El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 11. Steve #2
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11. Steve #2

—¿Tú? —estalló Marcos, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¡Eso es imposible! ¡Estabas ahogado en deudas, Steven! ¡La cosecha apenas te dio para calmar al banco! ¡No tienes la liquidez para comprarnos ni una fracción de nuestras acciones!

—La oferta está respaldada, garantizada y los fondos están en una cuenta de depósito en garantía listos para ser transferidos en cuanto firmen —informó Jack, deslizando un segundo documento sobre la mesa: la oferta de adquisición forzosa.

Marcos agarró el papel, sus ojos escaneando las cifras frenéticamente. Cuando vio los números y la firma del banco que avalaba la transacción, su confusión se transformó en una furia hirviente.

Y entonces, empezaron a mancillar.

—¡Esto es un fraude! —gritó Clara, su voz aguda taladrándome los tímpanos—. ¿De dónde sacaste tanto dinero, Steven? ¡Nos estás robando!

—¡Has desviado fondos de la empresa principal! —acusó uno de mis tíos, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Llevas años llorando miseria y ahora resulta que tienes millones para comprarnos! ¡Has estado ocultando activos!

—El dinero proviene íntegramente del fondo privado de la señora Beatrice Miller —aclaró Jack, elevando la voz por encima de los gritos—. Dinero limpio, rastreado y auditado. Ella financia la compra.

—¡Esa vieja bruja! —escupió Marcos, el rostro enrojecido, las venas de su cuello abultadas por la rabia—. ¡Os habéis confabulado! ¡Habéis usado la excusa de la moralidad de ese prostituto con el que te casaste para forzarnos a esta posición y ahora quieres robarnos la herencia de nuestro padre!

El insulto hacia Ben fue la chispa que detonó el polvorín.

Me levanté de la silla con tal violencia que la pesada pieza de caoba volcó hacia atrás y se estrelló contra el suelo.

El estruendo silenció la habitación de golpe.

Apoyé ambas manos sobre la mesa y me incliné hacia Marcos, mi tamaño y mis feromonas de Alfa dominante inundando el espacio con una agresividad pura, letal y asfixiante.

—Vuelve a pronunciar su nombre con esa boca sucia, y te juro por la tumba de mi padre que te arrancaré la lengua aquí mismo —gruñí, mi voz vibrando en un registro tan bajo que hizo temblar el cristal de los vasos de agua sobre la mesa.

Marcos retrocedió instintivamente en su silla, el miedo primario asomando en sus ojos, pero los abogados, protegidos por su inmunidad corporativa, saltaron a la defensa.

—Señor Miller, le sugiero que se calme o suspenderemos esta reunión de inmediato —advirtió el abogado de traje gris, poniéndose de pie y recogiendo sus documentos de forma agresiva—.

Mis clientes no van a ser intimidados para firmar una venta forzosa.

Si creen que pueden usar una inyección de capital sorpresa para obligarnos a salir, están muy equivocados.

—Impugnaremos la procedencia de esos fondos —añadió otro abogado, cerrando su maletín—. Iniciaremos un proceso de descubrimiento de pruebas. Vamos a revisar cada centavo que esa finca ha producido en los últimos diez años.

Sabía que la batalla sería larga. Sabía que esto no terminaría hoy con unas firmas limpias y un apretón de manos. Se iban a aferrar a su porcentaje como garrapatas, usando cada resquicio legal, cada apelación y cada retraso burocrático que el sistema les permitiera.

—No firmaremos nada —sentenció Marcos, recuperando un poco de su falsa valentía al ver a sus abogados respaldándolo. Se puso de pie, ajustándose la chaqueta del traje—. Nos vemos en los tribunales, primo. Y te lo aseguro, no será tan fácil. Te vamos a sangrar hasta dejarte seco.

Clara y los tíos se levantaron en silencio, siguiendo a su líder, arrojándome miradas cargadas de un odio venenoso antes de girarse hacia la salida.

La puerta de cristal se cerró tras ellos con un siseo neumático, dejándome a solas con el eco de sus amenazas.

El silencio cayó sobre la inmensa sala de juntas.

Me quedé allí, de pie, respirando con dificultad, con los puños apretados sobre la mesa hasta que los nudillos me dolieron.

Sentía una presión aplastante en el pecho.

La guerra acababa de ser declarada oficialmente, y yo estaba a kilómetros de distancia de la única persona que me daba paz.

Lentamente, mis rodillas cedieron. Levanté la silla caída y me dejé caer en ella. Apoyé los codos sobre el borde de la mesa fría, escondí el rostro entre mis manos y me pegué en la frente con la base de las palmas. Una, dos veces. Un castigo sordo por no haber podido cerrar esto de un solo golpe.

Quería estar en la finca. Quería el olor a tierra roja. Quería a Ben. Necesitaba sentir el calor de su vientre abultado bajo mis manos para recordarme por qué estaba librando esta batalla en el infierno de asfalto.

Escuché el roce de la tela del traje de Jack a mi lado. Mi amigo apoyó una mano firme y tranquilizadora en mi hombro.

—Respira, Steve —dijo Jack, su voz sonando calmada, racional, el contrapeso perfecto a mi furia ciega—. Déjalos ladrar.

Levanté la vista, mirándolo con los ojos oscuros y cargados de frustración.

—Van a impugnar todo, Jack. Van a arrastrar el nombre de mi abuela y de Ben por el fango de los tribunales.

—No van a encontrar nada, porque no hay nada que encontrar —aseguró Jack, cerrando su propio maletín con un clic definitivo—.

Solo están perdiendo el tiempo, Steve. Es una táctica de desgaste.

Sus abogados saben que la demanda por incumplimiento fiduciario que les vamos a clavar los destruirá si llegan a juicio.

Están bravuconeando para intentar subir el precio del acuerdo, nada más.

Me froté la cara, intentando borrar el olor a colonia barata y avaricia de mis sentidos.

—¿Cuánto tiempo, Jack? ¿Cuánto tiempo hasta que pueda poner las acciones a nombre de mis cachorros?

—Unos meses. Tal vez un año si pelean cada moción —admitió, mirándome con franqueza—. Pero ganaremos. El dinero está limpio, su mala fe está documentada, y tú tienes la posesión de la tierra. La ley está de nuestro lado.

Asentí lentamente, absorbiendo sus palabras. Un año de litigios. Un año de reuniones, de tribunales, de tensión. Pero al final de ese túnel, estaba la libertad absoluta. La propiedad indivisa. El legado asegurado.

Me puse de pie, ajustándome la chaqueta, sintiendo cómo el instinto protector reemplazaba a la fatiga.

Podían amenazar, podían retrasarlo todo lo que quisieran.

Pero ya no me enfrentaba a ellos solo por un pedazo de tierra o por el respeto de un abuelo muerto.

Estaba peleando por el futuro de mi manada.