El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 4. Steve
18%

4. Steve

Mi abuela no hacía las cosas a medias. Si el mundo dictaba que los pacientes debían ir al hospital, Beatrice Miller simplemente compraba el hospital y lo instalaba en la comodidad de su territorio.

Apenas veinticuatro horas después de su llegada con el séquito que incluía a mis suegros, nuestro dormitorio principal había sido transformado.

El sillón de lectura de cuero había sido empujado hacia una esquina para hacer espacio a una máquina de ultrasonido de última generación, un armatoste de plástico blanco y pantallas brillantes que zumbaba con un leve ronroneo eléctrico.

El aire, normalmente impregnado de nuestro aroma a sexo, sudor y sábanas limpias, ahora tenía un deje antiséptico que me ponía los pelos de punta.

Yo estaba sentado en el borde del colchón, sosteniendo la mano izquierda de Ben con ambas manos.

Mis dedos, grandes, callosos y oscuros por el sol, envolvían los suyos, pálidos y finos.

Estaba apretando su mano con una fuerza que intentaba ser reconfortante, pero que probablemente delataba mi propio terror reverencial.

Ben estaba recostado contra un mar de almohadas, con la camisa de franela desabrochada y abierta de par en par, exponiendo su vientre plano y tenso.

Su respiración era superficial, sus ojos azules fijos en el techo de vigas de madera, intentando mantener esa máscara de indiferencia urbana que usaba cuando estaba nervioso.

Al pie de la cama, el doctor Evans, un hombre de cincuenta años que llevaba toda su carrera atendiendo a mi abuela, sudaba a mares bajo el cuello de su camisa. Y no era para menos.

A un lado de la máquina, de pie como un general supervisando una ejecución, estaba Beatrice, apoyada en su bastón de plata.

Y justo frente a ella, con los brazos cruzados y una postura de indignación protectora que rivalizaba con la de mi abuela, estaba Preston.

Arthur y Jack se habían quedado en el pasillo, exiliados por falta de espacio, pero la presión en la habitación ya era asfixiante.

La "Alianza del Mal", como Ben los había bautizado en un susurro esa misma mañana, estaba en pleno apogeo.

—Proceda, doctor —ordenó Beatrice, golpeando el suelo con la contera de su bastón una sola vez—. No tenemos todo el día.

Evans tragó saliva asintiendo. Tomó un bote de plástico de la bandeja metálica.

—Va a sentir un poco de frío, señor Ben —advirtió el médico.

Apretó el bote. Una cantidad generosa de gel transparente y espeso cayó sobre la piel desnuda del vientre de mi esposo. Ben dio un respingo violento, arqueando la espalda, sus uñas clavándose de inmediato en la carne de mi palma.

—¡Mierda, eso está helado! —se quejó Ben, arrugando la nariz.

—Shh, tranquilo —murmuré, inclinándome para besar su sien, respirando el aroma denso a miel caliente y leche que ahora manaba de su piel de forma constante.

Mi lobo interior se removió, ronroneando de pura satisfacción posesiva ante ese olor.

Deslicé mi mano libre por su costado, acariciando su cintura para relajar sus músculos tensos—. Ya pasa.

El doctor Evans apoyó la varita del transductor sobre el gel y comenzó a deslizarla con movimientos lentos y circulares, presionando ligeramente la piel de Ben.

La habitación se sumió en un silencio tan denso que podía escuchar el latido de mi propia sangre en los oídos.

La luz azulada del monitor iluminó el rostro de Evans, quien frunció el ceño, ajustando una perilla en el panel de control.

Y entonces, el sonido llenó la habitación.

Swish-swish-swish-swish.

Era rápido. Rítmico. Como el galope de un caballo en miniatura corriendo a toda velocidad a través de una tormenta de estática.

El aire abandonó mis pulmones. El mundo entero desapareció: la abuela, Preston, el doctor, la habitación.

Todo se redujo a ese sonido. Sentí un impacto físico en el centro del pecho, una sacudida de instinto puro.

Era la vida. Mi vida. Nuestra vida, latiendo allí mismo, bajo la piel suave de mi esposo.

—Ese es el corazón —susurró Ben. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, girando la cabeza para mirarme. Su máscara de indiferencia se hizo añicos, revelando un asombro tan crudo y hermoso que me robó el aliento.

—Es fuerte —logré decir, mi voz sonando rasposa, ahogada por un nudo en la garganta. Apreté mis labios contra sus nudillos, incapaz de apartar la vista del monitor, aunque para mí solo parecía una mancha gris y blanca.

—El tamaño del saco gestacional indica exactamente ocho semanas —explicó el doctor Evans, moviendo la varita un centímetro hacia la izquierda, concentrado en la pantalla—. Todo parece estar en perfecto or... un momento.

Evans se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron detrás de los cristales de sus gafas. Apretó un par de botones en el teclado de la máquina, congelando la imagen en la pantalla y acercando el zoom.

Mi corazón dio un vuelco. El pánico, frío e instantáneo, me recorrió la columna vertebral.

—¿Qué pasa? —pregunté, mi voz bajando a un gruñido instintivo de Alfa preparado para atacar cualquier amenaza—. ¿Está todo bien?

—¿Qué está viendo, Evans? Hable claro —exigió Beatrice, dando un paso adelante, su bastón rozando la alfombra.

—Yo... bueno... —El doctor Evans parpadeó, mirando de la pantalla a mi rostro, y luego al vientre de Ben—. Miren aquí.

Señaló la pantalla con un bolígrafo. En medio de la nebulosa gris, trazó un círculo alrededor de una pequeña mancha oscura. Y luego, movió el bolígrafo un centímetro hacia la derecha, señalando otra mancha idéntica, separada de la primera.

—Por la formación y la presencia de dos ecos distintos... —Evans tragó saliva, esbozando una sonrisa nerviosa—. Señores Miller. No hay un solo latido. Hay dos.

El silencio que siguió a esa declaración tuvo el peso de una losa de granito cayendo sobre nosotros.

Ben dejó de respirar. Yo sentí que el suelo bajo mis botas desaparecía.

—¿Dos? —susurró Ben, apretando mi mano con una fuerza sobrehumana, mirándome con los ojos desorbitados por el pánico y la maravilla—. Steve... ¿dos?

—Son dos cachorros —confirmó el doctor Evans, girando la pantalla hacia nosotros para que viéramos claramente las dos formas incipientes, dos pequeñas promesas latiendo al unísono—. Son gemelos. Felicidades.

Mi cerebro de Alfa cortocircuitó. Dos. Iba a ser padre de dos cachorros al mismo tiempo.

La necesidad biológica de proteger, de proveer, se multiplicó por un millón en mi interior, volviéndome loco, inyectándome una energía que me hizo querer salir al campo, arrancar los árboles con las manos y construirles una fortaleza.

Miré a Ben, su rostro pálido brillando con sudor y lágrimas, y sentí un amor tan inmenso que dolió físicamente.

Pero la reverencia del momento fue brutalmente interrumpida.

—¡Excelente! —exclamó Beatrice. Su voz retumbó en la habitación, cargada de un triunfo absoluto y dinástico—.

¡Dos herederos! La genética Miller no defrauda.

Esto asegura la línea de sucesión sin margen de error.

Sabía que este Omega tenía instintos fuertes, pero esto supera mis expectativas. Eficiencia pura.

—¿Eficiencia? —estalló Preston, dando un paso al frente, interponiéndose entre Beatrice y la cama, sus feromonas de Omega protector disparándose en el aire—. ¡No estamos hablando de la producción de sus naranjos, señora Miller! ¡Son dos bebés! ¡Dos!

Preston se giró hacia mí, con los ojos azules llenos de pánico, señalando el vientre de Ben con ambas manos.

—¡Steven, esto lo cambia todo! Si ya estaba preocupado por uno, con dos esto es una emergencia.

¡Vamos a necesitar toda la ayuda posible!

No podéis criar a dos cachorros en esta casa vieja con el polvo del campo metiéndose por las ventanas.

¡Vamos a necesitar enfermeras de guardia, un nutricionista, reformar toda el Ala Este, esterilizar los conductos de ventilación... !

—¡No voy a permitir que extraños críen a mis bisnietos! —le cortó Beatrice, golpeando el bastón—. Yo misma supervisaré a las nanas. Crearemos un régimen estricto. La disciplina empieza desde la cuna.

—¡Nadie va a disciplinar a mis nietos más que sus padres y yo! —rugió Preston, olvidando por completo sus modales de ciudad—. Y para empezar, Ben necesita reposo absoluto. Cero estrés. Cero sol. No saldrá de esta habitación hasta el tercer trimestre si es necesario.

La Alianza del Mal acababa de estallar en una guerra civil de sobreprotección.

Las voces de mi abuela y mi suegro se superponían, discutiendo sobre dietas de calcio, institutrices, seguridad perimetral y horarios de sueño, ignorando por completo al médico que aún sostenía la varita sobre el vientre de mi esposo.

Miré a Ben. Estaba apretando los dientes, una vena latiendo peligrosamente en su sien.

El rubor del asombro había dado paso al rojo de la furia contenida.

Odiaba que hablaran de él como si fuera una incubadora de cristal.

Él amaba el caos. Amaba la acción. La idea de estar encerrado en una cama lo estaba asfixiando más que las náuseas.

—¡BASTA! —gritó Ben.

Su voz, amplificada por las hormonas y la indignación, cortó la discusión de tajo. Preston y Beatrice se callaron, mirándolo con asombro.

Ben se incorporó sobre los codos, ignorando el gel que le resbalaba por el costado, fulminándolos a los dos con la mirada.

—No soy una máquina expendedora de herederos, Beatrice.

Y no soy de porcelana, papá —siseó Ben, con una fiereza que me hizo sonreír internamente—.

No voy a quedarme encerrado en ninguna habitación, no voy a tener enfermeras respirándome en la nuca, y definitivamente no voy a dejar que hagáis planes para mis hijos como si fueran vuestros.

El doctor Evans, aprovechando el silencio tenso, retiró la varita rápidamente y le ofreció a Ben un puñado de toallas de papel.