10. Ben
Las semanas se habían derretido, convirtiéndose en meses pesados, lentos y marcados por el implacable reloj biológico que latía dentro de mí.
El otoño había caído sobre el Valle de San Joaquín con una brusquedad que helaba el rocío de las madrugadas.
Con la bajada de las temperaturas, la cosecha de mandarinas había alcanzado su punto más frenético, un torbellino de actividad que transformaba la Finca Los Naranjos en una máquina que no dormía.
Para mi desgracia, eso significaba que la presencia de Steve se había reducido a un fantasma táctil en las horas más oscuras de la noche.
Se marchaba antes de que el sol rasgara el horizonte y volvía cuando las estrellas ya estaban firmemente clavadas en el cielo, cubierto de polvo, sudor y el olor denso y dulce de los cítricos.
Yo, por mi parte, me había convertido en un prisionero de lujo.
Mi vientre había crecido con una rapidez que desafiaba la gravedad. Llevar gemelos no era una metáfora poética sobre la creación de la vida; era una invasión física.
Me dolía la base de la columna con un latido sordo y constante, mis pies se hinchaban si pasaba más de veinte minutos de pie, y mi centro de gravedad se había desplazado tanto que caminar se había convertido en un ejercicio de cálculo y equilibrio.
No podía ayudar en la cosecha. Apenas podía atarme los zapatos.
Y, por si mi propia biología no fuera suficiente carcelero, la "Alianza del Mal" había perfeccionado sus tácticas de asedio.
Papá Preston y la abuela Beatrice se habían coordinado con la precisión de un escuadrón militar. Controlaban mi dieta, mis horas de sueño y mis movimientos con una tiranía disfrazada de devoción absoluta.
Todo cambió una tarde de noviembre, cuando el frío del valle decidió mostrar sus verdaderos dientes.
Estábamos en el salón principal. La chimenea de piedra crepitaba, arrojando un calor seco que apenas lograba disipar la humedad que se filtraba por las viejas paredes de madera.
Yo estaba recostado en el sofá de cuero, con una manta de lana sobre las piernas, intentando leer un libro que no lograba captar mi atención.
Mis cachorros estaban inquietos, lanzando patadas coordinadas contra mis costillas que me hacían apretar los dientes y soltar pequeños gruñidos ahogados.
Beatrice estaba sentada en su sillón de orejas habitual. Papá Preston le acababa de servir una taza de té de Ceilán humeante en su vajilla de porcelana fina.
La anciana matriarca extendió la mano derecha para tomar el platillo.
Vi cómo sus dedos, normalmente firmes y enjoyados, temblaban con una vibración errática.
Sus nudillos estaban hinchados, enrojecidos e inflamados de una manera grotesca.
Al intentar cerrar el agarre sobre el asa de la taza, un espasmo violento le recorrió el brazo.
El cristal chocó contra el plato. La porcelana resbaló de sus dedos inútiles y se estrelló contra la alfombra persa, derramando el líquido hirviendo en una mancha oscura.
—¡Maldita sea! —siseó Beatrice.
Fue un sonido cargado de un dolor tan crudo y repentino que me hizo soltar el libro de inmediato. La anciana se agarró la mano derecha con la izquierda, apretando los nudillos deformados contra su pecho, su rostro pálido contorsionado en una mueca de agonía pura.
—¡Señora Miller! —exclamó Preston, dejando la tetera de plata sobre la mesa con un golpe seco y arrodillándose a su lado a la velocidad de la luz—. No la mueva. Enseguida llamo al doctor.
Media hora después, el doctor Evans estaba en el salón, terminando de examinar las articulaciones inflamadas de la matriarca. El ambiente era tenso. Beatrice odiaba mostrar debilidad, y el dolor que irradiaba su cuerpo llenaba la habitación con unas feromonas amargas, de madera vieja y hojas secas.
—Es la artritis reumatoide, señora Beatrice —sentenció el doctor Evans, guardando su estetoscopio en el maletín de cuero negro—.
El frío de esta época en el valle es húmedo, penetrante.
Se le está metiendo en las articulaciones y está afectando su capacidad respiratoria.
Sus pulmones están trabajando el doble para compensar.
Beatrice apretó la mandíbula, mirando por la ventana hacia los huertos grises.
—Siempre he odiado el invierno aquí —gruñó ella, la voz rasposa—. Por eso me marché a la costa hace años.
—Y es exactamente lo que debe hacer ahora —replicó el médico con firmeza, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—.
Es inevitable. Debe volver a su casa en la playa por unos días, al menos hasta que pase este frente frío.
La presión a nivel del mar, la brisa salina y la temperatura constante desinflamarán sus tejidos.
Su cuerpo lo agradecerá. Si se queda aquí, la inflamación podría dejarla postrada en la cama, y sé que usted no toleraría algo así.
Esperé a que la anciana gruñera una negativa, pero, para mi sorpresa, Beatrice asintió lentamente, cerrando los ojos en una concesión derrotada. El dolor debía de ser insoportable para que ella cediera su puesto de mando.
Suspiré, sintiendo un alivio egoísta en el fondo de mi pecho.
Si Beatrice se iba a la costa, la Alianza del Mal se fracturaría.
Perderían a su general. Papá Preston era estricto, sí, pero sin el respaldo de la matriarca, yo tendría un poco más de margen para respirar.
Quizás podría escabullirme a los huertos al atardecer.
Pero mi alivio duró exactamente tres segundos.
—No se preocupe por nada, señora Miller —intervino papá Preston. Su voz resonó en el salón con esa determinación organizativa que me heló la sangre al instante—. Si no hay otra solución, y su salud lo exige, nos iremos todos a la playa con usted.
Parpadeé, la mente quedándose en blanco por la incredulidad. Me incorporé en el sofá, ignorando la protesta aguda de mi espalda baja.
—¿Perdón? —dije, mi voz sonando demasiado aguda—. ¿Cómo que nos iremos todos?
Preston se giró hacia mí, cruzándose de brazos, con esa expresión de Omega que ya ha tomado una decisión por el bien de su manada y no admite réplicas.
—El doctor Evans ha sido claro, Benjamin.
La señora Beatrice no puede viajar sola ni instalarse sin apoyo en su estado.
Y tú —me señaló con un dedo acusador— estás a punto de entrar en la recta final del embarazo.
El aire del mar, la temperatura suave y el estar lejos del polvo de la cosecha te harán maravillas.
Nos instalaremos allí. Yo me encargaré de la cocina y de supervisar a ambos.
Me quedé boquiabierto. Lo que había pensado que rompería la Alianza del Mal acababa de soldarla con titanio.
Se había hecho más fuerte. ¡Mi propio padre estaba dispuesto a abandonar la comodidad relativa de la finca y mudarse a la costa, no como una excusa de vacaciones, sino para mantener el régimen de cuidados intacto!
—Pero... pero papá, no puedes hablar en serio —tartamudeé, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta—. Mi esposo está aquí. Steve está en medio de la cosecha más grande de la década. No puedo irme y dejarlo.
Beatrice abrió los ojos, fijando su mirada oscura en mí. El dolor no le había restado ni un ápice de su astucia.
—Steven estará bien, chico —dijo la anciana, apoyando su mano temblorosa sobre el reposabrazos—. De hecho, trabajará mejor sabiendo que estás a salvo de este maldito frío. El aire de la playa ayudará a los cachorros. Preston tiene razón. Es la jugada más lógica.
—¡Es ridículo! —estallé, mis feromonas disparándose, dulces y agrias a la vez, cargadas de ansiedad—. ¡No me voy a ir a ninguna parte!
No era un capricho. No era solo que extrañara la presencia física de Steve.
Era una necesidad visceral, biológica y dolorosa.
Mis cachorros, que llevaban la sangre de un Alfa puro y dominante, eran exigentes.
Cuando Steve no estaba cerca, se volvían inquietos, empujando contra mis órganos como si buscaran la vibración de su voz.
Durante el día, sobrevivía gracias a la ropa usada que él dejaba en la habitación.
Pero por la noche... necesitaba sus feromonas.
Necesitaba hundir la nariz en su cuello, respirar el aroma a tierra húmeda y cítricos para que mi sistema nervioso se apagara.
Aunque solo llegara a dormir, su presencia era el ancla que mantenía mi cordura intacta.
Irme a la costa significaba cortar ese suministro de golpe. Significaba abstinencia.
—Está decidido, Benjamin —sentenció Preston, dándose la vuelta para acompañar al doctor Evans a la puerta—. Haré las maletas esta misma noche.
Me quedé en el sofá, abrazando mi vientre abultado, sintiendo cómo las lágrimas de frustración me quemaban los ojos.
***
La noche cayó sobre la finca con una oscuridad pesada.
Yo estaba en nuestra habitación, sentado en el borde de la cama, envuelto en una de las camisas de franela gastadas de Steve. El reloj de la mesita de noche marcaba las once y media. El silencio de la casa solo era interrumpido por el viento gélido golpeando los cristales de la ventana.
La puerta se abrió con un clic suave.
Steve entró. Parecía llevar el peso del mundo sobre sus hombros anchos.
Su camisa de trabajo estaba manchada de aceite y polvo, desabrochada en el pecho, mostrando la piel bronceada cubierta por una fina capa de sudor a pesar del frío exterior.
Su rostro estaba marcado por líneas de agotamiento extremo, pero en cuanto sus ojos negros me encontraron en la penumbra, su expresión se suavizó al instante.
Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la madera, soltando un suspiro profundo.
—Hueles a tristeza, Ben —murmuró, su voz ronca vibrando en el silencio de la habitación.
No respondí. Me limité a extender los brazos hacia él.
Steve no lo dudó. Cruzó la distancia en tres zancadas largas, ignorando que estaba cubierto de suciedad.
Se arrodilló frente a mí, encajando su cuerpo entre mis rodillas abiertas, y hundió su rostro en mi vientre.
Sus brazos fuertes rodearon mi cintura ensanchada, apretándome contra él con una devoción que me hizo sollozar.
El contacto fue inmediato. En cuanto la mejilla de Steve tocó la tela de la franela, los cachorros, que llevaban horas pateando mis costillas sin piedad, se detuvieron. Reconocieron a su Alfa.
Enterré mis manos en su cabello oscuro y revuelto, acariciándolo desesperadamente, inhalando el olor a tierra, a trabajo duro y a protección que emanaba de su piel.
—Quieren que me vaya —lloré suavemente, las lágrimas cayendo sobre los hombros de su camisa—.
Quieren llevarme a la playa con la abuela.
Dicen que el frío es malo, que estaré mejor allí.
Pero no entienden, Steve. No puedo estar sin ti.
Me duele el cuerpo cuando no huelo tu aroma.
Se vuelven locos aquí dentro si no te sienten.
Steve levantó la cabeza. Sus ojos estaban oscuros, insondables, llenos de un amor tan crudo que me robaba el aliento.
Sus grandes manos, ásperas y callosas, se deslizaron por mis caderas hasta acunar la pesada curva de mi estómago.
Acarició la piel a través de la tela con movimientos lentos y circulares.
—Lo sé —susurró, besando la curva de mi vientre antes de mirarme a los ojos—. Preston bajó a las oficinas antes de que yo terminara el último turno. Me lo explicó todo. La artritis de la abuela está muy mal.
—¡Pues que se vaya ella! —protesté, aferrándome a su cuello—. No quiero dejarte solo aquí.
Steve se incorporó un poco, alzando las manos para ahuecar mi rostro. Sus pulgares limpiaron la humedad de mis mejillas con una ternura que contrastaba violentamente con su tamaño y su rudeza.
—Escúchame, Ben —dijo, su voz bajando a ese tono de Alfa que lograba calmar mis instintos más salvajes—. La temporada de cosecha ya casi acaba. Queda una semana, diez días a lo mucho, de trabajo intenso para cerrar los envíos de exportación. Y el clima aquí se va a volver brutal.
Rozó su frente contra la mía, mezclando nuestros alientos.
—Preston tiene razón. El aire de la playa, la altitud... será bueno para ti. Estás hinchado, te duele la espalda. Aquí estás encerrado. Y, si soy honesto conmigo mismo, me aterra que te pongas de parto en medio del valle, a dos horas del hospital especializado que contratamos.
—Steve, no...
—Sería bueno que ellos nacieran en la playa —continuó él, su tono volviéndose más firme, más persuasivo, intentando convencerme y convencerse a sí mismo—. La casa de la costa está a quince minutos de la clínica. Las instalaciones son mejores. Estarás seguro. Estarás cuidado.
—Pero no estarás tú —sollocé, apretando los puños contra su pecho—. Mi cuerpo te necesita.
Steve cerró los ojos, y vi el dolor puro cruzar sus facciones.
El instinto de mantenerme a su lado chocaba con la lógica de mi seguridad.
Apretó su agarre en mi rostro, besando mis labios con una desesperación suave, húmeda y profunda.
Saboreé el polvo de sus labios y la sal de mis propias lágrimas.
Cuando se separó, me miró con una promesa inquebrantable ardiendo en sus pupilas.
—Yo te alcanzaré más tarde —juró Steve, su voz vibrando con la fuerza de un contrato inquebrantable—.
En cuanto el último camión salga de la finca, conduciré hasta la costa.
Te dejaré toda mi ropa que huele a mí. Haré llamadas de video cada noche para que escuchen mi voz.
Solo dame una semana, Ben. Y estaré allí antes de que nazcan. Te lo prometo.
Miré la devoción absoluta en su rostro. Sabía que él odiaba la idea tanto como yo. Sabía que separar a la manada en este momento iba en contra de cada célula de su cuerpo de Alfa. Pero lo estaba haciendo por mi bien, rindiéndose a la lógica aplastante de la Alianza del Mal para protegerme.
Asentí lentamente, cerrando los ojos y dejándome caer contra su pecho sudoroso.
—Una semana, granjero —murmuré, sintiendo sus brazos rodearme como una armadura de carne y hueso—. Si tardas un día más, juro que conduciré de vuelta yo mismo y te arrastraré a la costa por los pelos.
Steve soltó una risa grave y cansada, besando mi coronilla repetidas veces.
—No tardaré. Ahora acuéstate. Déjame bañarme rápido y te daré todo mi aroma hasta que te quedes dormido.
Mientras lo veía entrar al baño, con los hombros caídos pero la determinación intacta, supe que la separación sería un infierno.