El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 1. Ben #2
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1. Ben #2

Me quedé solo en el pasillo con mi papá Preston. El sonido de la puerta trasera cerrándose con un clic sordo y definitivo fue como el martillazo de un juez en una sala de ejecuciones.

—A la cocina, Benjamin —ordenó papá Preston, dándose la vuelta sin esperar a ver si lo seguía.

Lo seguí, sintiendo el peso de mis botas de goma contra el parqué inmaculado de la casa. La cocina estaba tal como la recordaba: encimeras de mármol blanco, cacerolas de cobre colgadas con precisión milimétrica y ese olor constante a lavanda, jabón de platos caro y café amargo.

Preston me indicó con un movimiento de cabeza que me sentara en uno de los taburetes de madera de la isla central.

Él se quedó de pie frente a mí, apoyando ambas manos sobre el mármol, mirándome con una decepción tan profunda que me hizo sentir como si tuviera quince años otra vez y me hubieran atrapado robando el coche familiar.

Por la ventana abierta de la cocina, ya podía escuchar el sonido rítmico y violento de las tijeras de podar de Arthur crujiendo contra las ramas gruesas en el jardín.

Snip. Crunch. Pero el ritmo que se escuchaba ahora era diferente.

Era más rápido, más fuerte. Steve no estaba perdiendo el tiempo.

Estaba desahogando la tensión a base de músculo puro, destrozando los setos de mi padre como si fueran sus propios demonios.

—Papá —empecé, rompiendo el silencio opresivo. Mi voz temblaba ligeramente, pero me obligué a mantener el contacto visual—. Tienes que escucharnos. Tienes que dejar salir a Rick. No nos pueden castigar como a niños chiquitos. Somos adultos. Lo que pasó...

—Lo que pasó —me interrumpió Preston, su voz afilada y temblorosa por una emoción que intentaba contener a duras penas— es que mi hijo menor desapareció de la ciudad sin decir una palabra, se vio envuelto en un escándalo mediático que casi destruye su nombre, y se casó con un completo desconocido por un papel firmado ante un abogado de mala muerte.

Y yo tuve que enterarme de que estabas casado por las redes sociales, Benjamin.

El dolor en su voz fue un latigazo directo a mi pecho. Su postura rígida vaciló por un segundo, revelando la herida abierta que la distancia y mi silencio habían dejado en su corazón de Omega.

—Vi tu rostro en esos artículos de chismes —continuó Preston, negando con la cabeza, sus ojos azules empañándose de lágrimas que se negó a dejar caer—.

Leí cómo la gente te llamaba cosas horribles.

Te llamaban interesado, parásito. Y yo no podía llamarte porque tu hermano se negaba a decirme dónde estabas hasta ayer por la tarde.

¿Tienes idea de lo que es pasar las noches pensando que tu hijo se está vendiendo para pagar sus deudas?

—Lo siento —susurré, las lágrimas quemándome los ojos finalmente.

Me incliné hacia adelante, apoyando mis manos sucias de tierra sobre el mármol frío de la isla—.

Papá, lo siento muchísimo. Todo fue un caos.

Estaba acorralado, asustado y no quería que vosotros tuvierais que cargar con mi fracaso.

Pero las cosas han cambiado. Lo que Rick les dijo del contrato...

eso fue al principio. Era una mentira para salvar la Finca de Steve y mis cuentas.

Pero ahora es real. Lo amo, papá. Y él me ama a mí.

Preston me miró, soltando un suspiro largo y cansado que pareció restarle diez años de vida. Se frotó las sienes con dos dedos, como si le doliera la cabeza de solo escucharme hablar.

—Tienes razón en algo, Ben —admitió, su tono suavizándose apenas una fracción, cargado de una resignación melancólica—.

No puedo castigarlos como a niños. Tienen su vida, su propia manada ahora.

Pero tu padre Arthur y yo somos demasiado viejos para adaptarnos a estas nuevas ideas modernas, Benjamin.

Fuimos criados de otra manera. Para nosotros, la familia, el respeto, el hacer las cosas de frente y con la bendición de los padres...

eso lo es todo. Así que no tenemos muchas salidas para lidiar con esta situación más que hacer lo único que sabemos: poner orden en nuestra propia casa.

Por eso tu hermano Rick está encerrado arriba, reflexionando sobre su traición al ocultarnos tu situación.

Y por eso tu Alfa está sudando en el jardín, demostrando a Arthur si de verdad tiene las manos para sostenerte cuando las cosas se pongan difíciles en la vida.

Escuché el sonido seco de una rama gruesa de rosal cayendo al césped afuera. El ritmo de trabajo de Steve era implacable, casi salvaje. Estaba podando ese jardín como si su propia alma dependiera de ello, aceptando el castigo físico de mi padre sin un solo gruñido de queja.

Tomé aire, llenando mis pulmones con el aroma a lavanda de la cocina, y lo solté lentamente. Llevé mi mano derecha y la posé sobre mi vientre, justo sobre la tela de mi camisa de franela, en un gesto instintivo, protector y sumamente elocuente.

Levanté la vista y miré a mi papá Preston a los ojos.

—No nos podrán separar, papá —dije, mi voz perdiendo cualquier rastro de duda. Era una afirmación rotunda, sólida como la roca de la Finca.

Preston arqueó una ceja, cruzándose de brazos, a la defensiva, intentando mantener la distancia emocional.