El Perfil Adecuado Capitulo 16 Simplemente corre #3
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Capitulo 16 Simplemente corre #3

No me concedí el lujo de la vacilación. No razoné sobre el acto absurdo de despojarme de mi única arma. Simplemente lo hice.

Corrí unos pasos más cerca del camión y tomé una piedra con fuerza. La lancé con toda mi rabia contenida… y fallé. Maldije en silencio. Tomé otra y la arrojé con más precisión, pero tampoco acerté. La frustración se convirtió en un nudo ardiente en mi pecho.

La tercera, de menor porte, fue la vencida. La piedra golpeó el techo de chapa con un estruendo seco y metálico, como un trueno en mitad de la noche. El camión se detuvo en seco, y los hombres saltaron al suelo, apuntando sus linternas en todas direcciones.

No les otorgué tregua. Una cuarta piedra salió disparada de mi mano y rebotó en alguna parte metálica del vehículo, haciendo que los hombres se agacharan instintivamente.

Dos disparos rasgaron la noche seguidos de un clamor iracundo, casi animal.

El miedo me atenazó apenas un latido, el tiempo justo para recordar que titubear era morir.

Lancé otra piedra, esta vez con toda mi fuerza, y les lancé varios improperios, para dejarles notar con seguridad que estaba detrás de ellos.

Sabiendo el riesgo que corría, me expuse, a muy prudente distancia de ellos me asomé por el camino de modo que me vieran.

Las linternas me encontraron y, sin concederme un instante de vacilación, me lancé a la carrera.

Sentí, más que supe, que el suelo apenas bastaba para sostener mi huida, como si el mundo entero se desmoronara bajo mis pasos.

Apenas unos metros después, giré bruscamente y me sumergí en la espesura del bosque, hundiéndome en la oscuridad.

Mi respiración era un jadeo feroz, mi corazón un tambor frenético contra mis costillas.

Entonces lo escuché: El motor rugió de nuevo y parecía maniobrar.

Me quede paralizado. El ruido del motor del camión se hacia cada vez más intenso.

Había funcionado, estaban volviendo y estaban volviendo a una velocidad considerable.

Me interné en la oscuridad, buscando el amparo de un buen refugio, en las tinieblas de la noche, un santuario donde la sombra y la distancia fueran mis aliadas.

Allí, en la espesura, me abandoné a la espera, consciente de que en ese instante mi suerte dependía del azar del camino.

Pude intuir por el sonido que el camión estaba pasando por la zona de la trampa.

Booooommmm

La noche se desgarró con un estruendo seco y definitivo, un sonido distinto a un disparo, más hondo, más brutal.

Su eco se multiplicó entre los árboles, rebotando en la espesura.

Me quedé inmóvil, con los músculos crispados en una tensión casi intolerable, sintiendo cada latido como un golpe contra mis costillas.

Luego, el trueno se disipó y dio paso a un murmullo caótico: gritos entrecortados, maldiciones proferidas con la urgencia de quien no comprende del todo lo que acaba de suceder.

Lo supe de inmediato, había funcionado. Sentí un golpe de alivio y una chispa de triunfo recorriéndome el cuerpo, pero no podía permitirme el lujo de celebrarlo. El tiempo se doblaba sobre sí mismo, cada segundo era una oportunidad o una sentencia.

Con el camión detenido—o al menos retrasado—me lancé a la carrera en dirección al galpón, sorteando raíces y ramas en la oscuridad del bosque.

El terreno era traicionero; cada paso era una apuesta entre el equilibrio y la caída.

Y la necesidad urgía más que el dolor, más que el cansancio.

Cuando estuve a una distancia segura, abandoné la espesura y volví al camino, donde mis pies ya no encontrarían trabas ni sombras engañosas.

La marcha hacia el galpón se convirtió en un acto instintivo, casi ajeno a mi voluntad. Sabía, en el fondo, que ninguno de los tres podría alcanzarme a pie, pero aún así, mis piernas no dejaban de moverse, poseídas por una energía inexplicable, una mezcla de adrenalina y miedo puro.

Y entonces, la noche empezó a quebrarse.

Primero, un soplo de aire fresco, distinto, anunciando la llegada del alba.

Luego, como una herida que se abre en la penumbra, un resplandor pálido comenzó tímidamente a asomarse en el horizonte.

El amanecer estaba cerca. Solo en ese instante comprendí cuánto tiempo había pasado, cuántas veces había corrido, caído, escapado, resistido.

Y entonces, como si el sol mismo quisiera sellar mi destino, las sombras del bosque se quebraron, y entre el enmarañado de ramas apareció el techo del galpón.

Lo había logrado. Había llegado antes que ellos.

Ahora, solo tenía que sortear el candado, encender mi camioneta y regresar a casa.

Sentí una oleada de energía recorrer mi cuerpo, desterrando el cansancio, sofocando el miedo.

Sin detenerme a analizar trampas, sin preguntarme si algo o alguien aguardaba en la penumbra, corrí hacia la construcción con la certeza feroz de un animal acorralado que encuentra su única salida.

Cada paso me acercaba más a la salvación…

y también a lo desconocido que aún podía acechar en la oscuridad.