El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 1. Ben #3
10%

1. Ben #3

—¿Ah, sí? ¿Andas muy seguro de ti mismo, Benjamin? ¿Y qué te hace pensar eso? ¿Ese anillo nuevo de zafiro en tu dedo? Los anillos se quitan, mi vida. Los contratos se rompen con un buen abogado.

—No es el anillo, papá —dije suavemente.

Dejé de contener mi biología. Dejé que mis feromonas, que había estado suprimiendo inconscientemente por la tensión del ambiente y el miedo a su reacción, se liberaran por completo.

El aroma dulce, denso y cargado de leche, miel caliente y ese matiz floral característico de un Omega en cinta inundó el espacio de la cocina, desplazando instantáneamente el olor a café amargo y lavanda.

—Estoy esperando un cachorro —solté la bomba, clara, directa y sin rodeos.

El silencio que siguió fue absoluto. Afuera, incluso el sonido de las tijeras de podar de Steve pareció detenerse por una fracción de segundo, como si la tierra misma hubiera contenido el aliento, antes de reanudar su marcha constante.

Vi cómo la información aterrizaba en mi papá Preston.

Sus ojos azules se abrieron desmesuradamente, perdiendo toda la frialdad de golpe.

Sus fosas nasales se dilataron al captar mi aroma alterado, confirmando biológicamente las palabras que acababan de salir de mi boca.

El instinto protector en él chocó violentamente con la ofensa, el enfado y la indignación que había sostenido durante horas.

La rigidez de sus hombros desapareció como si le hubieran quitado un peso físico.

Su boca se entreabrió, incapaz de formular una palabra coherente.

Sus ojos bajaron rápidamente hacia mi vientre, donde mi mano seguía posada con firmeza, y luego volvieron a mi rostro, buscando una mentira o una broma que sabía que no iba a encontrar en mi mirada.

—Un... ¿un cachorro? —tartamudeó Preston, su voz perdiendo toda la autoridad y reduciéndose a un susurro atónito, cargado de una emoción que lo desbordó.

—Tiene siete semanas —confirmé, sintiendo que una sonrisa temblorosa y llena de lágrimas tiraba de las comisuras de mis labios—.

Steve y yo vamos a ser padres. Así que, aunque Arthur quiera odiarlo por haberse saltado las reglas, y aunque quieras castigar a Rick por el resto de su vida...

estamos atados, papá. Somos una manada de verdad ahora.

Y este cachorro va a nacer en esa Finca, rodeado de naranjos y de nosotros.

Preston se tambaleó ligeramente hacia atrás, teniendo que apoyar su mano en el borde de la isla de mármol para no perder el equilibrio.

Cerró los ojos con fuerza, tragando saliva, procesando la magnitud de la noticia.

Sabía perfectamente que lo de la boda exprés había sido un desastre de proporciones épicas y que prácticamente todo era culpa de la intromisión de Rick y la desesperación de Steve por salvar su tierra.

Pero la realidad biológica era innegable. Había una nueva vida en camino. Su nieto.

Abrió los ojos. Había lágrimas reales brillando en ellos, una mezcla compleja de alegría instintiva por la llegada de un nuevo miembro a la familia y un dolor persistente por haber sido excluido de todo el proceso inicial. Caminó lentamente rodeando la isla de mármol hasta llegar a mí.

—Un cachorro... —repitió Preston, acariciando mi piel con el pulgar—. Vas a ser padre, Ben. Mi niño pequeño va a tener un bebé.

Preston suspiró, un sonido profundo que parecía arrastrar años de cansancio y preocupación acumulada.

Miró hacia la ventana de la cocina, donde la figura sudorosa, masiva y ahora sin camisa de mi esposo seguía destrozando la maleza bajo el sol implacable, trabajando hasta el agotamiento físico absoluto solo para ganarse el derecho a sentarse en nuestra mesa y ser aceptado.

—Sé que mucho de este desastre fue culpa de tu hermano Rick, Ben.

Lo sé. —La voz de Preston se volvió firme de nuevo, recuperando un poco de esa autoridad familiar, pero sin el hielo o la distancia de antes—.

Pero que yo nunca me hubiera presentado ante ese hombre antes de que te pusiera una mano encima...

que tu padre Arthur y yo tuviéramos que enterarnos de que nuestro hijo menor estaba casado y encinta a través de las redes sociales...

eso tiene un precio, Benjamin. Un precio que vuestro Alfa tiene que pagar para demostrar que respeta esta casa.

Asentí lentamente, aceptando la culpa compartida y el juicio de mi familia.

—Lo sé. Y Steve pagará el precio que queráis. No se va a quejar.

Preston miró de nuevo hacia el jardín, evaluando el seto perfectamente recortado y el césped que ahora lucía impecable gracias al esfuerzo brutal de mi esposo. Una pequeña sonrisa de satisfacción Omega asomó por primera vez en su rostro.

—El precio —dijo mi papá Preston, con un brillo divertido y severo en los ojos— es que ese Alfa tuyo va a tener que arreglar también la cerca de madera del frente antes de que lo deje sentarse a cenar en mi mesa limpia.

Y tú vas a subir ahora mismo a sacar a tu hermano de su cuarto, porque alguien tiene que ir a comprar pintura nueva.