El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 2. Steve
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2. Steve

El martillo golpeó la cabeza del clavo con un sonido seco y definitivo, hundiendo el metal en la madera vieja con la precisión que solo otorgan años de trabajo físico.

Mis hombros ardían, una quemadura sorda y constante que se extendía por mis trapecios y bajaba hasta la base de mi columna.

El sol comenzaba a teñir el cielo de un naranja violento, proyectando sombras largas sobre el césped inmaculado de mis suegros.

Había terminado con el jardín trasero hacía dos horas. Después, Arthur, con esa mirada carismatica, había señalado la cerca del frente. Y cuando terminé de cambiar los tablones podridos de la cerca, su dedo apuntó al tejado del cobertizo.

A mi lado, Rick me pasó otra teja de asfalto.

Mi cuñado sudaba a mares, su camisa de vestir de ciudad estaba manchada de alquitrán y polvo, pegada a un cuerpo que claramente prefería las hojas de cálculo a la exposición solar.

No había protestado. Cumplía su castigo con una resignación silenciosa, entregándome clavos y herramientas mientras yo hacía el trabajo pesado.

Había una especie de tregua forjada en ese sudor compartido.

—Es el último —gruñí, asegurando la teja con dos golpes de martillo.

Me pasé el antebrazo por la frente, arrastrando una mezcla de sudor y polvo que me escocía en los ojos.

Respiré hondo. Estaba exhausto, mis músculos temblaban por la fatiga acumulada del viaje, la tensión emocional y el trabajo bruto, pero mi lobo interior estaba en paz.

Había sudado mi derecho a estar aquí. Había demostrado que mis manos podían construir y reparar, no solo firmar contratos oscuros.

Bajamos del tejado en silencio. Arthur nos esperaba en el porche trasero, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. Miró el tejado, luego la cerca, y finalmente bajó la vista hacia mis manos sucias y magulladas.

—Vengan a tomar algo.

Cuando entré en la cocina quince minutos después, con las manos rojas por frotarlas con el cepillo de cerdas duras y el pelo mojado por haberme lavado la cara y el cuello en el fregadero de acero, el cambio de atmósfera me golpeó como una pared.

El aire acondicionado enfrió el sudor residual de mi camiseta, y un aroma denso y reconfortante a carne asada, romero y patatas horneadas inundó mis sentidos.

Ben estaba sentado en uno de los taburetes, con un vaso de agua helada en las manos.

Al verme, sus ojos azules se iluminaron.

Su aroma, ese perfume nuevo y embriagador a miel caliente y leche que me volvía loco, se intensificó, envolviéndome como un abrazo invisible.

Me acerqué a él instintivamente y besé su sien, sintiendo su piel suave y fresca contra mis labios ásperos.

La cena comenzó en un ambiente cargado de una falsa normalidad.

Nos sentamos a la mesa del comedor formal.

Arthur presidía un extremo, cortando el asado con movimientos precisos.

Preston estaba en el otro, sirviendo porciones generosas de puré de patatas y verduras al vapor con una elegancia meticulosa.

Rick comía en silencio a mi lado, todavía bajo el peso de su exilio temporal, sin atreverse a levantar la vista del plato.

Yo comía con el hambre voraz de un hombre que ha quemado miles de calorías, pero mantenía mis modales bajo estricto control, consciente de que los ojos de Preston me evaluaban en cada bocado.

—He estado pensando —anunció Preston de repente.

El tintineo de los cubiertos cesó. El aire en la habitación se volvió repentinamente escaso. Preston dejó su tenedor sobre la servilleta de lino, cruzó las manos sobre la mesa y clavó su mirada azul, idéntica a la de Ben, directamente en mí.

—Esta situación es... delicada —continuó Preston, su voz suave pero cargada de una autoridad férrea—.

Un embarazo en sus primeras etapas requiere estabilidad, tranquilidad y cuidados constantes.

Ben es de ciudad. Siempre lo ha sido. Y esa granja tuya, Steven, con sus tractores, el polvo y tus jornadas de sol a sol, no me parece el entorno más adecuado para que mi hijo pase por esto.

Me quedé inmóvil. Un bloque de hielo se formó en la boca de mi estómago.

—Por lo tanto —prosiguió Preston, girando la vista hacia Ben con una sonrisa maternal que no admitía réplicas—, creo que lo más sensato es que Benjamín se quede aquí con nosotros durante los próximos meses.

Su antigua habitación está vacía. Arthur y yo podemos cuidarlo, asegurarnos de que coma bien, de que tenga a sus médicos de confianza cerca. Y tú, Steven...

Preston volvió a mirarme, y su tono adquirió una condescendencia educada que me hizo rechinar los dientes.

—Tú tienes una cosecha que dirigir. Puedes venir a visitarlo después de tu jornada, si no estás muy cansado, o pasar los fines de semana con él. Aquí tendrá paz.

El horror me atravesó como una cuchilla fría y oxidada.

¿Un esposo de fin de semana? ¿Separarme de mi Omega?

¿Dejar a Ben a cientos de kilómetros de distancia mientras mi cachorro crecía en su vientre?

Mi biología rugió en protesta, un instinto primitivo y violento amenazando con rasgar mi compostura.

Mis manos se cerraron en puños sobre mis muslos, bajo la mesa, apretando la tela de mis vaqueros hasta que mis nudillos dolieron.

Y luego estaba la otra pesadilla.

El rostro severo de mi abuela Beatrice cruzó por mi mente como un relámpago oscuro.

Ella nos estaba esperando en la Finca Los Naranjos.

Había abandonado la costa, había cruzado el estado con sus maletas, sus doncellas y su médico personal, lista para tomar las riendas de este embarazo.

Si yo regresaba a la finca solo, con las manos vacías, si le decía a esa matriarca de hierro que había dejado a mi Omega en la ciudad para que sus padres de ciudad lo cuidaran...

Beatrice me despellejaría vivo. Me desheredaría y luego quemaría los huertos ella misma.

Iba a abrir la boca. Iba a soltar un "no" categórico, territorial y profundo, pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, una voz clara y cortante rasgó el aire.

—No.

Todos nos giramos hacia Ben.

Él no estaba encogido. No estaba buscando mi protección.

Estaba sentado con la espalda rígidamente recta, su barbilla alzada en un ángulo desafiante.

Sus ojos azules centelleaban con un fuego que reconocí al instante; era la misma mirada que me había lanzado cuando me obligó a besarlo bajo la lluvia.

Preston parpadeó, desconcertado por el rechazo frontal.

—Ben, sé razonable. Es por tu bien y el del cachorro. Ese hombre no tiene tiempo para cuidarte como te mereces, y...

—Dije que no, papá —repitió Ben, su voz elevándose, firme e inquebrantable—. Capté tu intención desde que empezaste a hablar, pero la respuesta es no. No me voy a quedar en mi habitación de la infancia como si fuera un adolescente asustado que cometió un error.

Miré a Ben, maravillado. No necesité gruñir, no necesité marcar mi territorio.

Él lo estaba haciendo por mí. Y al ver la confrontación entre él y Preston, la comprensión me golpeó con fuerza.

Vi la misma postura, el mismo brillo obstinado en los ojos, la misma negación rotunda a ceder el control.

Era como ver a un espejo enfrentándose a sí mismo.

—Soy un adulto, papá —continuó Ben, deslizando su mano sobre la mesa para entrelazar sus dedos con los míos.

Apretó mi mano sucia y callosa frente a toda su familia, una declaración física de su elección—.

Estoy casado. Esa granja, con su polvo y sus tractores, es mi hogar ahora.

Es nuestra casa. Steve no es mi visitante de fin de semana, es mi esposo.

Y mi lugar está a su lado. Esto no es tu decisión.

Las feromonas en la sala chocaron. La indignación protectora de Preston se topó de frente contra la resolución inamovible de Ben. El aire se volvió asfixiante, una batalla silenciosa de voluntades entre dos Omegas que se negaban a dar un paso atrás.

Preston apretó los labios, su rostro palideciendo de frustración.

—Benjamin, estás siendo un insensato. No tienes idea de lo que implica...

—Basta, Preston.

La voz de Arthur retumbó desde la cabecera de la mesa. Fue un sonido grave, calmado, pero con el peso suficiente para aplastar la discusión de un solo golpe. Arthur dejó sus cubiertos sobre el plato y miró a su pareja.

—Arthur, no te metas —intentó defenderse Preston, aunque su voz perdió fuerza.

—Me meto porque estás siendo exagerado, cariño —dijo Arthur, su tono suavizándose ligeramente pero manteniendo su firmeza—.

Nuestro hijo tiene razón. Ya no es un niño.

Tienen un matrimonio, tienen una vida, y no los podemos cuidar por siempre.

No podemos meterlos en una burbuja de cristal en el piso de arriba.

Si el chico eligió la tierra, la tierra es donde debe estar.

Preston cerró los ojos, exhalando un suspiro tembloroso. Su instinto le exigía retener a su cría, pero la lógica de su Alfa lo obligaba a soltarlo.

Aproveché el resquicio de silencio. Sabía que debía ofrecerles una rama de olivo. No podía simplemente llevarme a Ben y dejar a sus padres con el terror de la incertidumbre.

Me incliné ligeramente hacia adelante, dirigiéndome a ambos con el máximo respeto.

—Si me permiten la sugerencia —dije, mi voz calmada y nivelada—. Por qué no vienen a conocer la finca.

Preston abrió los ojos, mirándome con sorpresa.

—Mi abuela Beatrice ya está allí —continué, omitiendo deliberadamente el pequeño detalle del terror que la anciana inspiraba—.

Tenemos espacio de sobra. Vengan a Los Naranjos.

Conozcan nuestra casa. Vean el entorno, prueben la comida, revisen las instalaciones.

Así podrán asegurarse con sus propios ojos de que Ben está en un lugar seguro y rodeado de familia.

Y si hay algo que consideren que falta, lo construiré yo mismo.

Preston pareció dudar, evaluando mi oferta, buscando la trampa.

—El aire allí es muy fresco, papá —intervino Rick de repente, rompiendo su silencio penitente. Su voz sonaba esperanzada, como si viera una oportunidad para redimirse—. De verdad, el paisaje es increíble y la casa es enorme, yo podría ayudarlos con el viaje y...

Prestón le clavó una mirada glacial que habría congelado el infierno.

—Tú no vas a ayudar a nadie, Richard —sentenció Preston—. Tú no vas a ir a ninguna parte. Te quedarás aquí, a cargo de la casa y regando ese jardín que tu cuñado acaba de arreglar, hasta que decida que has aprendido a no jugar con la vida de tu hermano a nuestras espaldas.

Rick encogió los hombros, haciéndose pequeño en su silla.

—Claro, papá. El jardín. Lo entiendo. Yo... yo me callo.

Preston miró a Ben. Miró nuestras manos entrelazadas sobre el mantel de hilo. Luego miró a Arthur, quien le dedicó un asentimiento lento y reconfortante. El Omega suspiró de nuevo, esta vez rindiéndose ante la evidencia de que su cachorro ya no le pertenecía solo a él.

—Bien —dijo Preston finalmente, alisando una arruga invisible en su servilleta, recuperando su compostura elegante—.

Iremos a ver esa famosa finca. Haremos las maletas esta noche.

Pero te lo advierto, Steven: si encuentro polvo en los zócalos o corrientes de aire en las ventanas de la habitación de mi hijo, te haré la vida imposible.

No pude evitar sonreír, una sonrisa genuina y aliviada que me llegó hasta los ojos.

—Se lo agradeceré, señor.

La tensión de la habitación se evaporó, como una nube negra disipada por el viento. La atmósfera se volvió repentinamente ligera, casi festiva. El peligro había pasado, las líneas se habían trazado y, milagrosamente, todos estábamos en el mismo bando.

Arthur se recostó en su silla, tomando su copa de vino con una expresión relajada. Miró a Preston con una ternura que suavizó las líneas duras de su rostro de Alfa.

—Esto me recuerda a nuestros primeros años —dijo Arthur de pronto, su voz adoptando un tono nostálgico, cálido, que llenó la cocina—. Cuando tú y yo éramos unos críos obstinados creyendo que nos íbamos a comer el mundo. ¿Te acuerdas, Preston? En aquel viejo despacho contable en el centro...

Ben sonrió, apoyando la cabeza en mi hombro, soltando toda su tensión.

—Oh no, la historia del despacho otra vez no... —susurró Ben, aunque su tono era puro cariño.

—Déjalo hablar, niño —dijo Preston, sirviéndose un poco más de vino, con los ojos brillando al recordar—. Tu padre era un desastre con los archivos.