El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 11. Steve
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11. Steve

El silencio en nuestra habitación era un peso físico, una losa de mármol que me aplastaba el pecho contra el colchón frío.

Me pasé las manos por la cara, hundiendo los dedos en mis cuencas oculares hasta ver destellos de luz.

Al inhalar, el aire me golpeó con una crueldad exquisita.

Olía a él. El aroma denso, dulce y embriagador a miel caliente y leche que su cuerpo de Omega gestante producía llenaba cada rincón del cuarto, impregnado en las sábanas de hilo, en las fundas de las almohadas, en la camisa de franela mía que había dejado tirada a los pies de la cama antes de marcharse.

Ese olor era lo único que me quedaba de Ben esta mañana.

Si lo había dejado ir, si no había peleado con los dientes y las garras para retenerlo en la finca a pesar de la distancia, era por una única y oscura razón.

La abuela Beatrice lo había planeado todo con una precisión que rozaba lo diabólico.

Su ataque de artritis, real o exagerado, había sido la excusa perfecta, el caballo de Troya necesario para sacar a Ben del campo de batalla antes de que la sangre empezara a salpicar.

Ella sabía, mejor que nadie, que lo que me esperaba en la ciudad no era una simple reunión de negocios. Era una masacre.

Y aunque Ben había demostrado ser fuerte, un superviviente nato con una voluntad de hierro, sus emociones estaban a flor de piel.

Las hormonas del embarazo gemelar lo habían convertido en un cable pelado, hipersensible a cualquier tensión.

Si él hubiera estado aquí, si hubiera presenciado el nivel de veneno y traición que estaba a punto de desatarse, el estrés habría sido veneno puro para los cachorros.

No quería que estuviera presente durante la carnicería.

Quería que estuviera a salvo, arrullado por el sonido de las olas, lejos de los buitres.

Preston lo sabía. Mi suegro era un hombre demasiado inteligente, demasiado astuto.

Había leído la jugada de la abuela en cuanto la anciana dejó caer la taza de té.

En algún momento, en un cruce de miradas o en un susurro en el pasillo, Beatrice se lo había confirmado.

Preston había asumido su papel de carcelero voluntario, y yo solo rezaba a cualquier dios dispuesto a escucharme para que fuera lo suficientemente persuasivo, para que mantuviera a Ben distraído, protegido y, sobre todo, para que mi esposo no me odiara por haberlo dejado marchar sin oponer resistencia.

Me levanté de la cama. El crujido de la madera bajo mis pies descalzos sonó como un quejido. Agarré la camisa de franela que Ben había usado, hundí la nariz en el cuello de la tela y aspiré profundamente, llenando mis pulmones con su esencia antes de tirarla sobre el sillón.

Tenía que vestirme. Tenía una guerra que ganar.

Tres horas más tarde, el paisaje dorado y polvoriento del Valle de San Joaquín había sido reemplazado por el asfalto gris, el cristal reflectante y el acero de la ciudad.

El despacho de abogados estaba en el piso cuarenta de un rascacielos que parecía diseñado para intimidar.

El aire acondicionado aquí no olía a tierra ni a cítricos; olía a ozono, a productos de limpieza químicos y a colonia cara y agresiva.

Me ajusté el nudo de la corbata, sintiendo cómo la seda me asfixiaba, un recordatorio constante de lo mucho que odiaba este mundo.

Jack me esperaba en el vestíbulo, impecable en su traje azul marino, con un maletín de cuero negro en una mano y una tablet en la otra.

—Están todos dentro —murmuró Jack, acercándose a mí, su voz bajando a un tono confidencial y clínico—. Tus primos Marcos y Clara. Dos de tus tíos. Y, como era de esperar, han traído a sus propios perros de presa. Tres abogados de la firma Vance.

—Que traigan a quien quieran —gruñí, ajustándome los puños de la chaqueta a medida que apenas lograba contener la anchura de mis hombros—. Hoy terminamos con esto, Jack.

—Mantén la calma, Steve. Recuerda el plan. Deja que hablen primero.

Empujé la pesada puerta de cristal esmerilado de la sala de juntas.

El murmullo de voces cesó en el instante en que mi presencia llenó el umbral.

La sala era inmensa, dominada por una mesa de caoba que parecía una pista de aterrizaje.

Al otro lado, sentados en fila como un tribunal inquisidor, estaba mi familia.

Marcos me dirigió una sonrisa torcida, cargada de una suficiencia que me hizo apretar los dientes.

Clara ni siquiera me miró, ocupada revisando su teléfono.

Mis tíos, hombres de rostros blandos que nunca habían conocido el peso de una pala, me observaron con una mezcla de desdén y avaricia.

Me senté en el extremo opuesto, con Jack a mi derecha. El silencio se estiró, pesado y hostil.

—Me alegra que hayas podido hacer un hueco en tu apretada agenda rústica, Steven —arrastró Marcos, entrelazando los dedos sobre la mesa—.

Aunque nos sorprende la urgencia de esta convocatoria.

Teníamos entendido que los intermediarios de Vista Paraíso se habían retirado tras el... circo mediático de tu marido.

Apreté la mandíbula al escuchar cómo se refería a Ben, mi lobo interior rugiendo, exigiendo que saltara sobre la mesa y le arrancara la garganta. Jack me puso una mano firme en el antebrazo bajo la mesa.

—No estamos aquí para hablar de mi esposo —dije, mi voz sonando como grava triturada—. Estamos aquí para cerrar asuntos pendientes.

El abogado principal de mis primos, un hombre calvo de traje gris, se inclinó hacia adelante, ajustándose las gafas.

—En ese caso, señor Miller, debemos poner sobre la mesa un tema de vital importancia antes de proceder a cualquier discusión sobre la venta de las participaciones de mis clientes. Es tiempo de que aclaremos la situación del terreno de las mandarinas.

Entorné los ojos. Por supuesto. Se habían enterado.

—No hay nada que aclarar —respondí con frialdad.

—Discrepo —intervino uno de mis tíos, su rostro enrojeciendo de indignación—.

Todo ese terreno, desde los linderos del este hasta el canal, fue propiedad de nuestro bisabuelo.

Que no nos tocara una parte de los beneficios en las últimas décadas fue solo por un acuerdo verbal y caprichoso entre tu abuelo Archibald y el nuestro. Un acuerdo sin validez legal actual.

—Nos hemos enterado de la fortuna que ha sacado Beatrice con la cosecha de este año —escupió Clara, dejando su teléfono y mirándome con ojos brillantes de codicia—.

Millones, Steven. Y ese dinero fue generado en tierras que, por derecho de herencia, nos pertenecen parcialmente.

Exigimos una auditoría inmediata y nuestro porcentaje de esas ganancias retroactivas.

El olor a avaricia en la habitación era tan denso que casi me provocaba náuseas. No querían trabajar la tierra, odiaban el polvo y el sol, pero en cuanto olfatearon el dinero, estaban dispuestos a despedazar a su propia sangre para conseguirlo.

Jack se aclaró la garganta. Se puso de pie lentamente, abriendo su maletín con un clic metálico que sonó como el cerrojo de un arma cargándose. Sacó una gruesa carpeta de contabilidad y la deslizó por la superficie pulida de la mesa hasta que se detuvo frente al abogado de mis primos.

—Pueden auditar lo que deseen, caballeros —dijo Jack, su tono clínico, desprovisto de cualquier emoción—.

Pero encontrarán que las acciones de las que ustedes son titulares nunca, repito, nunca, pagaron un solo centavo para los fertilizantes, el sistema de riego, o el mantenimiento de ese predio específico.

Jack se apoyó en la mesa, clavando su mirada en los tíos.

—Esa parcela fue cultivada, mantenida y explotada a través de una bolsa financiera completamente separada y a nombre exclusivo de la señora Beatrice Miller durante los últimos cuarenta años.

Ustedes no asumieron ningún riesgo, no pagaron ningún impuesto sobre esa tierra y no aportaron capital operativo.

Por lo tanto, bajo la jurisprudencia estatal sobre fideicomisos agrícolas divisibles, no tienen absolutamente ningún derecho hereditario ni participativo sobre esas ganancias. Fin de la discusión.

El abogado de traje gris hojeó los documentos rápidamente, su rostro palideciendo a medida que leía los registros irrefutables. Susurró algo al oído de Marcos, quien apretó los labios, frustrado.

—Bien —dijo Marcos, recuperando su sonrisa arrogante con un esfuerzo visible—. Quédense con sus malditas mandarinas. No estamos aquí para mendigar limosnas. Estamos aquí porque nos informaron que había una oferta firme de compra por nuestro cuarenta y nueve por ciento.

Marcos se reclinó, cruzando los brazos. Creían que tenían el poder. Pensaban que yo había cedido y había encontrado a un comprador corporativo que los haría inmensamente ricos y me dejaría a mí lidiando con un socio mayoritario desconocido que probablemente destruiría la finca.

—Encontramos un comprador, en efecto —dijo Jack, manteniendo su máscara de póker.

Los ojos de mis familiares se llenaron de una avaricia cruda y húmeda. Clara se inclinó hacia adelante, incapaz de ocultar su entusiasmo.

—¿Qué corporación es? —preguntó ella, la codicia goteando de cada sílaba—. ¿Nos igualan la oferta que hizo Vista Paraíso? Queremos el pago en un solo bloque, nada de plazos.

Dejé que el silencio se estirara. Saboreé el momento, sintiendo cómo el poder de la habitación se desplazaba, lento pero seguro, hacia mi lado de la mesa. Me incliné hacia adelante, apoyando mis antebrazos en la madera, y los miré a los ojos uno por uno. A mis tíos. A Clara. Y finalmente, a Marcos.

—No hay ninguna corporación —dije, mi voz grave, oscura y resonante—. Fui yo. Yo soy el comprador.

La reacción fue instantánea. La sonrisa de Marcos se congeló y luego se desmoronó, dando paso a una máscara de confusión y shock. Clara abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Los tíos se miraron entre sí, desconcertados.