El Perfil Adecuado Capitulo 16 Simplemente corre
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Capitulo 16 Simplemente corre

Sin darles ni un segundo para reaccionar, salí disparado del baño como una flecha, el eco de mis pasos retumbando en la cabaña, tumbé detrás de mí la silla que había cerca, la cual se estrelló contra el suelo con un estrépito.

El caos estalló en la cabaña, gritos, insultos, maldiciones y el ruido confuso de cuerpos tropezando en la oscuridad.

—¡¿Se escapa?! — gritó una voz, furiosa.

Corrí hacia la puerta con toda la fuerza que me quedaba. Salté la cerca de un solo impulso, como lo había planeado. En ese preciso momento, escuché un estruendo detrás de mí: alguien tropezó con la silla caída y se desplomó, el sonido sordo de su caída alimento mi ánimo.

La distancia entre ellos y yo crecía rápidamente.

Sentí la adrenalina correr por mis venas, acelerando cada uno de mis movimientos, mi mente fijada en el único objetivo: el camión.

Corrí directo hacia él, extendiendo la mano para abrir la puerta con la esperanza de que mis dedos no temblaran, que mi cerebro no se traicionara.

Un disparo retumbó en la noche como un trueno.

Una bala cortó el aire cerca de mí, y el sonido hizo que mi corazón diera un vuelco.

La adrenalina se desbordó en mis venas. Abandoné el plan de encender las luces del camión al instante y giré bruscamente hacia los árboles.

Los gritos llegaron detrás de mí, su voz rasgando la noche con desesperación:

—¡Está en el camión!

Pero ya no estaba en el camión. Estaba corriendo a toda velocidad hacia la única esperanza que me quedaba: el amparo nocturno y frío del bosque. Allí, la oscuridad era mi aliada, envolviéndome en su manto de sombras, y cada zancada me alejaba más del peligro.

Llegué a los árboles, exactamente como lo había planeado en mi mente, pero el precio fue alto: mi corazón latía a un ritmo frenético, martillando mi pecho con cada pulsación, y mis pulmones ardían por el esfuerzo.

El bosque frente a mí era una mancha negra e impenetrable, un mar de sombras en el que cada rincón podía esconder un obstáculo o un peligro.

Permanecí agazapado detrás del tronco de uno de los árboles más gruesos, intentando recuperar el aliento y pensar con claridad.

Fue entonces cuando las linternas se encendieron y comenzaron a moverse lentamente hacia el camión.

Pude distinguir las figuras de Fito y Martín, avanzando con cautela y enfocando la luz en cada rincón.

Creían que yo estaba allí. Revisar a fondo el camión les tomaría varios minutos y no me podía dar el lujo de desperdiciar esa ventaja.

Con el cuerpo aún estremecido por la fiebre ciega de la adrenalina avancé hacia el sendero.

El recorrido era sencillo, una línea recta que se extendía en la oscuridad impenetrable, pero en ese momento, cada paso era un acto de fe.

Ya a una prudente distancia encendí mi linterna colocándole la mano por delante, dejando solo un mínimo haz de luz.

No podía ver mucho, y aún así, corría con todas mis fuerzas, como si el suelo me devolviera un impulso mayor del que jamás había sentido.

El aire era frío, cortante, pero no me importaba.

Mi mente solo estaba fija en un solo pensamiento: Escapar.

No podría decir cuánto corrí, tal vez unos mil metros, tal vez más.

La distancia se había desdibujado en el caos de mis propios latidos, pero entonces, escuche muy a la distancia el rugido del viejo motor del camión.

Mi instinto me obligó a mirar hacia atrás, aunque mis ojos no llegaron a distinguir nada.

La oscuridad me envolvía, pero sabía que muy pronto estarían detrás de mí.

Mi única esperanza era llegar al arroyo.

Si conseguía alcanzar el curso de agua, podría desviarme y caminar arroyo arriba, unos 200 o 300 metros, lo suficiente para perderles el rastro.

Volví a concentrarme, superando el ardor en las piernas y el peso de mis pasos ya que, aunque el pesado camión avanzaba lentamente, el ruido del motor se hacía más nítido a cada minuto.

Alcance a ver destellos de las luces de sus linternas que oscilaban de un lado a otro, buscando, iluminando con hambre.

Pero entonces, entre el rugido constante del motor, lo escuché.

El murmullo del arroyo, suave y constante.

Estaba cerca. Sentí un impulso de alivio, como si la esperanza regresara por fin a mis venas.

Pero el camión también estaba cerca, a juzgar por el rugido del motor, no debía estar a más de 200 metros detrás de mí. El tiempo se me escapaba,

Me obligué a avanzar, buscando con desesperación llegar al arroyo antes que ellos.

Cada segundo y cada metro eran una tortura, como si el camino se alargara a propósito.

Supe que no iba a lograrlo. Sin pensarlo más, abandoné el camino, me adentré en el bosque con una temeridad que no correspondía al rigor del terreno, forzando mi cuerpo a moverse con sigilo intentando no dejar rastro.

Mis pasos eran torpes y desesperados entre la maleza.

Pero entonces, algo me frenó. Un árbol caído, de tronco gigantesco, con raíces expuestas como garras de la tierra, me ofrecia un buen refugio.

Me lancé hacia él, apague totalmente mi linterna y me agazapé detrás del tronco con el corazón latiendo con tanta fuerza que creí que me traicionaría.

Me acurruqué detrás del tronco, intentando controlar mi respiración como si con ello pudiera diluir mi propia presencia.

No tuve el valor de mirar. El sonido me decía que el camión se había detenido justo donde había salido del camino.

Un silencio ominoso se instaló en el aire, más pesado que el propio miedo.

Mi corazón se detuvo. ¿Había dejado huellas?

¿Habia roto alguna rama? Si era así, no tenía escapatoria.

Tragué saliva y, con el pulso martillándome en las sienes, me obligué a asomar la cabeza apenas un centímetro por encima del tronco. Solo un vistazo. Vi lo peor que podía haber visto.

Fito y Martín estaban de pie sobre los estribos, con sus linternas trazando líneas de luz en la oscuridad, moviéndose en todas direcciones.

La luz de Fito exploró el suelo meticulosamente, deteniéndose aquí y allá, como si leyera en la tierra un relato que solo él podía comprender.

Mi cuerpo entero se tensó. Fito bajó del camion y se agachó con la linterna enfocando el suelo.

Movió la luz lentamente, examinando cada detalle con la mirada de un depredador.

En la penumbra, mis dedos tantearon el suelo con urgencia ciega hasta dar con una roca de buen tamaño.

La envolví con la mano, sintiendo su aspereza, su peso, su promesa.

Fito se acerco a mi posicion. Podía sentir sus pasos, el leve crujido de las hojas bajo sus botas, cada vez más cerca, unos quince…

tal vez diez metros. Su linterna barría todo el terreno con lentitud metódica, pero por algún capricho del ángulo o la fortuna, el haz de luz parecio no alcanzarme.

Avanzó un poco más. Ya estaba a solo unos pasos. Contuve la respiración.

Levante la roca, cerré los dedos alrededor con una fuerza desconocida. Tal vez no debía esperar. Tal vez lo mejor era anticiparme, salir del escondite, golpearle la sien con toda la fuerza que pudiera reunir, arrebatarle el arma y disparar sin vacilación a todo lo que se moviera.

Pero entonces, cuando estaba a punto de actuar, y contrariando la fatalidad que parecía dictar mi destino, Fito se volteó hacia el camino con un gesto de desdén, miró una última vez el suelo y caminó hacia el camión.

El motor rugió de nuevamente, y el vehículo comenzó a avanzar con lentitud, aunque el ritmo era desesperadamente lento, lo importante era que se alejaban.

Yo, agazapado tras mi refugio de madera y raíces, comprendí que tal vez había sido salvado por un capricho del azar, por una sutil inclinación del destino que Borges tal vez hubiera llamado la astucia secreta del universo.

Pero la realidad seguía siendo brutal: no había escapado todavía.

El camino estaba ahora bajo vigilancia y el bosque era una trampa de sombras y peligros invisibles.

Fue entonces cuando una nueva idea germinó en mi mente.

Era arriesgada, incluso absurda, pero era lo único que tenía.

Si mi intuición era correcta, Don Kala estaba conduciendo el camión y que Fito y Martín iban sobre los estribos, la cabaña debía haber quedado prácticamente vacía.

Si solo Valeria seguía allí, podía regresar, tomarla por sorpresa.

Esta vez no habría negociaciones, no intentaría razonar con ella. No habría diálogo ni advertencias.

Pero entonces, como un golpe seco en la conciencia, una pregunta se impuso en mi mente: ¿qué ganaría con eso? ¿Qué sentido tenía enfrentarme a Valeria y quedarme en la cabaña? ¿Tal vez hacerme de un arma? Ellos sin duda sabia usar armas mejor que yo.

Regresé al camino pensativo y con cautela, cada músculo de mi cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.

Mantuve la vista fija en las luces traseras del viejo camión, que avanzaba a paso de hombre, lento y ominoso.

Su ritmo pausado me ofrecía una oportunidad insólita: seguirlo a una distancia prudente, usar sus luces como guía sin delatarme.

Si lograba mantenerme lo suficientemente lejos, podría anticipar cada uno de sus movimientos sin exponerme.

Ya que la incertidumbre era un enemigo constante.