El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 4. Steve #3
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4. Steve #3

—Sí. La mayor parte de la cosecha está vendida y enviada. El huerto está en mantenimiento ahora. Tengo más tiempo libre. ¿Por qué lo preguntas?

Ben me miró con un brillo travieso y conspirador en los ojos, esa chispa de rebelión urbana que tanto amaba.

—Sé exactamente lo que está pasando por esa cabeza tuya —dije, deslizando mi pulgar por la línea de su mandíbula, sintiendo el pulso acelerado y fuerte bajo su piel pálida—.

Estás calculando cuántos días faltan para que saltes por la ventana si te dejan encerrado en esta habitación bajo vigilancia estricta.

Ben soltó una risita, una exhalación cálida que chocó contra la base de mi cuello y me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.

—No iba a saltar por la ventana, Steve. Iba a usar las sábanas de hilo egipcio de tu abuela para hacer una cuerda y descolgarme por el balcón. Tiene mucho más dramatismo y seguro que a ella le daría un infarto ver su ajuar arruinado.

—No hará falta que destruyas la lencería cara de Beatrice —murmuré, acomodándome mejor contra las almohadas y atrayéndolo para que su pecho desnudo quedara completamente pegado al mío.

Su piel estaba caliente, viva, irradiando esa fiebre sutil y embriagadora del embarazo que me volvía adicto a su contacto—.

La temporada de corte de naranjas ya ha terminado.

Ben apoyó la barbilla en mi esternón, mirándome con curiosidad. Sus pestañas largas proyectaban sombras temblorosas sobre sus mejillas sonrosadas.

—¿De verdad? —preguntó, trazando círculos invisibles sobre mis pectorales con su dedo índice—. ¿Eso significa que el granjero Steve Miller tiene tiempo libre? Creí que eso era un mito rural. Una leyenda que los peones se cuentan alrededor de una fogata.

—Tengo tiempo para mi esposo —lo corregí, entrelazando mis dedos con los suyos, acariciando los nudillos donde la piel se había vuelto un poco más áspera por ayudarme en los campos durante las semanas anteriores—.

La mayor parte de la cosecha está vendida, empacada y enviada.

El huerto entra en fase de mantenimiento ahora, lo que significa que el jefe puede delegar. Y estaba pensando...

Hice una pausa deliberada, disfrutando de la expectación en sus ojos azules.

—Este fin de semana hay una carrera de caballos en el condado vecino —continué, bajando la voz a un tono más íntimo, rozando mis labios contra su frente—.

Y no es solo una carrera. También montan una exhibición de equitación bastante grande.

Gente de todo el estado trae a sus mejores animales.

Hay comida, ruido, gradas de madera y un ambiente que no tiene nada que ver con el silencio de esta casa. Quiero llevarte.

Ben parpadeó, genuinamente sorprendido. Sus labios, rojos y ligeramente hinchados por mis besos anteriores, se entreabrieron.

—¿Una carrera de caballos? ¿Tú me estás invitando a salir de la finca? ¿A un evento público?

—Quiero que conozcas los alrededores —le expliqué, acariciando su espalda baja con movimientos lentos y circulares, sintiendo cómo su columna se arqueaba instintivamente hacia mi mano—.

Llevas meses aquí, Ben. Lo único que has visto es polvo, tractores, la farmacia del pueblo y el interior de esta casa.

Quiero que veas el valle. Ben sonrió, una sonrisa lenta, luminosa y devastadora que le llegó hasta los ojos, iluminando la penumbra de la habitación.

—Una cita. Me estás pidiendo una cita oficial en medio del día.

—Te estoy ofreciendo un escape táctico de máxima seguridad —bromeé, aunque hablaba muy en serio—.

Si nos quedamos aquí este fin de semana, la Alianza del Mal va a organizar un comité en el salón para decidir de qué color pintar la futura habitación de los cachorros.

Nos obligarán a votar entre tonos pastel y discutirán sobre la ergonomía de las cunas.

Necesitamos huir antes de que desplieguen los catálogos de pintura y confisquen las llaves de la camioneta.

La risa de Ben vibró contra mi pecho, un sonido rico y lleno que me hizo sonreír a mí también.

Se acomodó a horcajadas sobre mis caderas, moviéndose con esa gracia natural y felina que siempre lograba encender un fuego pesado bajo mi piel.

La sábana se deslizó hasta su cintura, dejándolo expuesto.

Llevé mis manos a sus costados, apretando suavemente la carne, sintiendo la solidez de su cuerpo y la sutil curvatura de su vientre que albergaba nuestro futuro.

—Una exhibición de equitación... —murmuró Ben, mordiéndose el labio inferior, fingiendo sopesar la oferta con una expresión calculadora—. ¿Habrá jinetes con botas de cuero altas, camisas ajustadas y sombreros de ala ancha?

—Habrá polvo, gradas incómodas bajo el sol y probablemente cerveza caliente en vasos de plástico —le advertí, deslizando mis manos por sus muslos, sintiendo el calor de su piel contra mis palmas callosas—.

Pero te prometo que te mantendré en la sombra.

Y... a lo mejor te compro un algodón de azúcar gigante si te portas bien.