El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2)
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Prologo 2 Parte
El aire salobre de la costa siempre me había sabido a exilio.
Un destierro médico, lo llamaban los especialistas con sus batas blancas impecables y sus ceños fruncidos, insistiendo en que la humedad del océano era lo único que mantendría mis pulmones funcionando y mi corazón latiendo a un ritmo aceptable.
Y yo, por primera vez en mis ochenta y dos años, había agachado la cabeza y obedecido.
Me había marchado, dejando atrás el polvo rojo, el aroma agridulce de los cítricos y el calor asfixiante del Valle de San Joaquín.
Pero mi alma nunca se fue de la Finca Los Naranjos.
Mientras el Rolls-Royce Silver Cloud devoraba los kilómetros de asfalto gris, alejándome de la brisa marina y adentrándose de nuevo en el horno natural del valle, apreté ambas manos sobre la empuñadura de plata labrada de mi bastón.
A través del cristal tintado, vi cómo el paisaje cambiaba.
Los tonos azules y grises de la costa daban paso al dorado quemado de los campos secos y, finalmente, al verde profundo y geométrico de mis huertos.
Mi pecho se expandió, aspirando el aire filtrado por el aire acondicionado del coche, pero mi memoria olfativa ya me estaba inundando con el olor a tierra abonada y savia caliente.
Para mí, la familia y el legado de mi marido no eran simples conceptos en un papel legal; eran el tuétano de mis huesos.
Archibald, que en paz descanse, había sido un hombre tallado en la misma tierra que cultivaba.
Sus manos eran ásperas como la corteza del roble, y su sudor había regado cada hectárea de esta propiedad.
Pero Archibald cometió un error garrafal en vida, un error nacido de una lealtad fraterna que yo nunca compartí: compartió la herencia de sus padres con su hermano.
Aquel cuñado mío. Solo pensar en él hacía que la bilis me subiera a la garganta.
Recordé su figura perezosa, siempre repantingada en una mecedora del porche, apestando a bourbon barato y a colonia dulzona.
Mientras mi Archibald se rompía la espalda bajo el sol implacable de agosto, supervisando los injertos y peleando contra las plagas, su hermano se dedicaba a sonreír y a estirar su mano pulida y sin un solo callo para cobrar su parte.
Siempre agarraba más de la cuenta. Siempre encontraba una excusa para justificar su falta de esfuerzo.
«El trabajo duro es para los peones, Archibald», solía decir con esa risa floja que me daba ganas de estrangularlo.
Y su legado maldito fueron esos dos buitres, sus nietos Marcos y Clara.
Heredaron la avaricia de su abuelo y su nula disposición para el trabajo real.
Yo sabía, con la certeza absoluta que da la experiencia, que si la hacienda caía alguna vez en sus manos manicuradas, la venderían a la primera constructora que les ofreciera un cheque rápido.
O peor aún, la dejarían pudrirse por pura negligencia, convirtiendo el sudor de mi esposo en un terreno baldío.
Por eso había forjado a Steven en hierro.
Por eso, cuando mis pulmones comenzaron a fallar y el médico me ordenó mudarme a la costa, lo hice sabiendo que mi nieto se encargaría de todo.
Confiaba en él. Le había arrancado la debilidad a base de disciplina severa, preparándolo para ser el muro de contención contra la codicia de sus primos.
Pero Steven era un Alfa solitario, un animal de trabajo sin tacto. Y cuando la sobrina de la farmacéutica del pueblo me llamó ayer, con la voz temblando de emoción y chisme, para decirme que el esposo de la ciudad había comprado una prueba de embarazo... el mundo se detuvo.
Un cachorro.
La palabra resonó en mi cabeza durante toda la noche, ahuyentando cualquier rastro de fatiga. Ben estaba esperando un cachorro. Un heredero. La sangre de Archibald iba a continuar, mezclada con la de ese Omega insolente y hermoso que se había atrevido a plantarme cara.
En ese mismo instante, di las indicaciones para empacar mis cosas. La costa podía irse al infierno. Esos meses de embarazo no me harían mal pasarlos en el calor seco del valle, me convencí a mí misma. Pero la verdad era mucho más visceral: ¿quién mejor que yo para cuidar de mi legado?
Steven sabría cómo proteger la tierra, pero no tenía la menor idea de cómo nutrir un vientre.
Y Ben, con su ropa de seda y sus costumbres de ciudad, necesitaba una guía firme.
No había nadie más capacitada que yo para asegurarme de que ese niño naciera fuerte, sano y perfectamente consciente de su linaje.
El coche disminuyó la velocidad, los neumáticos triturando la grava del camino principal de la finca. El sonido fue como música para mis oídos sordos.
El vehículo se detuvo frente al majestuoso porche de madera blanca. Esperé a que mi chófer, viejo y leal, abriera la pesada puerta. Apoyé mi bota de cuero negro sobre el polvo rojo y me impulsé hacia arriba con la ayuda del bastón.
El calor me golpeó como una bofetada física, un abrazo asfixiante que me hizo toser levemente, pero me enderecé, alzando la barbilla. Miré hacia la casa. Estaba en silencio. Demasiado silencio.
Esperaba que, tras mi llamada telefónica a Rosa anunciando mi llegada, mi nieto estuviera en la puerta, con su esposo a un lado, listos para recibir mis instrucciones. Esperaba ver el nerviosismo en los ojos azules de Ben, y la protección territorial en la postura de Steven.
Pero no había nadie.
Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de irritación punzante en la base del cuello. Subí los escalones de madera, que crujieron bajo mi peso familiar, y abrí la puerta principal sin llamar.
El vestíbulo me recibió con su habitual penumbra fresca y el olor a cera de abejas y lavanda.
—¡Rosa! —Mi voz, cascada pero imperiosa, rebotó en las paredes forradas de madera—. ¡Lupita!
El sonido de pasos apresurados resonó desde el pasillo que conectaba con las cocinas. Rosa apareció, secándose las manos frenéticamente en su delantal blanco, con los ojos muy abiertos y el rostro pálido. Lupita se asomó por detrás de ella, encogiéndose como un ratón asustado ante un halcón.
—S-señora Beatrice... —tartamudeó Rosa, haciendo una pequeña y torpe reverencia—. Bienvenida a su casa. El viaje... ¿ha sido bueno?
Clavé la contera de plata de mi bastón en el suelo de parqué con un golpe seco que las hizo respingar a ambas.
—Déjate de formalidades, mujer. No estoy aquí para hablar del tráfico —corté, escaneando el pasillo vacío detrás de ellas—. ¿Dónde está mi nieto? ¿Y dónde está su esposo? Exijo verlos inmediatamente.
Rosa tragó saliva de forma audible. Sus manos regordetas se retorcieron sobre la tela del delantal. Miró a Lupita, buscando una ayuda que la joven no estaba dispuesta a darle, y luego volvió a mirarme con terror reverencial.
—Es que... no están, señora Beatrice.
La irritación se transformó en una furia fría y controlada. Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que pude oler el jabón de sus manos.
—¿Cómo que no están? —pregunté, bajando el tono de voz a un susurro peligroso—. Les avisé de mi llegada. Tienen a un cachorro formándose bajo este techo. ¿A dónde demonios va un Alfa con un Omega en su estado, dejando su finca desatendida?
—Se marcharon ayer por la tarde, señora —explicó Rosa, las palabras tropezando unas con otras por la prisa—. Apenas unas horas después de que usted llamara. El patrón ordenó que prepararan el coche de inmediato.
—¿A dónde? —exigí saber, mi mente trabajando a mil por hora, calculando posibles emergencias. ¿Al hospital? ¿Acaso había habido una complicación? El pánico amenazó con romper mi compostura estoica.
—A la ciudad, señora. —Rosa se humedeció los labios secos—. La muchacha... quiero decir, el señor Ben... dijo que se habían marchado con los padres de él.
Parpadeé, procesando la información. La sorpresa desplazó al pánico, pero la indignación permaneció intacta.
—¿Con los padres de Ben? —repetí, paladeando lo absurdo de la situación—. ¿A la ciudad? ¿Para qué?
Rosa se encogió de hombros, intentando parecer lo más pequeña posible.
—El señor Ben estaba muy alterado, pero de buena manera, señora.
Lloraba y reía. Le escuché decirle al patrón que tenían que ir.
Habían tenido una boda exprés, ya sabe usted, por los papeles y el contrato...
Sus padres no sabían nada del matrimonio real.
Y ahora... bueno, tenían que explicarles en persona que tendrían un cachorro.
No querían que se enteraran por teléfono o por las noticias.
Me quedé en silencio, apoyando ambas manos sobre la empuñadura de mi bastón.
Mi primera reacción fue despotricar contra la insensatez de Steven.
Arrastrar a un Omega recién preñado en un viaje de varias horas en coche solo por sentimentalismos familiares me parecía una negligencia absoluta.
El estrés del viaje, el cambio de aires, la confrontación emocional con unos padres de ciudad que probablemente mirarían a mi nieto por encima del hombro... era un riesgo innecesario.
Pero, a medida que el silencio se prolongaba en el vestíbulo, otra emoción mucho más sutil comenzó a mezclarse con mi enfado.
Respeto.
Aquel chico de pelo platino y ropa cara, al que yo había forzado a consumar el matrimonio mediante una artimaña en una cabaña aislada, estaba demostrando tener una columna vertebral de acero.
Un matrimonio por contrato, nacido de la extorsión de una deuda, se había convertido en una unión tan real y visceral que ahora sentía la necesidad biológica y moral de presentarse ante su manada de origen.
Iba a dar la cara. Iba a poner a mi nieto frente a sus creadores y decirles: «Este es mi Alfa, y llevo su sangre en mi vientre».
Era un movimiento audaz. Propio de un Omega digno del apellido Miller.
—Ya veo —murmuré, mi voz recuperando su textura áspera y controlada—. Enfrentando a los suegros. Supongo que Steven necesitará toda la paciencia que no tiene para no gruñirle al padre del chico.
Rosa soltó una risita nerviosa, que cortó en seco en cuanto le lancé una mirada afilada.
—Prepara mis aposentos en la planta baja —ordené, dándoles la espalda y comenzando a caminar hacia el salón principal—. No voy a estar subiendo y bajando escaleras. Y que Lupita me traiga un té negro. Fuerte. Sin azúcar.
—Sí, señora Beatrice. Enseguida.
Entré en el salón principal. La habitación estaba en penumbra, con los pesados cortinajes a medio cerrar para proteger los muebles antiguos del sol inclemente. Olía a madera lustrada y a tabaco viejo, el aroma fantasma de Archibald que aún se negaba a abandonar las paredes.
Caminé lentamente hacia el inmenso ventanal que daba al camino de entrada y a los kilómetros de huertos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Con un movimiento seco de mi mano libre, aparté el terciopelo grueso, dejando que la luz cruda de la tarde inundara el espacio, dibujando líneas doradas sobre el polvo flotante.
Me quedé allí, de pie. Mi respiración era un silbido bajo y constante en mi pecho enfermo, pero mi postura era tan recta como el tronco de un roble centenario.
Mis dedos acariciaron el metal frío del bastón.
Iban a volver. Tenían que volver. Esta tierra era su ancla, y ahora, con un cachorro en camino, la gravedad que los atraería hacia la finca sería insuperable.
—Tardeos lo que tardéis —susurré contra el cristal caliente de la ventana, mis ojos oscuros clavados en el horizonte polvoriento—, aquí estaré esperando. Y esta vez, nadie me apartará de mi legado.