El Perfil Adecuado Capitulo 15 Verdades #2
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Capitulo 15 Verdades #2

—¡Eres un viejo idiota! —espetó Fito, casi escupiendo las palabras—. Se supone que somos profesionales. ¡Por idioteces como esta podemos perder todo el negocio! ¡Por estupideces como ésta se nos cae todo!

—Y todo por robarles un insignificante dinero —añadí, sin pensar bien mis palabras.

Fue un error, uno de esos errores de los que no se vuelve.

Al ser tan evidente mi intento de sembrar discordia, terminé por exponerme.

Valeria me lanzó una mirada fulminante, una que me dejó claro que no debía volver a abrir la boca.

Para mi suerte, Fito seguía demasiado molesto como para dejar el tema ir. —El trabajo anterior casi se arruina porque estabas borracho, ¡y ahora estás arruinando este por unas pocas monedas!

—Es que el alcohol y el juego son muy caros —dijo Valeria con sorna, sumándose a la discusión—. Sobre todo cuando eres un perdedor.

La situación comenzaba a girar a mi favor.

El foco de atención ya no recaía sobre mí ni sobre el problema en sí, sino en la discusión creciente entre ellos, una pelea que se desbordaba con cada palabra cargada de ira.

Sentí cómo la tensión crecía en el aire, como si todo estuviera a punto de estallar.

Me mordí la lengua para no intervenir más, lo mejor era dejar que se devoraran solos.

Pero antes de que las cosas pasaran a mayores, Don Kala, con una furia que no había mostrado antes, dio un golpe brutal en la mesa. El sonido resonó en la cabaña como un trueno.

—¡Basta! —rugió, su voz llena de autoridad—. Tenemos un problema y lo vamos a solucionar ahora mismo. ¿Dicen que fue mi culpa? Pues bien, yo lo soluciono. ¡Después discutiremos lo que quieran!

Un nuevo revés en mi contra. Para desviar la atención sobre él, Don Kala había hecho de nuevo el centro de la conversación. Su jugada fue hábil. La tensión seguía en el aire, pero ahora todas las miradas se volvieron hacia mí, cada par de ojos me observaba. El final estaba más presente que nunca.

El silencio que había invadido la cabaña era un peso insoportable, como si cada segundo estuviera impregnado con la sensación de que todo podía romperse en cualquier momento.

La hora estaba llegando. Don Kala, sentado como un soldado derrotado, terminaba nerviosamente su cigarrillo, cada pitada más lenta que la anterior, como si estuviera intentando postergar lo inevitable.

Todo en él, desde la forma en que sostenía el cigarro hasta la mirada vacía fija en la nada, gritaba una profunda resignación, como si supiera que el destino ya había sido sellado.

Fue entonces, en ese preciso instante, cuando algo inexplicable, casi místico, sucedió.

Un leve temblor recorrió el aire, como si el universo mismo estuviera a punto de reajustarse.

El viejo generador, que siempre parecía estar al borde de la descomposición, lanzó un pequeño bajón de tensión.

Las luces titilaron, parpadeando en un segundo que se estiró como una eternidad, antes de estabilizarse nuevamente.

Mi mente retrocedió inmediatamente, recordando las precarias instalaciones del generador, esos dos viejos fusibles de alambre que siempre parecían estar al borde de explotar.

La noche había caído por completo, oscura y cerrada como una trampa.

Una idea me golpeó con la fuerza de la desesperación.

En el bolsillo de mi pantalón, el pequeño mosquetón metálico que sujetaba mi cantimplora parecía una minúscula clave, si lograba abrirlo ligeramente en los extremos podría intentar encajarlo en los dos agujeros de algún enchufe.

, provocando un cortocircuito que dejaría todo a oscuras.

El cigarrillo de Don Kala tenía apenas cuatro o cinco pitadas restantes; el tiempo se agotaba.

No había espacio para dudas, ni para titubeos. Era mi única carta.

Sin pensarlo, me puse de pie. Mi voz salió neutral, casi casual, como si todo estuviera bajo control, cuando en realidad, mi corazón latía a una velocidad frenética.

—Voy al baño.

Los cuatro me miraron al unísono. Por un instante creí que me iban a detener, pero entonces, un silencio pesado se instaló entre ellos, y tras un intercambio de miradas que pareció durar una eternidad, ninguno se opuso.

Supuse que me consideraban ya derrotado, sin fuerzas, sin astucia, alguien incapaz de maniobras peligrosas, además llevaba solo una cantimplora colgando.

Mis pasos eran lentos, mientras caminaba, mis ojos recorrían la escena con una atención casi obsesiva, absorbiendo cada detalle.

La pistola seguía sobre la mesa, cerca de la mano de Martín, quien, por su postura desafiante y arrogante, aún parecía el cabecilla del grupo.

Pero algo en su presencia no me inspiraba miedo.

No era ágil, ni parecía experto con las armas.

El verdadero peligro eran Fito y Don Kala, esos dos hombres cuya mirada era fría y cuyo temperamento era caliente.

Mi mente no dejaba de correr, hilando posibles escenarios mientras mis pasos seguían su curso.

Las llaves del camión, una posible pieza clave no estaban a la vista.

Escapar en el camión seria imposible, pero tomar las llaves y arrojarlas lejos evitaría que pudieran seguirme.

A pie era más rápido que cualquiera de ellos.

¿Estarían las llaves en el bolsillo de Martín? ¿O seguían puestas en el viejo camión?

Mis pasos fueron lentos, exageradamente pausados, no por inseguridad, sino para observar todo.

La puerta del baño estaba a escasos metros de la salida principal, que permanecía entreabierta.

Noté que había una silla de madera cerca de la puerta del baño, algo que podría complicar una persecución apresurada.

Miré más allá de la cerca. El camión, a unos 15 metros, apuntaba directamente hacia la cabaña.

Si lograba encender sus luces, podría cegarlos.

A unos metros más allá, dos gruesos árboles ofrecían la cobertura perfecta, oscura y sólida.

Una nueva idea tomó forma: todo debía ser rápido, directo y brutalmente preciso.

Entré al baño, y al cerrar la puerta con firmeza, el sonido resonó en el aire con un eco sordo.

Mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que me reventaría el pecho.

Saqué el mosquetón y mis manos temblorosas me traicionaron en el proceso.

El metal resbaló y cayó al suelo con un pequeño ruido que hizo que mi pulso se acelerara aún más.

Con la mente bloqueada en una espiral de pura urgencia, lo recogí de inmediato.

Mis dedos se aferraron a él con más fuerza, ajustando los extremos hasta que tuvieran el tamaño justo para encajar en el enchufe.

Enrollé una toalla alrededor de mi mano para aislarme, y coloqué cuidadosamente el mosquetón en la entrada de un enchufe cercano al suelo.

Cerré los ojos durante un instante, preparando tanto mi mente como mi vista para lo que vendría.

Con los ojos cerrados para que se acostumbraran a la oscuridad, todo lo que podía escuchar era el retumbar de mi propio pulso en mis oídos.

—Vamos —murmuré para mí mismo.

Sin dudar, con mi bota di un golpe preciso y decidido, forcé el mosquetón hacia adentro del enchufe.

El impacto fue brutal. Una explosión de chispas iluminó el baño en un destello cegador, un relámpago blanco que iluminó cada rincón por un parpadeo eterno.

Las luces se apagaron de inmediato, sumiendo todo en una oscuridad total.

El generador emitió un quejido agónico y luego se apagó con un último suspiro, dejando tras de sí un silencio absoluto.