El Perfil Adecuado Capitulo 17 Final
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Capitulo 17 Final

Apenas a unos metros del portón, mis manos, endurecidas por la tierra y la sangre seca, buscaron el peso de una piedra.

La encontré: un trozo de roca volcánica, afilado y frío.

Estaba decidido a destrozar el candado, a romper mi camino hacia la verdad, pero al llegar, el vacío me golpeó.

El candado no estaba. La cadena colgaba lacia, como una lengua muerta.

Sin concederme el tiempo de la duda, empujé apenas la hoja del pesado portón. No tuve tiempo de más.

Sentí, antes que vi, el acero frío de dos armas en mi espalda, y el empuje seco que me obligó a cruzar el umbral.

Dentro, en la penumbra densa del galpón, dos hombres aguardaban.

No habían alzado aún sus armas, pero las sostenían con la alerta paciente de quienes saben que la violencia es solo cuestión de un instante.

El galpón estaba tal cual lo habíamos dejado, con todos los vehículos completamente intactos. Pero al fondo, bajo un único foco amarillento que escupía una luz enferma, había una mesa, y sentado a ella un hombre.

Me llevaron hasta él con la impersonalidad de quien traslada un fardo. Era un hombre mayor, de facciones suaves y manos cuidadas, sentado con elegancia, pero con una mirada que parecía contener, en su profundidad insondable, la amenaza de lo inminente.

Extendió la mano y me la estrechó con una sonrisa medida, estudiada, que lejos de tranquilizarme, me sumió en una inquietud más honda. Había en su gesto una cortesía antigua, la clase de urbanidad que solo acentúa el peligro.

—No tengas miedo, muchacho. Como dicen en las películas, si quisiéramos matarte, ya estarías bajo tres metros de turba.

Me indicó la silla frente a él con un gesto delicado. Sus hombres retrocedieron hacia las sombras, pero sentía sus ojos sobre mi nuca como el peso de una guillotina.

—Te molesta el humo? —Preguntó mientras blandia unos cigarros y un encendedor.

Negue con la cabeza.

—Parece que mis muchachos no pudieron seguirte el ritmo —dijo con voz calmada—. Te subestimaron, y en este negocio, eso suele ser un error fatal. Por suerte para ti, yo soy pragmatico y ademas tengo buen ojo para el talento.

Simplemente asentí.

—Tambien parece que eres un muchacho inteligente con el que se puede razonar.

Llevamos operando desde antes de que tú supieras andar en bicicleta, muchacho —dijo el hombre, dejando que el humo del cigarrillo formara una línea perfecta en el aire—.

Ni una denuncia firme, ni un rastro en los juzgados, ni un nombre en los diarios.

Somos el ruido de fondo que nadie escucha.

Recorrí con la mirada el galpón, el silencio sepulcral, la organizacion. Sentí una punzada de algo que no era miedo; era un respeto oscuro, casi estético. Eran lo que yo podría ser si dejara de fingir.

— Tal vez el destino te puso justo donde debías estar.

En este negocio se necesita gente valiente e inteligente, pero sobre todo gente que entienda que al final del día, cada quien se salva solo.

Y tu, según lo que intuyo, podrías traer algo interesante a la mesa.

Llevamos un tiempo buscando a alguien con tu perfil… quizás podemos hacer negocios

—Solamente díganme qué tengo que hacer —respondí. Mi voz no tembló. Era la voz de alguien que, por fin, había hallado solucion a su aburrimiento.

Fin