El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 12. Ben
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12. Ben

Ben

Mis pies se hundían en la arena fría y húmeda, los granos finos colándose entre mis dedos descalzos con cada paso pesado que daba.

La brisa del mar soplaba con fuerza, trayendo consigo un olor salobre a algas y yodo que me irritaba las fosas nasales.

A cincuenta metros de distancia, un grupo de niños corría por la orilla, riendo a carcajadas mientras las olas rompían contra sus tobillos, pero el sonido me llegaba amortiguado, como si estuviera bajo el agua.

Llevaba tres días en la costa. Setenta y dos horas desde que la camioneta de mi padre nos había alejado de la Finca Los Naranjos, de los huertos polvorientos y, lo más importante, de él.

Crucé los brazos sobre mi vientre abultado, apretando contra mi pecho la camisa de franela a cuadros que le había robado a Steve antes de marcharme.

La tela estaba arrugada, gastada por el uso, pero lo único que me importaba era el olor.

Hundí la nariz en el cuello deshilachado y aspiré profundamente, cerrando los ojos.

Todavía conservaba un rastro tenue de sus feromonas: tierra roja, sudor limpio, asfalto y ese almizcle oscuro y protector que me anclaba a la cordura.

Me aferraba a esa prenda como un náufrago a una tabla de madera.

Lo hacía cuando dormía en la inmensa y fría cama de la casa de la playa, y lo hacía ahora, en mi tiempo libre, caminando sin rumbo por la orilla.

Esa supuesta paz costera, la brisa curativa y el paisaje de postal no hacían absolutamente nada por mí. Mi cerebro de Omega, secuestrado por las hormonas del embarazo gemelar, había transformado el exilio médico de la abuela Beatrice en una película de terror personal.

Me ha enviado lejos, me repetía una voz venenosa en mi cabeza, rascando mis inseguridades más profundas. Se cansó. Se cansó de tus náuseas, de tus quejas, de la pesadez de tu cuerpo. Usó la excusa de la artritis de su abuela para sacarte del medio y poder respirar.

—Quita esos pensamientos de tu cabeza, cachorro.

La voz suave y educada de mi papá Preston me hizo dar un respingo.

Abrí los ojos, parpadeando contra la luz cegadora del atardecer.

Estaba parado a un par de metros de mí, impecable en sus pantalones de lino blanco y un suéter ligero atado a los hombros.

No llevaba zapatos; sus pies también tocaban la arena, un raro momento de informalidad para él.

En sus manos, sostenía un tazón de cristal empañado por la condensación.

—Se te nota la paranoia a kilómetros de distancia. Tus feromonas huelen a limón agrio y tristeza —dijo Preston, acercándose con una sonrisa comprensiva. Me extendió el tazón—. Toma. Tu sabor favorito.

Agarré el recipiente con ambas manos. El frío del cristal fue un contraste brusco contra mis palmas calientes. Miré el contenido: helado de nuez, cremoso, con trozos grandes y tostados asomando en la superficie. El gesto me provocó un nudo instantáneo en la garganta.

—Gracias, papá —murmuré, tomando la cucharilla de plata.

Me llevé una porción a la boca. El dulzor explotó en mi lengua, la textura rica y mantecosa del helado derritiéndose, seguida del crujido terroso de la nuez. Era un sabor a infancia, a consuelo, pero ni siquiera el azúcar logró aplacar el vacío en mi pecho.

—Él dijo que vendría el fin de semana —susurré, clavando la mirada en la espuma blanca de las olas—. Aún faltan tres días, papá. Tres días enteros. No sé si puedo soportarlo. Siento que mis cachorros se están volviendo locos aquí dentro sin él.

Preston suspiró suavemente, acortando la distancia hasta quedar hombro con hombro conmigo, mirando el mismo horizonte infinito.

—Entonces estará aquí el fin de semana, Benjamín. Confía en él.

Solté una risa amarga y corta, girando la cabeza para mirarlo con escepticismo.

—Pensé que lo odiabas. Hace unos meses, cuando descubriste lo de la boda exprés, lo mirabas como si fuera un secuestrador. Creí que arrastrarme a esta casa en la playa era tu máximo castigo por haberles ocultado todo.

Preston sonrió, una sonrisa pequeña, nostálgica y llena de una sabiduría que solo los años otorgan. Negó con la cabeza lentamente, y el viento alborotó su cabello plateado.

—Al principio estaba furioso, sí —admitió, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones—. Creí que se había aprovechado de ti. Pero... no se puede odiar a ese hombre, Ben.

Me quedé en silencio, sorprendido por la rotunda afirmación de mi padre. Preston me miró directamente a los ojos, su mirada azul brillando con un respeto genuino.

—He visto cómo te mira —continuó mi papá—.

He visto cómo trabaja bajo ese sol inclemente solo para asegurarse de que esta familia tenga un futuro sólido.

Es del tipo de Alfa del pasado, mi niño.

Fiel a sus principios, a su tierra y, sobre todo, a su manada.

Él nunca te traicionará. Si te dijo que te alcanzaría, cruzará el estado entero a pie si es necesario para llegar a ti.

Apreté los labios, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con desbordarse. La validación de mi padre era un bálsamo, pero la lógica no calmaba mi biología.

—Lo sé —sollocé por lo bajo, hundiendo la cuchara en el helado medio derretido—. Sé que es bueno. . Me duele físicamente no tenerlo cerca.

Preston me rodeó los hombros con un brazo, atrayéndome hacia su costado.

—Lo sé, cachorro. Lo sé. Aguanta un poco más.

La noche cayó sobre la costa como una manta pesada y húmeda.

La inmensa casa de playa de la abuela Beatrice, con sus ventanales de suelo a techo y sus suelos de madera pulida, estaba sumida en el silencio.

El único sonido era el rugido constante e hipnótico del océano estrellándose contra las rocas debajo del acantilado, un ruido blanco que, lejos de arrullarme, me mantenía en un estado de alerta ansiosa.

Estaba tumbado en el centro de una cama inmensa, rodeado de sábanas de algodón egipcio que se sentían demasiado frías y lisas.

Había construido un nido improvisado con las almohadas, acomodando mi vientre abultado de lado, con la camisa de franela de Steve apretada contra mi nariz.

Las patadas de los gemelos eran erráticas y fuertes, golpeando mis costillas en una protesta silenciosa por la ausencia de su Alfa.

Eran pasadas las dos de la madrugada. Miraba el techo en la penumbra, contando las horas, calculando cuánto faltaba para el sábado.

De repente, el aire de la habitación cambió.

No fue un sonido. La puerta principal de la casa estaba a dos pisos de distancia, y el ruido de las olas ahogaba cualquier pisada. Fue un cambio de presión barométrica.

Y luego, el olor.

Golpeó mis sentidos como un relámpago en la oscuridad. Ozono. Polvo del camino. Gasolina. Y, por encima de todo, una ola densa, pura y abrumadora de feromonas de Alfa, cargadas de agotamiento y necesidad.

Me senté en la cama de golpe. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas con tanta fuerza que me dejó sin aliento. Los gemelos se detuvieron en seco, como si también hubieran captado la señal.

La manija de la puerta de mi habitación giró con un leve clic metálico.

La puerta se abrió lentamente, revelando su silueta masiva recortada contra la luz tenue del pasillo.

Steve.

Dejó caer una bolsa de lona al suelo con un golpe sordo y cerró la puerta a sus espaldas, sumiéndonos de nuevo en la oscuridad, rota solo por la luz de la luna que se filtraba por las cortinas.

—¿Steve? —mi voz salió como un chillido ahogado, tembloroso, incapaz de creer lo que mis ojos veían. ¡Era miércoles! ¡Faltaban tres días!

Él no respondió con palabras. Avanzó hacia la cama con pasos rápidos y pesados.

Tiré las sábanas a un lado, ignorando el dolor en mis caderas, y me puse de rodillas sobre el colchón. Steve llegó al borde de la cama y se dejó caer de rodillas en el suelo alfombrado, quedando a mi altura.

Sus manos, frías por el aire de la noche, ásperas y grandes, encontraron mi rostro en la oscuridad.

Me agarró las mejillas con una desesperación que me cortó la respiración.

Sus pulgares acariciaron mis pómulos, trazando la humedad de las lágrimas que acababan de brotar de mis ojos sin que yo me diera cuenta.

Hundió su rostro en mi cuello, justo sobre mi glándula de olor. Aspiró profundamente, un sonido rasposo y animal que hizo vibrar mi piel.

—Te extrañaba —gruñó contra mi garganta, su aliento caliente chocando contra mi pulso acelerado—. Joder, Ben, te extrañaba tanto que sentía que me ahogaba.

Rodeé su cuello con mis brazos, aferrándome a él con todas mis fuerzas. Enterré mis dedos en su cabello oscuro y revuelto, sintiendo el polvo del camino en los mechones. Su cuerpo estaba tenso, vibrando con una energía oscura y agotada. Estaba aquí. Era real.

—Pensé que no vendrías hasta el fin de semana —lloré contra su hombro, sintiendo la tela de su chaqueta de lona raspar mi mejilla—. Pensé que me habías enviado lejos porque...

—No te atrevas a decir eso —me interrumpió, alzando la cabeza para mirarme. Sus ojos negros brillaban en la penumbra, insondables pero llenos de una devoción salvaje—. Te envié aquí para protegerte. Nunca para alejarte de mí. Eres mi vida entera.

Acaricié su rostro. Tenía unas ojeras profundas, oscuras, que parecían talladas en la piel. Sus facciones estaban tensas, marcadas por un cansancio que iba más allá del trabajo físico. Parecía un hombre que acababa de salir de una zona de guerra, no de un huerto de mandarinas.

—¿Qué pasa sobre la cosecha? —pregunté, frunciendo el ceño, mi instinto notando que algo en su agotamiento no encajaba—. Dijiste que era la semana más crítica. ¿Cómo pudiste irte?

Steve parpadeó, y por una fracción de segundo, vi un muro descender detrás de sus ojos. Una barrera que levantó para protegerme. No sabía qué estaba ocultando. Solo vi a mi Alfa, cansado hasta los huesos.

—Alguien más se encargará —dijo Steve, su voz nivelándose, fingiendo una calma que su cuerpo contradecía—. Delegué. Solo queda una pepena en los sectores bajos, recoger lo que quedó en las ramas. Ya no era necesario que yo estuviera allí.

Mintió con tanta suavidad que, si no estuviera tan desesperado por su contacto, lo habría cuestionado. Pero sus manos habían bajado desde mi rostro hasta mi vientre abultado, acunándolo con una reverencia que me derritió por completo.

—Están inquietos —murmuró, sintiendo una patada directa contra su palma.

—Te estaban buscando —susurré.

Me incliné hacia adelante y lo besé. Fue un choque de labios desesperado, salado por mis lágrimas y con el sabor a café y cansancio en su boca. Me respondió con un hambre voraz, abriendo mi boca con su lengua, bebiendo de mí como si fuera agua en medio del desierto.

Me apretó contra su pecho, con cuidado de no aplastar a los gemelos, pero con la firmeza suficiente para asegurarme de que no era un sueño.

Lo abracé con fuerza, rodeando su torso ancho, escondiendo mi rostro en el hueco de su cuello.

Respiré su aroma, dejando que el ozono, la tierra y su almizcle borraran el olor aséptico del mar.

No me importaba si me estaba mintiendo sobre la cosecha.

No me importaba por qué estaba tan exhausto. Estaba aquí.

Me aferré a la tela de su chaqueta, cerrando los ojos con fuerza, rezando en silencio para que este momento se congelara, esperando que nunca, nunca se fuera a marchar de mi lado otra vez.