3. Ben
El sonido de la grava triturándose bajo los gruesos neumáticos de la camioneta de Steve fue el único ruido que rompió el silencio tenso en el habitáculo.
Yo iba en el asiento del copiloto, con la mirada fija en el espejo retrovisor lateral, observando cómo el sedán impecable de mis padres nos seguía de cerca a través del sinuoso camino que cortaba los huertos.
La tarde caía, bañando las hectáreas de naranjos en una luz dorada y espesa que hacía brillar las hojas cerosas y las frutas como si estuvieran pintadas al óleo.
Para mí, ese paisaje se había convertido en sinónimo de hogar, de sudor y de redención.
Pero sabía exactamente lo que mis padres estaban viendo.
Cuando el arco de hierro oxidado y majestuoso con el nombre Finca Los Naranjos apareció en nuestro campo de visión, vi a través del reflejo cómo el sedán disminuía su velocidad.
Mi padre Arthur conducía despacio, evaluando la magnitud de la tierra, mientras mi papá Preston, sentado a su lado, miraba por la ventanilla con una expresión que podía adivinar sin necesidad de tenerlo enfrente.
Preston estaba evaluando la jaula.
Él me había criado y educado bajo una premisa inquebrantable: un Omega debía ganarse su propio dinero, forjar su propio camino y no depender jamás de la chequera o la compasión de un Alfa.
Toda mi vida en la ciudad, mis contratos, mi obsesión con mi imagen pública...
todo había sido un esfuerzo desesperado por cumplir con ese estándar de independencia.
Y ahora, a sus ojos, yo había claudicado.
Había fracasado en la capital y había huido al campo para convertirme en el esposo trofeo de un terrateniente millonario.
Estaba atado. Un Omega mantenido en un palacio rural, engordando con un cachorro en el vientre mientras mi Alfa trabajaba.
La frustración me quemó la garganta. Apreté los puños sobre mis muslos, sintiendo la aspereza de mis propios callos recién formados rozar contra la tela del pantalón. Quería gritarle que se equivocaba.
Steve estacionó la camioneta frente a la imponente casona victoriana de dos plantas. Apagó el motor y se giró hacia mí. Sus ojos oscuros, enmarcados por las sombras del cansancio, me escrutaron con esa intensidad que siempre lograba desnudar mis pensamientos.
—Estás tenso —murmuró, alargando una mano enorme para acariciar la curva de mi nuca—. Hueles a limón amargo, Ben. Relájate. Es solo una casa.
—No es solo una casa para ellos, Steve —suspiré, apoyándome en el calor de su palma, dejando que la fricción de sus dedos callosos contra mi piel me anclara a la realidad—. Es un castillo, y piensan que soy el prisionero.
—Pues les demostraremos quién es el rey aquí —dijo él, con una media sonrisa que me robó el aliento.
Bajamos del vehículo justo cuando el sedán de mis padres se detenía a nuestro lado.
El calor del valle los golpeó en cuanto abrieron las puertas.
Preston se alisó el jersey de punto con un gesto automático, alzando la barbilla mientras sus ojos azules escaneaban la inmensa fachada de madera blanca, el porche envolvente y las columnas robustas.
Arthur, a su lado, infló el pecho, sus instintos de Alfa reconociendo la solidez y el poder de la estructura.
Y entonces, la puerta principal de la mansión se abrió de par en par.
El sonido rítmico y metálico de un bastón golpeando la madera del porche nos hizo levantar la vista a todos.
Allí estaba ella. La abuela Beatrice.
Iba vestida con un traje sastre de lino negro que desafiaba el clima infernal, su cabello blanco recogido en un moño impecable y sus ojos oscuros brillando con esa inteligencia maquiavélica que me había aterrorizado y fascinado desde el primer día.
Se alzó en la parte superior de las escaleras, flanqueada por Rosa, quien mantenía una postura casi militar a un lado.
Tragué saliva, preparándome para la colisión. Un Alfa tradicional y un Omega controlador de la ciudad estaban a punto de chocar de frente contra la matriarca más implacable del condado.
Pero Beatrice, como la jugadora de ajedrez maestra que era, no sacó las garras. Extendió las manos.
—Bienvenidos a Los Naranjos —dijo Beatrice, su voz cascada adoptando un tono de amabilidad sedosa que me puso los pelos de punta por lo inusual que resultaba—. Ustedes deben ser Arthur y Preston. Llevaba días esperando este momento.
Mis padres subieron los escalones. Arthur le estrechó la mano con firmeza, pero fue Preston quien captó toda la atención de la anciana.
—Señora Miller —saludó Preston, utilizando su tono más diplomático, ese que escondía cuchillos bajo sonrisas—. Es una propiedad... impresionante.
—Y un tanto salvaje, estoy segura de que piensa usted —respondió Beatrice, con una sonrisa astuta que desarmó a mi padre por un segundo—. Por favor, pasen. El calor de la tarde no es bueno para nadie, y mucho menos para mi nieto en estado.
Entramos en el vestíbulo climatizado, y el cambio de temperatura fue un alivio instantáneo. Beatrice nos guio hacia el salón principal, donde ya había dispuesto jarras de té helado, limonada y pequeños bocadillos en bandejas de plata. La escena era la de una anfitriona perfecta, una abuela devota.
Nos sentamos. Steve se colocó a mi lado en el sofá de cuero, su muslo pesado y caliente presionado firmemente contra el mío, un muro de contención contra cualquier ataque.
—Debo confesarles algo —comenzó Beatrice, apoyando ambas manos sobre la empuñadura de plata de su bastón, fijando su mirada directamente en Preston—.
Cuando me enteré de la existencia de su hijo, tuve mis dudas.
Un chico de la ciudad, acostumbrado a las luces y a la superficialidad...
no creí que durara una semana en nuestra tierra.
Preston se tensó visiblemente, su espalda separándose del respaldo del sillón.
—Mi hijo fue educado para ser fuerte y valerse por sí mismo, señora Miller. No criamos a un adorno de cristal.
—Y eso es exactamente lo que quiero celebrar hoy —le interrumpió Beatrice, inclinando la cabeza en un gesto de profundo respeto que dejó a Preston descolocado—. Quiero darles mis honores. Ustedes han creado a un Omega extraordinario.
Beatrice giró sus ojos oscuros hacia Steve, mirándolo con una mezcla de orgullo y burla afectuosa.
—Mi nieto Steven es un hombre de tierra y trabajo.
Es testarudo, solitario y, hasta hace poco, creía que esta finca era su única familia.
Estaba asilvestrado. Pero su hijo... —Beatrice me miró, y por un segundo vi una chispa de afecto genuino en el abismo de sus ojos—.
Benjamin lo ha domado. Le ha enseñado que el trabajo no sirve de nada si no hay alguien con quien compartir la mesa al final del día.
Le ha recordado que la familia es más importante que cualquier cosecha.
Sentí el calor subir a mis mejillas. Steve, a mi lado, soltó un pequeño gruñido de incomodidad, frotándose la nuca, pero no negó ni una sola de sus palabras.
Preston parpadeó, la hostilidad que traía preparada evaporándose ante el halago maestro.
El orgullo floreció en su pecho, relajando sus hombros.
Había venido esperando encontrar a una familia de paletos que se aprovechaba de mi vulnerabilidad, y se estaba encontrando con una matriarca que reconocía mi valor, mi fuerza y el poder que yo ejercía sobre su heredero.
—Ben siempre ha sido el corazón de nuestra casa —dijo Preston, su voz volviéndose más suave, casi cómplice—. Pero un embarazo en estas condiciones... tan lejos de la ciudad, de las clínicas especializadas... nos tiene muy preocupados.
Beatrice asintió, su rostro adoptando una máscara de gravedad absoluta.
—Comprendo su preocupación, Preston. Créame.
Yo podría traer a los mejores médicos del estado en helicóptero si lo deseara.
Tengo los recursos. Pero he vivido lo suficiente para saber que el dinero y los doctores no aseguran nada si el entorno falla.
Nada asegura más la salud de un cachorro que una familia bien capacitada, unida y vigilante.
Beatrice se inclinó ligeramente hacia adelante, extendiendo una mano hacia mi padre.
—Por eso me alegra tanto que estén aquí. Dos padres con experiencia valen más que una docena de obstetras de ciudad. Necesito sus ojos y su sabiduría para cuidar de este legado.
La alianza se forjó en ese preciso instante. Pude verlo en la forma en que los ojos de Preston brillaron, en cómo su barbilla se alzó al verse reconocido como una autoridad indispensable. —Rosa —llamó Beatrice, sin apartar la vista de Preston.
La ama de llaves apareció en el umbral como un fantasma.
—Sí, señora.
—Prepara la Habitación para nuestros invitados. Y asegúrate de que les den la suite de invitados del ala oeste. No, espera —corrigió Beatrice, sus ojos brillando con cálculo estratégico—. Dales la habitación contigua a la principal. La que comparte balcón con la de Steven y Benjamin.
Abrí los ojos desmesuradamente. ¡Esa habitación estaba separada de la nuestra solo por una pared de madera delgada!
—Abuela, eso no es necesario, pueden tener más privacidad en... —intentó intervenir Steve, su voz gruesa delatando el pánico ante la idea de tener a sus suegros a cinco metros de nuestra cama.
—Tonterías —le cortó Preston, antes de que Beatrice pudiera responder. Mi padre me miró con una sonrisa afilada—. Me parece una idea excelente, señora Miller. Así podré escuchar si Ben se levanta con náuseas en medio de la noche. Necesito estar cerca.
Steve dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá, soltando un suspiro que sonó a derrota absoluta. Yo le apreté el muslo por debajo de la mesa, intentando no reírme de su miseria.
—Excelente —ronroneó Beatrice, complacida por haber asegurado a sus nuevos aliados—.
Y ahora, les sugiero que se instalen y descansen del viaje.
Después de la siesta, mi médico personal, el doctor Evans, vendrá a la habitación de Benjamin para revisar el progreso del cachorro.
Una simple revisión de rutina, pero me gusta mantener las cosas bajo estricto control.
—Me agrada mucho esa idea —coincidió Preston, asintiendo con vigor—. Yo mismo estaré presente durante la revisión.
Me sentí como un espécimen de laboratorio, una vasija preciosa que acababa de ser puesta bajo la custodia conjunta de las dos personas más aterradoras que conocía. Pero no protesté. Estaba demasiado agotado, y la verdad, una pequeña parte de mí agradecía la seguridad que proyectaban.
Media hora después, cuando logramos escapar de la sala y huir a la privacidad de nuestra habitación, el cierre de la pesada puerta de roble se sintió como el sello de un refugio antiaéreo.
Steve pasó el pestillo con un clic metálico. Se quedó apoyado contra la madera por un segundo, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando pesadamente. Luego, se separó de la puerta y caminó hacia mí.
La habitación estaba bañada en la luz ámbar de la tarde.
El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero no lograba disipar el calor que irradiaba el cuerpo de mi Alfa.
Estábamos exhaustos. La tensión de los últimos días, el viaje, la confrontación, las máscaras sociales... todo nos había pasado factura.
Me dejé caer en el borde del inmenso colchón, deshaciendo los botones de mi camisa con dedos torpes y entumecidos.
Steve no dijo nada. Se acercó a mí con pasos lentos y pesados.
Se arrodilló entre mis piernas abiertas, su tamaño bloqueando casi por completo la luz de la ventana.
Sus manos, ásperas y grandes, encontraron mis caderas, deslizándose bajo la tela de la camisa a medio abrir.
Su tacto, a pesar de los callos, era de una suavidad devastadora.
Me estremecí, dejando caer la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello a su mirada.
—Creo que sobrevivimos a esto —dijo Steve, su voz ronca y profunda vibrando en el silencio de la habitación.
Sus manos subieron lentamente desde mis caderas, trazando los músculos tensos de mi abdomen, hasta llegar a mi estómago.
La camiseta se arrugó bajo sus dedos. Presionó la palma caliente y pesada contra la suave curvatura que apenas empezaba a notarse.
El contraste era hipnótico: su piel bronceada y marcada por el trabajo contra mi palidez.
Sus dedos largos se abrieron, cubriendo casi por completo mi vientre, reclamando silenciosamente la vida que crecía allí dentro.
Solté un jadeo leve cuando su pulgar acarició mi piel a través de la tela. El calor de su mano envió una descarga de hormonas y placer líquido directo a mi entrepierna.
—No cantes victoria tan rápido, granjero —murmuré, abriendo los ojos para mirarlo.
Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras y llenas de devoción—.
No creo que mis padres duren mucho tiempo aquí.
Ya son grandes, se aferran a su casa en los suburbios.
El polvo, el olor a fertilizante, el ruido de los tractores a las cinco de la mañana...
los va a espantar en menos de una semana.
Steve se inclinó hacia adelante, rozando su nariz contra mi estómago, inhalando profundamente. El sonido de su respiración áspera contra la tela me hizo apretar los muslos alrededor de sus costillas.
—Confío en tu instinto —murmuró él, subiendo la mirada hasta mis labios—. Pero no estoy tan seguro. Tu padre Preston tiene una mirada que me dice que está dispuesto a acampar en el pasillo con tal de vigilarme.
—Tienen una alianza con tu abuela —le recordé, acariciando su cabello oscuro y revuelto, enredando mis dedos en los mechones gruesos—. Es el eje del mal. Si deciden quedarse, estamos perdidos.
—No estamos perdidos —respondió Steve, su voz bajando a un susurro gutural, cargado de intención.
Sus manos abandonaron mi vientre para agarrarme por los muslos, tirando de mí hacia el borde de la cama, arrastrándome hasta que mi entrepierna chocó contra la dureza de su pecho—.
Mientras esta puerta esté cerrada... tú eres solo mío. De nadie más.
El cambio en su energía fue instantáneo. La fatiga desapareció, reemplazada por la intensidad posesiva que siempre florecía cuando estábamos solos.
—Steve... —jadeé, sintiendo la fricción de su barba contra mi clavícula—. La pared... la habitación de al lado... mis padres...
—Que escuchen —gruñó él.