5. Steve
El polvo se levantaba en nubes espesas, doradas por el sol implacable de las tres de la tarde, flotando sobre el recinto ferial del condado vecino.
El aire era una mezcla densa y embriagadora que me llenaba los pulmones con pura nostalgia rural: heno dulce, cuero engrasado, estiércol fresco, cerveza derramada y el humo penetrante de las parrillas de carbón donde se asaban costillas y maíz.
Para mí, era el olor de los raros días de descanso de mi juventud. Para Ben, era un mundo completamente alienígena.
Mi plan maestro de una fuga romántica al amanecer, un escape táctico en la vieja camioneta solo para nosotros dos, había sido aniquilado con una precisión militar antes de que el sol asomara por el horizonte.
Había subestimado a la "Alianza del Mal".
No se podía burlar el radar de mi abuela Beatrice ni el instinto sobreprotector de Preston.
Cuando intentamos salir de puntillas por la cocina a las seis de la mañana, los encontramos a todos sentados en la mesa del comedor, vestidos, con termos de café preparados y una expresión de desaprobación colectiva que habría hecho retroceder a un batallón.
«¿A dónde creíais que ibais con dos cachorros en ese vientre sin supervisión?», había sentenciado Beatrice, golpeando el suelo con su bastón.
Así que, en lugar de una escapada clandestina, nuestro viaje a las carreras de caballos se había convertido en una expedición familiar a gran escala.
Arthur conducía su impecable sedán detrás de mi camioneta, transportando a Preston, quien había pasado el trayecto quejándose por teléfono de la cantidad de baches en los caminos secundarios, y a Beatrice, que seguramente iba dictando órdenes desde el asiento trasero.
Ahora, caminábamos juntos por el corredor principal de la feria. O, mejor dicho, avanzábamos como una procesión real.
Arthur abría paso con sus hombros anchos de Alfa, su mirada severa apartando a los transeúntes distraídos.
Beatrice caminaba justo detrás, su bastón marcando un ritmo implacable sobre la tierra compactada, ignorando el calor con su traje de lino negro.
Preston iba a su lado, sosteniendo un pañuelo de seda sobre su nariz cada vez que pasábamos demasiado cerca de los establos.
Y en el centro de esa formación blindada, estábamos nosotros.
Deslicé mi brazo alrededor de la cintura de Ben, pegando su costado al mío.
Mi mano, grande y oscura por el sol, descansaba con firmeza sobre la curva de su cadera, mis dedos rozando la tela suave de su camisa de algodón blanco.
Bajo mis yemas, sentía el calor de su piel y la solidez de su cuerpo.
Quería mantenerlo cerca. Necesitaba que todos los presentes vieran y olieran que él me pertenecía, y que yo le pertenecía a él.
—¿Sobrevives, chico de ciudad? —murmuré, inclinando la cabeza para que mis labios rozaran la punta de su oreja.
Ben soltó una risa ligera, un sonido cristalino que cortó el bullicio de la multitud. Llevaba unas gafas de sol oscuras que le daban un aire de estrella de cine de incógnito, pero podía ver la sonrisa genuina que curvaba sus labios.
—Sobrevivo, granjero —respondió, recostándose contra mi brazo mientras caminábamos—. Aunque creo que mi papá Preston está a punto de sufrir un síncope si ve a otro tipo escupiendo tabaco en el suelo.
Sonreí, apretando mi agarre en su cintura.
Sentía las miradas. El recinto estaba lleno de mis viejos conocidos, agricultores de los condados vecinos, ganaderos, capataces y dueños de ranchos con los que había hecho negocios o bebido cervezas en la última década.
Para ellos, las redes sociales eran un mito.
No les importaban los escándalos de Twitter ni las cancelaciones de Instagram.
Lo único que conocían de Ben era lo que el furioso molino de chismes del pueblo había escupido: que el huraño y solitario Steven Miller se había casado de la noche a la mañana con un Omega de la ciudad que parecía tallado en porcelana.
Veía cómo nos observaban desde las gradas de madera y los puestos de comida.
Sus ojos iban de mi rostro endurecido al cabello platino de Ben, evaluando, juzgando.
Mi lobo interior se erizó, enviando una advertencia silenciosa a través de mis feromonas.
Levanté la barbilla, mi mirada barriendo la multitud con un desafío frío.
Miren todo lo que quieran, pero mantengan la distancia.
Ben lo notó. Su mano bajó para entrelazarse con la mía sobre su cadera.
—No les gruñas con la mente, Steve —me susurró, divertido—. Solo tienen curiosidad.
—Tienen suerte de que los mire de lejos —gruñí en respuesta.
Nos desviamos del corredor principal hacia la zona de los establos de exhibición. El aire aquí era más fresco, sombreado por los inmensos techos de chapa ondulada. El sonido de los cascos golpeando la paja y los relinchos nerviosos de los animales de pura sangre llenaban el ambiente.
—¡Miller! ¡Maldita sea, pedazo de roca, creí que te habías muerto enterrado bajo tus naranjos!
La voz, fuerte y vibrante, resonó desde uno de los corrales del fondo.
Me detuve, relajando los hombros al instante.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.
Del interior de un establo salió Jake. Llevaba unas botas de montar de cuero hasta las rodillas, pantalones blancos ajustados manchados de polvo y una camisa azul remangada hasta los codos.
Sostenía un cepillo de crin en una mano y una cuerda en la otra.
—Jake —dije, soltando a Ben por un segundo para estrechar la mano de mi amigo y recibir un abrazo áspero, de esos que te sacan el aire con palmadas en la espalda.
—Mírate nada más —dijo Jake, separándose y mirándome de arriba abajo—. Sigues igual de feo que hace cinco años.
Jake desvió su mirada hacia Ben, y sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y apreciación respetuosa. Se limpió rápidamente la mano libre en el pantalón antes de extenderla.
—Y tú debes ser el famoso esposo que logró sacar a este ermitaño de su cueva. Soy Jake. Un milagro conocerte.
Ben se quitó las gafas de sol, revelando esos ojos azules que siempre lograban desarmar a cualquiera. Estrechó la mano de mi amigo con una firmeza que hizo que Jake alzara una ceja, impresionado.
—Ben —se presentó, su voz suave pero segura—. Es un placer. Steve no me había mencionado que tenía amigos que no fueran árboles frutales.
Jake soltó una carcajada ronca que asustó a un caballo cercano.
—¡Tiene sentido del humor! Me caes bien, Ben.
—Jake se apoyó contra los barrotes de madera del establo, señalándome con el cepillo—.
Aunque no te dejes engañar por su fachada de granjero gruñón.
En sus tiempos, este tipo era el mejor jinete del valle.
Los dos estuvimos en el mismo club ecuestre de adolescentes.
Steve hacía que los caballos volaran, te lo juro.
Sentí el calor subir a mis mejillas, un rubor traicionero de Alfa modesto que odiaba ser el centro de atención por cosas del pasado. Negué con la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos delanteros de mis vaqueros.
—Fue hace mucho tiempo, Jake. Solo era una faceta adolescente. Una forma de quemar energía.
—¡Mentiras! —rebatió Jake, girándose hacia Ben como si compartieran un secreto—. Ganó tres campeonatos regionales antes de que la abuela Beatrice lo obligara a cambiar las riendas por los tractores.
Ben me miró, sus ojos azules brillando con una fascinación nueva. Sus pupilas se dilataron ligeramente, escaneando mi cuerpo como si de repente viera a un hombre distinto, imaginándome sobre un caballo de carreras.
—¿De verdad? —murmuró Ben, su voz cargada de un interés que hizo que mi pulso se acelerara—. Te lo tenías muy guardado, granjero.
—No es importante —insistí, intentando cambiar de tema, señalando al magnífico semental negro que asomaba la cabeza por detrás de Jake—. ¿Tú no corres hoy, Jake?
—No, amigo. Hoy no hay carrera para mí. Solo vengo a la exhibición de equitación clásica. Un poco de doma para mantener al animal en forma.
Vi cómo la mente de Ben trabajaba. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, su cerebro urbano y analítico procesando la información a la velocidad de la luz. Su cabeza se ladeó, observando a Jake con una intensidad analítica.
—Espera un momento... —dijo Ben, dando un paso adelante, levantando un dedo índice hacia mi amigo—. Jake... ¿Jake Thorne?
La sonrisa de Jake se amplió, inflándose de un orgullo evidente.
—El mismo.
—¡Dios mío! —exclamó Ben, y la emoción en su voz fue tan genuina que me dejó descolocado—. ¡Eres el Jake Thorne que se llevó la plata en los Juegos Olímpicos de hace cuatro años! ¡En salto ecuestre!
Jake se rió, pasándose una mano por el pelo rubio y sudoroso.
—Vaya, parece que alguien aquí sí lee las noticias de deportes. Sí, ese soy yo.
Ben se giró hacia mí, agarrándome del brazo, sus ojos brillando de pura excitación.
—¡Steve! ¡Tu amigo es un medallista olímpico! ¡Eso es grandioso! ¿Por qué no me lo dijiste?
Lo miré, parpadeando con sorpresa.
—No... no sabía que te gustaran los deportes ecuestres, Ben —admití, sintiéndome un poco estúpido.
Ben soltó una risa ligera, dándose cuenta de mi confusión. Me apretó el bíceps, un gesto tranquilizador.
—No es que siga las ligas los fines de semana, cariño —explicó, sus ojos volviendo a brillar con esa chispa astuta que usaba en sus días de ciudad—.
Pero antes vivía del marketing y de la imagen pública.
Estudiábamos los perfiles de los atletas olímpicos para campañas de patrocinio.
El nombre de Jake Thorne era un caso de estudio sobre cómo manejar una marca personal elegante y tradicional. Es un honor, Jake.
Jake parecía a punto de estallar de orgullo.
—El honor es mío, Ben. Steve, te has conseguido a alguien que no solo es precioso, sino que también tiene cerebro. Te tocó la lotería, maldito bastardo.
Preston, que se había mantenido a una distancia prudente debido al olor a caballo, dio un paso adelante al escuchar la palabra "olímpico", su radar social activándose instantáneamente.
—¿Un medallista, dice? —intervino mi padre suegro, su tono cambiando de la queja a la fascinación educada—. Qué maravilla.
Jake asintió hacia Preston y luego olfateó el aire de forma sutil. Sus ojos de Alfa se clavaron en el vientre de Ben, y luego en mí. Su expresión se suavizó, adoptando una comprensión cálida y profunda.
—Por el olor que traes contigo, Steve, y por la escolta de máxima seguridad que os acompaña... —Jake señaló con la cabeza hacia Arthur y Beatrice, que aguardaban unos pasos atrás—... creo que tengo que daros la enhorabuena. ¿Hay un cachorro en camino?
Sentí que el pecho se me expandía. La posesividad y el orgullo me llenaron los pulmones. Pasé mi brazo de nuevo por la cintura de Ben, atrayéndolo hacia mí hasta que nuestras caderas chocaron. Ben apoyó la cabeza en mi hombro, exhalando un suspiro de confort.
—Son dos —dije, mi voz ronca y profunda, incapaz de ocultar la emoción que siempre me embargaba al decirlo—. Gemelos.
Los ojos de Jake se abrieron de par en par.
—¡Dos! ¡Por todos los santos, Miller! —Jake se acercó y me dio otro abrazo, esta vez más cuidadoso al separarse para no golpear a Ben—. Felicidades, de verdad. Eso es increíble. Vais a necesitar paciencia.
—La vamos a necesitar —suspiró Ben, mirando de reojo a la Alianza del Mal, que ya empezaba a impacientarse—. Por eso vinimos a relajarnos hoy.
—Pues id a sentaros —ordenó Jake, sonriendo—. La exhibición empieza en veinte minutos. Buscad un buen sitio en la sombra. Dedicaré mi salto a los cachorros.
Nos despedimos de Jake. Mientras caminábamos hacia las gradas principales, aproveché para presentar a Ben a un par de amigos más: el viejo Tom, que nos vendía los fertilizantes, y Sarah, la veterinaria del condado.
En cada presentación, mantuve mi mano firmemente anclada en la espalda baja de mi esposo.
Los ojos de los lugareños, que antes nos miraban con sospecha, se suavizaron al ver la dinámica entre nosotros.
Veían a su granjero huraño sonriendo como un idiota, y veían al chico de ciudad saludando con una amabilidad genuina, sin ascos ni pretensiones.
Con la influencia innegable de Beatrice, conseguimos los mejores asientos en las gradas de madera. Estaban bajo un toldo de lona gruesa que nos protegía del sol abrasador.
Me senté, abriendo las piernas para hacer espacio, y tiré de Ben para que se sentara en el espacio entre mis muslos, apoyando su espalda contra mi pecho.
Preston frunció el ceño ante la falta de decoro público, pero Arthur le puso una mano en el brazo, negando con la cabeza, obligándolo a guardar silencio.
Ben suspiró, relajando todos los músculos de su cuerpo contra mí.
Envolví mis brazos alrededor de su pecho, cruzando mis manos justo por encima de su vientre, sintiendo el calor que irradiaba a través de su ropa.
Apoyé mi barbilla en su hombro, respirando el aroma a miel dulce que emanaba de su cuello, un contraste perfecto con el olor a polvo y caballos del recinto.
El altavoz crujió, anunciando el inicio de la exhibición.
El silencio cayó sobre las gradas cuando los jinetes entraron en la arena. Vimos a Jake montar a su semental negro, moviéndose con una elegancia y un control que desafiaban la gravedad.
Ben estaba fascinado. Sus manos descansaban sobre las mías, sus dedos acariciando mis nudillos mientras sus ojos seguían cada salto, cada movimiento rítmico del animal y el jinete.
—Deberías montar para mí algún día —susurró Ben, girando la cabeza ligeramente para que solo yo pudiera escucharlo por encima del ruido de los aplausos—. Quiero ver a ese jinete campeón.
Sonreí contra su piel, depositando un beso húmedo en el lóbulo de su oreja que le hizo dar un pequeño respingo.
—Tal vez, cuando todo esto pase y los cachorros nazcan —le prometí en voz baja—. Te llevaré a las colinas. Solo nosotros dos.