1. Ben
El trayecto hacia las afueras de la ciudad se sintió como una marcha fúnebre hacia el cadalso, a pesar de que el cielo estaba despejado y la radio de la camioneta de Steve zumbaba con una melodía suave.
Yo iba recostado contra el asiento del copiloto, retorciendo el anillo de zafiro en mi dedo anular con tanta fuerza que el metal se sentía caliente contra mi piel.
Las yemas de mis dedos, ahora un poco más ásperas por el trabajo en los huertos, buscaban el relieve de las piedras como si fuera un rosario secular.
—Vas a desgastar ese zafiro antes de que lleguemos —murmuró Steve, sin apartar los ojos de la carretera.
Su mano derecha, enorme, marcada por venas gruesas y cicatrices recientes de la cosecha, abandonó la palanca de cambios para posarse sobre mi rodilla.
El calor de su palma atravesó el lino de mi pantalón, un ancla pesada y segura que intentaba detener mi temblor—.
Respira, Ben. No vamos a un pelotón de fusilamiento.
—No conoces a Arthur —respondí, soltando un suspiro tembloroso que empañó levemente el cristal de la ventanilla—. Ni a Preston. Es fácil para ti decirlo; tú eres el Alfa que viene a dar la cara después de haberme "comprado", pero yo soy el hijo que huyó a la montaña y regresa casado por contrato.
—No te compré, Ben —corrigió él, su voz bajando a ese tono grave y vibrante que siempre lograba calmar el ruido en mi cabeza—. Y no vamos a pedir perdón por habernos encontrado. Vamos a presentarnos. Como esposos.
Miré de reojo su perfil. Steve vestía una camisa de lino azul oscuro que yo mismo le había ayudado a planchar esa mañana en la finca, una prenda que resaltaba la anchura de sus hombros y el bronceado de su cuello.
Se había afeitado, dejando solo esa sombra oscura que delineaba su mandíbula de piedra, y su cabello oscuro estaba peinado con una decencia inusual.
Parecía un terrateniente respetable, un hombre que dominaba su destino.
Pero yo sabía que, bajo esa fachada de calma, su lobo interior estaba tan alerta como el mío.
Mi plan original había sido, en teoría, impecable y sumamente civilizado.
Mis padres eran un matrimonio tradicional: Arthur, un Alfa firme de la vieja escuela, y Preston, un Omega meticuloso que gobernaba nuestra casa con un guante de seda sobre un puño de hierro.
Llevaban treinta y cinco años juntos, disfrutando ahora de una jubilación tranquila en una casa con porche de madera y tejas grises en los suburbios.
Al ser de la vieja escuela, yo estaba seguro de que entenderían las dinámicas de nuestra relación si se las explicábamos con el tacto adecuado.
Íbamos a llegar, tomaríamos un té de jazmín en la sala de estar impecable de mi papá Preston, presentaríamos una disculpa sincera y rápida por la boda exprés, y Steve haría una reverencia respetuosa. Todo muy formal. Todo muy limpio.
Además, contaba con un as bajo la manga: Rick. Mi hermano mayor, el Beta responsable, se había ofrecido a allanar el terreno.
Había prometido venir un día antes a la casa de nuestros padres para "suavizar el golpe" y explicar el contexto de nuestra unión antes de que nosotros cruzáramos la puerta. Después de todo, Rick había sido el arquitecto inicial de este matrimonio al presentarme a Jack y a Steve en primer lugar.
Pero cuando Steve aparcó la camioneta frente a la valla de estacas blancas y caminamos juntos por el sendero de piedra, el instinto me gritó que algo andaba terriblemente mal.
El aire alrededor de la casa no olía a té recién hecho ni a galletas de jengibre horneadas.
No había ese aroma reconfortante a hogar que siempre me recibía.
El ambiente estaba saturado de una tensión pesada, espesa y casi metálica, un olor a ozono y a feromonas de advertencia que erizó los vellos de mis brazos.
Toqué el timbre. Las campanadas resonaron en el interior, huecas, lentas, como el tañido de una campana de iglesia en un funeral.
Steve se colocó medio paso detrás de mí, su hombro rozando el mío. Pude sentir el cambio sutil en su respiración, el pecho expandiéndose mientras filtraba los olores de la casa. Su aroma a tierra mojada y cítricos se intensificó, una respuesta automática de protección territorial.
La puerta se abrió con un crujido seco.
Mi papá Preston nos miró desde el umbral.
Iba vestido con un jersey de punto color crema impecable, pero su postura era tan rígida que parecía de mármol.
Su cabello plateado estaba perfectamente peinado hacia atrás, ni un solo mechón fuera de su sitio.
Sus ojos, del mismo azul eléctrico que los míos, estaban afilados como cuchillos de obsidiana.
No hubo sonrisa. No hubo abrazo de bienvenida. Ni siquiera miró el anillo de zafiro que brillaba en mi mano.
A sus espaldas, la figura imponente de mi padre Arthur llenaba el pasillo, proyectando una sombra larga que parecía tragar la luz del recibidor.
Arthur era un Alfa de hombros anchos, con el cabello canoso en las sienes y una mirada severa que había intimidado a directores de bancos y a pretendientes por igual durante décadas.
Estaba de brazos cruzados, emanando unas feromonas de disgusto territorial tan densas y amargas que hicieron que Steve se tensara inmediatamente a mi lado, sus músculos endureciéndose como el granito.
—Adelante —dijo Preston. Su voz fue un témpano de hielo que me congeló la sangre en las venas.
Entramos. El vestíbulo olía a cera de abejas, a madera pulida y a una indignación contenida que casi se podía cortar con un cuchillo. La puerta se cerró detrás de nosotros con un golpe seco que resonó en mis oídos como un disparo de salida.
Busqué a Rick con la mirada, esperando que mi hermano saliera a nuestro encuentro desde el salón, que mediara con una de sus bromas financieras o que simplemente nos diera una mirada de complicidad. Pero la casa estaba en un silencio sepulcral.
—¿Dónde está Rick? —pregunté, mi voz sonando demasiado pequeña, demasiado frágil en medio del pasillo.
Arthur soltó un bufido grave que retumbó en su pecho, un sonido animal que buscaba marcar el territorio y advertir al Alfa invasor que estaba en casa ajena.
—Tu hermano está en su habitación —sentenció Arthur, con una autoridad de Alfa que no admitía réplica—. Y ahí se va a quedar. Está castigado.
Me quedé paralizado, parpadeando con incredulidad. Miré hacia la parte superior de la escalera de madera pulida, esperando que la cabeza de Rick se asomara por la barandilla con una mueca de disculpa.
—¿Castigado? —repetí, sintiendo que la situación se me escapaba de las manos a una velocidad vertiginosa—. Papá, Rick tiene treinta años. Es un Beta adulto que trabaja en finanzas en el centro de la ciudad. No puedes castigarlo en su habitación de la infancia.
—Puedo y lo he hecho —replicó Arthur, dando un paso hacia nosotros.
Sus ojos grises, duros como el pedernal, se clavaron directamente en Steve, ignorándome por completo—.
Porque tu hermano adulto tuvo la brillante idea de vendernos a nuestro hijo menor en un contrato como si fueras ganado de exhibición, y luego tuvo la desfachatez de venir ayer a cantarnos los detalles de la transacción como si mereciera una medalla al mérito familiar.
Nos informó demasiado bien, Benjamin. Demasiado bien.
Tragué saliva, sintiendo un sudor frío perlar mi nuca.
Rick, en su intento torpe de ser transparente y justificar mi decisión de irme a la granja, les había contado todo.
El contrato de Jack. La deuda de Greg. La farsa inicial de la cabaña.
Había destruido cualquier posibilidad de presentar nuestra unión como un romance repentino y formal.
Les había entregado las cartas marcadas.
Arthur desvió su atención de mí y se enfocó por completo en Steve.
Fue un escaneo primario, de Alfa a Alfa, evaluando la masa muscular, midiendo la fuerza, buscando la debilidad.
Steve no retrocedió. Mantuvo la mirada, pero, en un gesto de profundo respeto hacia el patriarca de la casa, bajó levemente la barbilla, exponiendo la línea de su garganta por una fracción de segundo.
Fue una sumisión táctica, silenciosa y sumamente elocuente que Arthur registró con un leve asentimiento de cabeza.
—Tú debes ser Steven Miller —gruñó Arthur, evaluando las manos callosas de mi esposo y su postura inamovible.
—Sí, señor. Es un honor conocerle al fin —respondió Steve, su voz grave y calmada, sin un ápice de intimidación, pero llena de una deferencia que me hizo mirarlo con orgullo.
Arthur apretó la mandíbula. Miró de reojo hacia la puerta trasera que daba al jardín, donde el sol de la tarde caía con fuerza sobre los arbustos descuidados.
—Ese jardín trasero es un desastre —anunció de repente Arthur, cambiando el tema con una brusquedad que me descolocó—.
La hierba está alta, los rosales están medio muertos por la sequía y los setos necesitan una poda severa desde hace meses.
Yo ya estoy muy viejo y cansado para andar con las herramientas.
Volvió a mirar a Steve, señalando hacia el exterior con un movimiento seco de la cabeza.
—La herramienta de corte está en el cobertizo de madera. Acompáñame. Me vendría bien tu ayuda.
Abrí la boca para protestar, indignado por el trato que Arthur le estaba dando a mi esposo, tratándolo como a un peón de su propiedad.
—Papá, eso no es justo, nosotros vinimos a...
Pero Steve me puso una mano firme en la zona baja de la espalda. Fue un toque rápido, cálido, un apretón tranquilizador que me transmitió toda su paciencia de piedra.
—Será un placer, señor —dijo Steve, mirándome con esos ojos oscuros que prometían que todo estaría bien.
Sin dudarlo un segundo, Steve se quitó la chaqueta de lona azul, me la entregó con una media sonrisa que me derritió el pecho, y siguió a Arthur hacia la puerta trasera, marchando directo a su sentencia de trabajos forzados en el jardín.