4. Steve #2
—Señor Ben —intervino Evans con cautela, limpiando el gel—.
Dado que son dos, la gestación será más exigente, por supuesto.
Necesitará hidratación constante, y es probable que las náuseas sean más severas.
Pero si usted se siente con energía, un poco de movimiento moderado no le hará daño.
¿Desean saber el sexo? A las ocho semanas es muy difícil, pero podríamos hacer un análisis de sangre para determinar...
—No —le interrumpió Ben, categórico, limpiándose el vientre con movimientos bruscos—. No quiero saberlo. Ni niño ni niña, ni Alfa ni Omega. Será una sorpresa. Ya hay demasiados planes haciéndose en esta habitación como para darles más información a estos dos generales.
Preston abrió la boca para protestar.
—Pero Benjamín, para comprar la ropa, los invitados para la fiesta, para pintar el cuarto...
—Pintaremos de amarillo. O de verde. O dejaremos la madera desnuda —replicó Ben, bajándose la camisa de franela y abotonándola con dedos rápidos y temblorosos—.
No quiero fiesta. Y ahora, si la revisión ha terminado, quiero que todos salgan de mi habitación.
Me duele la cabeza, tengo sueño y quiero estar a solas con mi esposo.
—Benjamín, no es forma de hablarle a... —empezó Preston.
—He dicho fuera, papá —gruñó Ben, sus ojos brillando con una advertencia letal.
Me levanté de la cama, imponiendo mi masa física en la habitación, apoyando la decisión de mi Omega. Abrí la puerta de roble y me hice a un lado.
—Han oído a mi esposo —dije con voz grave y definitiva—. La revisión terminó. Les agradecemos su preocupación, pero necesitamos descansar.
Beatrice me lanzó una mirada afilada, pero asintió lentamente, satisfecha con el resultado del día.
Se giró sobre sus talones y salió, el sonido de su bastón alejándose por el pasillo.
Preston suspiró, claramente frustrado por no poder seguir organizando nuestra vida, pero la mirada desafiante de Ben lo convenció de no presionar más.
Salió detrás de la abuela, murmurando algo sobre vitaminas prenatales bajo el brazo.
El doctor Evans recogió su maletín a la velocidad de la luz y escapó como un prisionero indultado.
Cerré la puerta y eché el pestillo, sellando el mundo exterior.
Me quedé apoyado contra la madera por un segundo, exhalando el aire que no sabía que estaba conteniendo. El silencio volvió a nosotros, puro e íntimo.
Me giré. Ben estaba recostado contra las almohadas. Su coraza de indignación se había derretido en cuanto la puerta hizo clic. Ahora me miraba con una expresión de vulnerabilidad absoluta, sus ojos azules inmensos, húmedos, llenos de esa verdad aplastante que acabábamos de descubrir.
Caminé hacia la cama. No me senté en el borde; me subí al colchón gateando, acercándome hasta que estuve a su lado. Me dejé caer con cuidado, apoyando mi oreja directamente sobre la franela que cubría su vientre.
Envolví mis brazos alrededor de su cintura, cerrando los ojos. Podía sentir su respiración, el calor de su piel a través de la tela, el latido de su corazón y el eco fantasma de esos dos pequeños ritmos frenéticos que el monitor nos había mostrado.
Sentí las manos de Ben en mi cabello. Sus dedos se enredaron en mis mechones oscuros, acariciándome con una ternura infinita, calmando a mi lobo.
De repente, su pecho empezó a temblar.
Levanté la cabeza, alarmado, pensando que estaba llorando. Pero cuando vi su rostro, me di cuenta de que estaba riendo. Una risa silenciosa, incrédula, que le sacudía los hombros.
La risa fue contagiosa. El absurdo de la situación, la presión acumulada, la maravilla del momento... todo estalló. Empecé a reír con él, una carcajada ronca que me raspó la garganta, hundiendo mi cara en su cuello para respirar su aroma.
—¡Dos! —logró decir Ben entre risas, apretando mi cabeza contra su piel—. ¡Estás loco, granjero! ¡No podías darme solo uno, tenías que ser eficiente, como dice tu abuela!
—Te juro que no lo planeé —me reí, besando la curva de su cuello, mordisqueando suavemente su glándula de olor, embriagándome con su sabor a sal y miel—. Fue tu culpa. Me volviste loco. Mi lobo quería asegurarse de que no te fueras nunca.
Ben soltó una carcajada abierta, echando la cabeza hacia atrás.
—Pues lo logró. Dos cachorros, Steve. Imagínate. Dos pequeños monstruos corriendo por estos huertos, llenos de tierra, rompiendo cosas.
—Van a ser un desastre —coincidí, imaginando la escena, sintiendo que el pecho se me expandía de puro orgullo—. Con tu carácter y mi terquedad, van a volver locos a Preston y a Beatrice en una semana.
—Eso espero —dijo Ben, su risa desvaneciéndose en una sonrisa suave y soñadora. Sus manos bajaron de mi cabello para acunar mi rostro, sus pulgares acariciando mis pómulos—. ¿Cómo los vamos a llamar? No tenemos ni un solo nombre, y ahora necesitamos dos.
—No lo sé. Tenemos tiempo. Siete meses para pelearnos por los nombres. —Le di un beso lento y húmedo en los labios, saboreando su aliento cálido—. Lo único que sé es que van a tener tu inteligencia. Y tus ojos. No aceptaré menos.
Ben sonrió contra mi boca, mordiendo mi labio inferior antes de separarse un poco.
—Bueno, yo espero que tengan tu paciencia, porque conmigo no van a poder quedarse quietos. Si tu abuela y mi padre creen que voy a pasarme siete meses en esta cama, están drogados. Me volvería loco, Steve.
—Lo sé —susurré, acariciando su vientre con la palma abierta, sintiendo la promesa de la vida bajo mis callos—. Conozco a mi esposo. Eres un huracán. No voy a encerrarte. Nos aseguraremos de que te cuides, pero a nuestra manera. Sin dictaduras.
Ben suspiró, relajándose por completo bajo mi toque.
—Hablando de no estar encerrado... —murmuró, trazando la línea de mi mandíbula con un dedo—. La temporada de corte de naranjas ya ha terminado, ¿no?