El Perfil Adecuado Capitulo 15 Verdades
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Capitulo 15 Verdades

Retrocedí, sin rumbo, hasta que el azar me hizo topar con una silla. Me dejé caer en ella, sintiendo el peso de algo más que el cansancio.

Valeria bajó la mirada hacia su propia ropa, como si apenas entonces notara el detalle que me había detenido en seco. Luego, con una lentitud calculada, alzó los ojos hacia mí.

No había sorpresa en su rostro. No había miedo.

Me miró con la curiosidad distante de quien observa una pieza movida en el tablero por una mano ajena. Algo en esa calma me inquietó más que cualquier amenaza velada.

—Te advertimos que te fueras —dijo, sentándose frente a mí con la naturalidad de quien comenta un asunto trivial—. Y mira en el problema que estamos ahora.

—Podemos solucionarlo. Puedo tomar mi camioneta, regresar directamente a casa, y no vi ni sé nada.

—¿Seguro?

—Te doy mi palabra. —Y era verdad.

Valeria hizo una pausa, evaluándome con la mirada.

—Lo máximo que puedo hacer porque me caíste bien es no decirles a los muchachos que estuviste aquí. Pero creo que no tardan en volver

Lanzó una mirada fugaz hacia la ventana, un gesto breve pero suficiente para que su rostro se transformara.

Algo en su expresión, en el sutil acomodo de sus rasgos, reveló una quietud distinta, más cercana a la certeza de un cazador que ha cerrado el cerco.

No era acción lo que vi en sus ojos. Tampoco enojo.

Era la plácida indiferencia de quien ya no necesita fingir.

—Yo también estoy siendo bueno contigo —respondí, intentando equilibrar el control.

—¿Lo dices por el cuchillo en tu pantalón?

Levanté apenas las cejas, como quien despliega una última jugada en una partida ya perdida. Esbocé una sonrisa leve, casi irónica, no tanto para convencerla a ella como para persuadirme a mí mismo de que aún quedaba espacio para la duda.

—¿Sabes usar un cuchillo? —preguntó, recostándose en su silla con una confianza intimidante.

No respondí.

—¿Sabes de dónde vengo? ¿Sabes los lugares que he visto? ¿Sabes cómo sobreviven una niña y su madre solas en un barrio completamente marginal? ¿Sabes que puedo acabar con esto con solo un movimiento?

Me quedé en silencio, incapaz de articular una palabra.

—Estás temblando. ¿Un poco de té?

No supe si fue lástima o algún retorcido sentido de empatía porque en el fondo yo había intentado salvarla lo que la motivó, pero tras un instante de vacilación, se levantó en silencio.

Sin mirarme, sin siquiera concederme la cortesía de una expresión, sirvió una taza humeante de té y deslizó algo de comida hacia mi lado de la mesa.

El hambre y la resignación me hicieron aceptar el gesto sin pronunciar palabra.

—No somos tan malos. Hay un mercado y una necesidad.

Si nosotros no lo hacemos otros lo harían en nuestro lugar.

Tenemos algunos códigos: nada de menores, nada de mujeres con hijos pequeños, y se intenta no lastimarlas más de lo necesario.

Martín y Fito iniciaron esto desplazando a unos gitanos que hacían lo mismo, pero peor.

¿Y tú? ¿A qué te dedicas? ¿A venderle fármacos que no necesitan a gente que no puede pagarlos?

—¿Qué les va a pasar a esas chicas? —pregunté, sin rodeos.

—Ya están del otro lado de la frontera. Pasarán por un periodo de adaptación, luego una preparación, y después se las vende. Lo que ocurra después ya no es asunto nuestro. Pueden terminar trabajando en un cabaret o siendo VIP para algún jeque árabe. ¿Quién sabe?

—Supongo que hay mucho dinero de por medio —aventuré, mientras me pasaba por la cabeza la idea de ofrecerles dinero para que me dejaran ir.

—Muchísimo. Yo, por ejemplo, realmente soy geóloga, pero en este negocio gano mucho más trabajando mucho menos.

En ese momento, la certeza me golpeó con la fuerza de un relámpago: tenía que salir de allí ya.

Valeria, por peligrosa que fuera, no podría alcanzarme si actuaba con rapidez.

Era mi única oportunidad. Afuera, el sol se había hundido tras las montañas, dejando un resplandor agonizante en el horizonte.

La penumbra se espesaba con cada minuto, convirtiendo la cabaña en un nido de sombras alargadas.

Había comido lo justo para recobrar algo de fuerzas. No era suficiente, pero tenía que intentarlo. Mis ojos se deslizaron hacia la repisa junto a la puerta. Una linterna. En la oscuridad del bosque, podría marcar la diferencia entre escapar o tropezar y condenarme.

Mi plan era simple, casi rudimentario: empujar la silla hacia atrás con fuerza, agarrar un buen trozo de pan, levantarme de un salto y correr. Tomaría la linterna en el camino y me lanzaría a la noche antes de que Valeria pudiera reaccionar.

Pero fue ella quien tomo la iniciativa, se levantó, encendió y apagó las luces de la cocina dos veces. No pasaron más de unos segundos antes de que escucháramos el sonido del camión acercándose desde la distancia.

En cuestión de minutos, el resto del grupo llego en el camión y entraron a la cabaña como si nada, con la parsimonia de quien sabe que el tiempo le pertenece.

Martín, con aire autoritario, se sentó en la punta de la mesa y dejó sobre ella algunas pertenencias: cigarrillos, una cantimplora y una pistola 9mm.

Don Kala se sentó a la mesa, se llevó una mano a la cabeza, apoyó un brazo en su rodilla y reflexionó en voz alta:

—Era un trabajo fácil y limpio. Estaba todo planeado, y ahora esto se complica. Ya debería estar en mi casa viendo algún partido...

Fito, que permaneció siempre de pie, con un tono firme y de reproche, se dirigió a Don Kala:

—Era fácil, viejo. El primer dia le decías que todo había sido un malentendido, que no había lugar para él en el grupo, y listo. Mira la situación en la que estamos ahora.

No quedaban dudas: Fito era el líder.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Valeria.

—Sin cabos sueltos —respondió Martín con frialdad—. Los jefes siempre piden sin cabos sueltos.

Sabía lo que eso significaba, sabía que debía intentar algo. Escapar o usar la violencia no eran opciones viables; sólo me quedaba hablar.

—Déjenme ir. Me subo a mi camioneta, me voy, y nunca más saben de mí ni yo de ustedes. Es así de simple.

Fito interrumpió, escupiendo las palabras:

—Hay que darle de baja.

—No compliquemos más las cosas — Insistí, procurando que mi voz no delatara la agonía que se expandía en mi interior como una grieta. —. Me voy, no digo nada a nadie, y aquí termina todo.

Martín se quedó pensativo. Valeria, como intentando influir en su decisión, se inclinó hacia él y le dio un beso. Todo se develaba: eran pareja. Un dato que, pensé, quizás podría usar a mi favor.

Martín finalmente habló con franqueza:

—El problema no somos nosotros. El problema es que tenemos gente más arriba, y esa gente no quiere cabos sueltos.

Ya tuvimos problemas en la última operación, y en esta ocacion prometimos 3 mujeres jovenes y atractivas.

Pero en lugar de eso temenos un testigo potencialmente peligroso.

No quiero exagerar, pero serias tu o yo. El líder no era Fito, el líder era él.

Sabía que debía seguir intentando.

—Siempre se puede llegar a un arreglo —dije, con un esfuerzo por mantener la voz firme mientras la desesperación me invadía.

Pero Martín no respondió. El silencio se posó sobre la cabaña con la gravedad de una losa antigua, como si todo el espacio se hubiera detenido en su propia quietud.

Los miembros del grupo intercambiaron miradas que contenían un sufrimiento callado, una mezcla de pesar y resignación reflejada en sus rostros.

Cada bocanada que intentaba tomar era un esfuerzo vano, un grito ahogado en la penumbra de mi mente.

Mi pecho se contrajo con una fuerza desconocida, mientras el sudor frío se pegaba a mi piel, volviéndola ajena, distante.

Y, sin embargo, mi cuerpo permanecía inmóvil, rígido, anclado a la silla pero sin tocar el respaldo.

Floté en una nube de incredulidad, como si mi mente se separara de mi cuerpo, alejándose de la escena, negándose a aceptar lo que estaba ocurriendo.

Mis piernas, entumecidas, ya no sentían el peso de la gravedad, y mis manos, inertes, parecían pertenecerle a otro.

La incredulidad se apoderó de mí, de tal forma que no podía comprender que aquello era el principio de algo inevitable

Desesperado, intenté un último recurso:

—Mujeres. Ustedes se dedican a eso, ¿no? Yo puedo conseguirles mujeres. Tengo amigas, compañeras de trabajo, del gimnasio… les consigo un par y saldamos esto.

—No funciona así —respondió Martín, tajante—. Vamos a tener que darle una rápida solución.

Fito, el más impaciente de todos, volvió a quejarse en voz alta: —El último trabajo se nos complicó mucho, y este lo planeamos al milímetro. No entiendo cómo caemos en estos errores.

Su comentario, fugaz y casi inadvertido, me ofreció una pequeña rendija en la opaca muralla del destino.

Intentar sembrar discordia entre ellos, era arriesgado, pero sentí que no quedaba más opción que intentar lo imposible.

—Fue por la avaricia de Don Kala —dije con calma, observando las reacciones.

Fito giró la cabeza rápidamente hacia mí, exaltado, esperando una explicación. —¿Cómo es eso?

—Vio la oportunidad de quedarse con el dinero de mi participación —respondí, pausando para que las palabras calaran—.

Cuando llegué, en lugar de rechazarme como debía haber hecho, aceptó mi dinero y se lo guardó rápidamente, sin que ustedes lo notaran.

Ganancia extra. Supuso que yo me iría después del primer día.

Mientras hablaba, observé cómo el rostro de Fito se iba tornando de un rojo furioso.

Su mandíbula se apretaba, las venas de sus manos se marcaban, y en sus ojos surgió ese destello de furia incontrolable.

Valeria y Fito se miraron entre ellos, compartiendo una mezcla de duda y enfado.

Don Kala, sin embargo, permaneció en absoluto silencio.

Inmóvil, como una roca en medio de un mar de tormentas, con la mirada fija en el suelo, como si estuviera sopesando cada palabra, cada movimiento.