto, saboreando la sal de sus lágrimas y el dulzor de su boca.

Tomados de la mano, seguimos nuestro rumbo.

El camino ascendía ligeramente, una pendiente de tablones de madera vieja que serpenteaba por la duna hasta llegar a un mirador construido sobre las rocas.

El esfuerzo hizo que la respiración de Ben se volviera más pesada.

Pasé mi brazo por su cintura, sosteniendo parte de su peso, anclándolo a mi costado en cada paso hasta que llegamos a la plataforma de observación.

El mirador estaba vacío. Contaba con un par de bancos de madera erosionados por la intemperie y una barandilla gruesa que nos separaba de una caída de veinte metros hacia el mar enfurecido.

Ayudé a Ben a sentarse en uno de los bancos, asegurándome de que estuviera cómodo. Me senté a su lado, tan pegado a él que no cabía una aguja entre nuestros muslos.

—¿Tenías amigos aquí? —preguntó Ben de repente, apoyando la cabeza en mi hombro, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba su descenso lento hacia el agua.

La pregunta me tomó por sorpresa. Pensé en aquel niño de diez años, corriendo por la arena con los pies descalzos, antes de que el peso del legado familiar le aplastara la sonrisa.

—Sí —respondí, esbozando una media sonrisa melancólica—. Había hecho amigos en el paso. Era solo un niño, Ben. En aquella época, hacía amigos a donde fuera que iba. Jugábamos en las rocas, buscábamos cangrejos. No era el ermitaño gruñón que conociste.

Ben se rió por lo bajo, frotando su nariz contra la tela de mi camisa.

—Me habría encantado conocer a ese niño. Aunque el ermitaño gruñón no está tan mal cuando se deja querer.

—El ermitaño gruñón es tuyo —le recordé, rodeando sus hombros con mi brazo y besando su coronilla.

Nos quedamos en silencio, sentados en el mirador.

No hacían falta más palabras. Solo observamos el atardecer.

Fue un espectáculo brutal y hermoso; el cielo se incendió en tonos violetas, naranjas oxidados y rojos sangrientos que se reflejaban en la superficie turbulenta del océano.

Sentí una patada fuerte contra mi cadera, justo donde el vientre de Ben presionaba mi cuerpo.

Sonreí en la penumbra. Los cachorros también estaban despiertos, sintiendo la calma de su Alfa.

Por un momento perfecto y suspendido en el tiempo, la guerra legal, las deudas y los problemas dejaron de existir. Solo éramos nosotros, el frío del mar y el calor de nuestra sangre.

Todo iba bien. El universo estaba en equilibrio.

Hasta que un sonido electrónico, agudo e invasivo, destrozó la paz del acantilado.