El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 15. Steve
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15. Steve

El eco del llanto agudo, furioso y lleno de vida todavía rebotaba contra los azulejos blancos de la sala de recuperación, un sonido que se había clavado en mi pecho como un gancho de acero, arrancándome el miedo y sustituyéndolo por un asombro paralizante.

Había pasado la última hora sintiendo que me asfixiaba al otro lado de un cristal, con las palmas pegadas a la ventana de observación, viendo cómo los cirujanos abrían a mi esposo.

Pero ahora, el caos metálico de los bisturís y las alarmas había cesado.

El aire acondicionado zumbaba con un murmullo constante y estéril, filtrando el olor a yodo y sangre, reemplazándolo lentamente por el aroma a algodón limpio y talco.

Ben se había rendido al agotamiento.

Estaba recostado en la camilla articulada, con los ojos cerrados y la respiración profunda y acompasada.

Su rostro, enmarcado por el gorro quirúrgico azul que contenía su cabello platino, estaba mortalmente pálido, perlado por un sudor frío que yo me había encargado de secar con mis propios pulgares temblorosos.

Sus labios, normalmente curvados en esa sonrisa arrogante y hermosa que me volvía loco, estaban entreabiertos y relajados.

Había peleado. Había aguantado el dolor, el pánico y la cirugía con una fuerza que desmentía su aparente fragilidad.

Y ahora, simplemente dormía, arrullado por los narcóticos y por el instinto de un cuerpo que había cumplido su misión biológica más extrema.

Me quedé a su lado, sin soltar su mano izquierda, la del anillo de zafiro, sintiendo el pulso rítmico en su muñeca. Era mi ancla.

Pero mi mirada, traicionera e imantada, no podía apartarse de las dos incubadoras térmicas al otro lado de la habitación.

Eran minúsculos.

Las enfermeras se movían alrededor de ellos con una eficiencia que me mareaba, limpiando los restos de fluidos, pesándolos y midiendo sus extremidades con una rapidez casi clínica. Yo los observaba desde la distancia, con el corazón latiendo tan fuerte en mi garganta que apenas podía tragar.

A simple vista, desde mis dos metros de altura y mi mundo forjado a base de tierra y músculo, parecían irreales.

Y lo que más me aterrorizaba era que no se parecían en nada a mí.

Eran idénticos a él. Tenían la misma piel translúcida de Ben, esa tez de porcelana fina que parecía romperse con solo mirarla.

Tenían pelusa clara sobre sus cabecitas, narices pequeñas y perfectas, y unas manos diminutas que se agitaban en el aire buscando calor.

Eran dos réplicas exactas del chico de ciudad que había bajado a mi finca para ponerme el mundo al revés.

El pánico, frío y viscoso, comenzó a trepar por mi columna vertebral.

¿Cómo iban a sobrevivir a Los Naranjos? Mi finca no era un lugar para criaturas de cristal. Era un infierno de polvo rojo, de tractores ruidosos, de maquinaria pesada y veranos donde el sol partía la tierra en dos. No podrían. Se quebrarían. El campo los devoraría vivos.

Confiaba en Ben. Él había demostrado que podía domar la finca, que podía cargar cajas y reír bajo la lluvia helada. Pero no confiaba en mí.

Bajé la vista hacia mis manos. Estaban limpias, fregadas con jabón quirúrgico hasta dejar la piel roja, pero yo seguía viendo la tierra incrustada en las cutículas.

Veía los callos amarillentos en las palmas, las cicatrices de las hachas y los alambres de espino.

Mis manos estaban hechas para arrancar raíces, para asfixiar problemas, para golpear.

Si los tomaba en mis brazos, si aplicaba un gramo más de fuerza de la necesaria, los rompería. Estaba seguro de que los destrozaría.

—Sus vías respiratorias están despejadas, los pulmones se han expandido perfectamente y el peso es excepcional para un parto gemelar prematuro —la voz del doctor rompió mi espiral de terror.

Se estaba quitando los guantes de látex con un chasquido húmedo, sonriendo detrás de su mascarilla bajada—.

Son unos bebés sanos, fuertes. Todo ha salido de maravilla, Steven.

Las enfermeras terminaron de envolverlos. Usaron sábanas de franela blanca con pequeñas rayas azules, ciñendo la tela alrededor de sus cuerpos diminutos en una técnica que los dejaba como dos pequeños capullos inmovilizados, solo con sus rostros asomando.

—Es la señal —dijo de pronto una voz áspera y solemne a mis espaldas.

Me giré. La abuela Beatrice acababa de entrar en la sala de recuperación, flanqueada por mi suegro Preston. Habían estado esperando en la antesala, presionando al personal médico con su sola presencia.

—¿La señal para qué? —pregunté, mi voz sonando como un gruñido ronco y desorientado.

No esperó a que el doctor le diera permiso. No esperó a que yo lo procesara. En cuanto las enfermeras dieron un paso atrás, Preston y Beatrice avanzaron como dos depredadores elegantes reclamando su territorio. Estaban en primera fila, con los brazos extendidos.

Las enfermeras, intimidadas por el aura de autoridad que desprendía la matriarca Miller y el Omega de ciudad, no dudaron en entregarles a los recién nacidos.

Vi cómo la abuela Beatrice tomaba a uno de los capullos blancos.

La mujer de hierro, la dictadora que controlaba el valle con su bastón, acunó a mi hijo con una suavidad que me dejó sin aliento.

Sus ojos oscuros, normalmente afilados y calculadores, se llenaron de un brillo líquido.

Apoyó el bastón contra la pared y usó ambas manos para sostener la cabeza diminuta, murmurando algo ininteligible, una bendición antigua que solo ella y el cachorro debían escuchar.

A su lado, Preston era la viva imagen de la devoción. Sostenía al otro gemelo contra su pecho, meciéndose instintivamente de lado a lado. Sus ojos azules estaban anegados en lágrimas de felicidad pura.

—Hola, pequeño... —arrulló Preston, su voz temblando por la emoción—. Eres perfecto. Eres absolutamente perfecto.

Me quedé congelado junto a la cama de Ben, observando la escena como un espectador ajeno a su propia vida.

Mi pecho subía y bajaba con respiraciones superficiales.

Quería acercarme. Mi lobo interior aullaba, exigiendo oler a su descendencia, exigiendo marcar a sus cachorros con su aroma para que el mundo entero supiera a quién pertenecían.

Pero mis pies estaban clavados al linóleo.

El miedo a mi propia brutalidad me mantenía atado.

Preston levantó la vista del rostro dormido del bebé que sostenía.

Sus ojos azules se clavaron en mí, brillando con una mezcla de agotamiento clínico y una autoridad incuestionable.

Había en su expresión esa misma firmeza elegante, esa misma tenacidad oculta bajo una capa de seda que su hijo Ben poseía.

—Es tiempo de pensar en nombres, Steven —murmuró Preston, su tono suave pero cargado con el peso de una demanda absoluta.

Se separó del lado de la abuela Beatrice, quien seguía murmurándole a la otra criatura, y comenzó a caminar hacia mí.

Sus pasos eran silenciosos sobre el linóleo, pero para mí sonaban como el repicar de una campana anunciando un juicio.

Venía acunando al pequeño bulto envuelto en franela blanca y azul, meciéndolo con una naturalidad que me provocó una punzada de envidia pura.

Yo tragué saliva. El nudo en mi garganta era tan denso, tan áspero, que casi me asfixia. Balbuceé. Literalmente, mi mandíbula se tensó y mi boca se abrió y cerró un par de veces antes de que un sonido ronco, patético e inarticulado lograra escapar de mis labios.

—Los nombres... —logré raspar, sintiendo el sudor frío acumulándose en la nuca—. Son dos. Dos bebés masculinos. Yo... no lo he pensado bien aún.

Pero sabía que no era solo por los nombres. Mi cerebro estaba colapsando bajo el terror primario de ser físicamente incapaz de abrazar a un bebé.

Preston se detuvo justo frente a mí. El olor a talco nuevo, a jabón neutro y a ese inconfundible aroma dulce, casi lechoso de un recién nacido, invadió mis fosas nasales, compitiendo con el olor a antiséptico del hospital.

Mi lobo arañó el interior de mi pecho, desesperado por acercarse, pero mi lado humano, el hombre consciente de sus propias fallas y brutalidad, retrocedió un paso hasta que la parte posterior de mis rodillas chocó contra el barandal metálico de la cama donde Ben dormía.

—Tómalo —ordenó Preston, extendiendo los brazos hacia mí.

—Yo... lo siento, no sé cómo hacerlo —mi voz temblaba de una forma que me avergonzó profundamente.

Levanté mis manos frente a mí, como si estuviera rindiéndome ante un pelotón de fusilamiento.

Le mostré mis palmas a mi suegro. Los callos amarillentos, las cicatrices irregulares que cruzaban mis nudillos, la piel endurecida por años de manejar tractores, palas y riendas ásperas—.

Míralas, Preston. Mis manos no están hechas para esto.

Lo voy a quebrar. Si aplico demasiada fuerza...

—No seas idiota, Steven —me interrumpió Preston, su voz perdiendo la suavidad para adoptar ese tono de mando absoluto —. Es tu hijo. No lo vas a romper. Ahora, abre los brazos.

No me dio opción. Antes de que pudiera retroceder más, Preston dio un paso firme y ya estaba pasando al bebé hacia mi pecho.

El pánico estalló en mis venas. Sentí el contacto de la franela cálida contra mi camisa y mi cuerpo entero se puso rígido como una tabla de roble. No respiré. Ni siquiera parpadeé.

—Relaja los hombros —me instruyó Preston, sin apartar sus manos de las mías. Su toque era firme, guiando mis extremidades torpes y masivas—. Así no. Vas a transmitirle tu tensión. Baja este brazo.

Me ayudó a acomodarlo. Con una paciencia meticulosa, Preston movió mi brazo derecho, flexionando mi codo hasta crear un hueco seguro.

—Apoya su cabeza aquí, justo en el pliegue —murmuró, deslizando la diminuta cabeza cubierta con el gorrito de hospital sobre el músculo tenso de mi bíceps—. Usa tu otra mano para sostener su peso desde abajo. Sujeta su espalda y su cadera. Con firmeza, Steven, pero sin apretar. Él no es de cristal.