El Perfil Adecuado Capitulo 16 Simplemente corre #2
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Capitulo 16 Simplemente corre #2

El plan era simple en apariencia, pero cada variable lo convertía en una jugada de alto riesgo.

Si el camión llegaba al final del camino y no me encontraba, era lógico que diera la vuelta para continuar la cacería.

Mi tarea era mantenerme a salvo detrás de ellos, listo para ocultarme entre los árboles si decidían regresar.

Pero la incertidumbre era un enemigo que susurraba al oído, sembrando dudas.

¿Y si no daban la vuelta y decidían montar guardia en el galpón?

Peor aún, ¿y si se dividían, uno vigilando y los otros dos regresando por el mismo camino?

No había respuestas, solo probabilidades.

Y en ese momento, comprendí que pensar demasiado podía ser tan letal como actuar mal.

Me mantuve a unos cien metros de las luces traseras, cada paso medido, cada respiración controlada.

De vez en cuando, el camión se detenía. Sus ocupantes escudriñaban alguna zona que, infiero, les parecía sospechosa antes de continuar.

Yo me detenía con ellos, tras algún árbol, congelado en la oscuridad.

Entonces lo vi.

Las luces del camión se elevaron levemente antes de descender con un leve vaivén. Unos segundos después, la velocidad disminuyó. Habían llegado al arroyo. Me acerqué un poco más, conteniendo el aliento. Si uno de ellos se quedaba atrás a modo de trampa, debía saberlo.

Los vi cruzar con facilidad. El agua apenas le opuso resistencia al camión, y cuando el último haz de luz desapareció en la espesura, supe que había llegado mi turno.

Me descalcé y me quité el pantalón, consciente de que cada segundo de demora incrementaba el peligro, el sentido común me dictaba que lo más prudente para no tener sorpresas era mantener siempre el camión a la vista.

Apenas posé el pie en el agua, un escalofrío desgarrador me recorrió todo el cuerpo, como si mil agujas de hielo se enterraran en mi piel al mismo tiempo.

El agua tiraba de mí con fuerza, como si tuviera voluntad propia, como si me exigiera un tributo por permitir mi paso.

Apreté los dientes, y avancé con pasos torpes y vacilantes, sintiendo cómo el frío penetraba hasta los huesos.

Las piernas, como si ya no me pertenecieran, se entumecieron de inmediato.

Cada movimiento se convirtió en un suplicio, pero la certeza de que no había otra opción apretaba con más fuerza que el dolor.

Con el cuerpo encogido, pero logrando mantener el agua por debajo de la cintura, llegué al otro lado.

Caí de rodillas sobre la tierra húmeda, jadeando, con el corazón martillando en mi pecho.

Me obligué a respirar hondo, a recuperar el control.

Ponerme el pantalón de nuevo fue un infierno, las manos temblorosas, la tela empapada y el frío me convertían en un muñeco torpe y desesperado.

A lo lejos, las luces del camión estaban a punto de perderse en la oscuridad.

Reuniendo las últimas fuerzas que me quedaban, me puse de pie y corrí, ignorando el dolor en las piernas, ignorando el hielo en la piel.

El movimiento ayudó. Poco a poco, el calor regresó a mi cuerpo, y la fatiga, que hasta hace unos minutos amenazaba con aplastarme, se disipó ligeramente.

Era como si el frío hubiera obrado como una anestesia, adormeciendo el dolor y otorgándome una suerte de segunda oportunidad, un intervalo efímero en el que el sufrimiento se desvanecía.

Seguí avanzando con pasos medidos, pero ya con cierta confianza, manteniendo la vista fija en las luces del camión.

La noche se había transformado en mi cómplice, tejiendo un manto de sombras que cubría cada rincón, envolviendo todo con un velo que me permitía deslizarme entre los árboles sin ser visto.

Entonces, el camión se detuvo con un crujido abrupto, como si la misma tierra hubiera callado su aliento.

Me quedé inmóvil, agazapado entre los arbustos al borde del camino, una sombra más en la penumbra.

Vi la silueta de Fito bajando del vehículo, su linterna barriendo el suelo con un movimiento calculado.

Se agachó y pasó la mano sobre la tierra, como si buscara una confirmación, una señal de que algo no cuadraba.

Su actitud era meticulosa y peligrosa. La otra linterna, que debía sostener Martín, iluminaba en la dirección opuesta, explorando con la misma precisión.

Para mi fortuna, rara vez miraban hacia atrás

Esperé.

Siguieron la marcha.

Mi mente se convirtió en un laberinto de posibilidades, cada una más sombría que la anterior.

Concluí que esta situación no era favorable para mí.

Ellos llegarían al galpón antes que yo, se atrincherarían y montarían guardia.

Tres hombres armados, con la ventaja de la experiencia, el tiempo y la posición.

Si uno de ellos permanecia custodiando el galpón y los otros dos volvían a rastrear el camino, la situación no mejoraba demasiado; la posibilidad de adentrarme en el bosque al ver aproximarse el camión podría ofrecerme una breve tregua, sin embargo, tarde o temprano, el inevitable enfrentamiento con el centinela solitario sería seguro.

El único escenario en el que tenía una oportunidad era que llegaran juntos y, juntos volvieran.

Pero incluso entonces, no estaria a salvo.

Podían sabotear mi camioneta, disparar a los neumáticos o inhabilitarla de cualquier otro modo.

Tenia que hacer algo, tenia que llegar al galpón antes que ellos.

Seguí avanzando tras el camión, con la mente ardiendo en estrategias y posibilidades, cuando algo llamó mi atención: las huellas en el suelo.

El camino era angosto, apenas lo suficiente para que el vehículo pasara sin margen de maniobra.

Y justo en el punto donde me encontraba, dos árboles flanqueaban el sendero, obligando a las ruedas a pisar siempre el mismo trazo.

La idea irrumpió con la brusquedad de un relámpago.

Si lograba hacerlos volver, si los forzaba a regresar, pasarían por aquí.

No había alternativa. Sin pensarlo más, saqué el cuchillo.

Escarbe un poco y luego clavé el mango en la tierra con la inclinación exacta, apenas asomando el filo, que cubri con algo de maleza.