El Perfil Adecuado Capitulo 14 Solo #3
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Capitulo 14 Solo #3

Cuando finalmente llegué a la bifurcación en el camino, el miedo me atenazó el pecho. Era un punto crítico, el lugar exacto donde cualquiera que quisiera atraparme sabría que debía pasar. Un sitio donde el terreno me obligaba a exponerme.

Me guarecí tras la espesura, con los ojos fijos en el sendero.

Todo parecía desierto, inmutable, pero la quietud misma era una falsificación del sosiego.

Una pausa deliberada, calculada. Pensé en la emboscada perfecta: un cazador inmóvil, el caño de un rifle asomando apenas entre las sombras, una respiración contenida, un dedo suspendido sobre el gatillo.

Tragué saliva, pero no tome agua, mi boca estaba seca.

Flexioné la pierna herida con cuidado. No podría correr mucho, pero tal vez lo suficiente.

A unos veinte metros, un grupo de árboles ofrecía cobertura.

Era arriesgado, pero no tenía opción. Me compelí a una inhalación profunda, un intento fútil de domeñar el pánico, de imponerle orden a un cuerpo que ya no me obedecía del todo.

Luego, sin pensarlo más, me lancé al camino.

Mi corazón golpeaba con furia dentro del pecho. Me moví agachado, cada paso era una sentencia, el aire parecía pesar toneladas sobre mí. Sentí que el tiempo se ralentizaba, que los árboles distantes se alejaban con cada zancada torpe y dolorosa. Y entonces…

El disparo desgarró el aire, seco y certero, como un latigazo del destino.

No pensé, no dudé: simplemente corrí. No importaba la dirección, no importaban el dolor ni el agotamiento.

Solo había un instinto primario rugiendo dentro de mí, un grito de supervivencia que acallaba cualquier otra sensación.

Me adentre en el bosque, que se convirtió en un borrón de sombras y ramas.

Sentía el latido de mi corazón en las sienes, una percusión frenética que marcaba el ritmo de mi huida.

Entonces, la traición: una raíz oculta atrapó mi pie y la gravedad me arrastró sin piedad.

Caí con fuerza, rodé sobre el suelo húmedo y quedé tendido, aturdido, con la respiración entrecortada.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, si fueron minutos o una eternidad fragmentada.

Solo conservo la certeza del sol filtrándose entre las copas de los árboles, proyectando geometrías inciertas sobre mi rostro, como si el día insistiera en recordarme que aún pertenecía al reino de los vivos.

No había opción, tenía que continuar.

Retome mi marcha silenciosa y constante, las horas pasaron con pena. Fue solo cuando una intuición, esa voz interna que a menudo pasa desapercibida, me ordenó alzar la mirada, que la vi: la colina que dominaba el valle, la que habia subido el primer dia, la que anunciaba la cercanía de la cabaña.

Sopesé el esfuerzo que implicaría la escalada frente a la recompensa de contemplar, desde la altura, la cabaña, el valle, y con algo de suerte, el camión.

La promesa de aquella información inclinó la balanza.

El ascenso fue arduo, pero al llegar a la cima, me concedí un instante para respirar y observar.

Abajo, el viejo Unimog permanecía inmóvil cerca de la parrilla.

Aunque no había señales de vida, desde la chimenea de la cabaña emergía un hilo de humo que ascendía perezoso al cielo.

El hambre me oprimía el estómago como un puño cerrado, pero avanzar sin precaución podía ser un error fatal. Sabía que acercarme al predio era una apuesta peligrosa. Me mantuve oculto entre la maleza, debatiéndome entre la necesidad y la prudencia.

Entonces, como si el destino decidiera por mí, vi movimientos.

Fito y Martín aparecieron en la entrada de la cabaña, sus pasos eran seguros, marcando el ritmo de aquellos que no temen al futuro, llevaban armas largas descansando con naturalidad sobre sus hombros, como si fuesen parte inherente de su ser.

En un movimiento marcado por la certeza de lo inevitable, subieron a los estribos del viejo camión, que arrancó sin vacilar, avanzando en la misma dirección que había marcado el caos: hacia la cordillera, levantando una nube de polvo que quedó suspendida en el aire como una memoria inquebrantable.

No había duda alguna. Salvo que nuevos actores hubieran entrado en escena, Don Kala debía estar al volante.

Esperé. Observé el camión hasta que se convirtió en un vestigio de movimiento en la lejanía, hasta que solo quedó de él el murmullo persistente de su motor en el aire.

Entonces, con cautela, descendí. Me aproxime a la cabaña por un ángulo ciego a su interior, pegado a las sombras, luego adherido a la geometría de la cabaña, evitando las ventanas por si había ojos vigilantes.

Me detuve junto a la pared y agudicé el oído.

Nada. Solo el murmullo del viento en los árboles y el canto lejano de los pájaros.

Contuve la respiración y me asomé al interior. Nadie. Al menos en el piso inferior.

Ingresé con meticulosa cautela. Observé. La hoguera crepitaba con una parsimonia casi desafiante, sobre la mesa, algo de comida dispuesta sin urgencia, dos botellas de vino que insinuaban una conversación interrumpida.

Ascendí por la escalera con la precisión de un ladrón de reliquias, pisando cada peldaño como si la casa misma fuese un adversario que podía delatarme. A mitad de camino, asomé apenas la cabeza. El piso superior se desplegó ante mí con la misma expectante indiferencia: nadie.

Entonces la vi. Mi mochila, la promesa de ropa limpia y seca, un minúsculo rescate de civilización en medio de la intemperie. Estaba por subir a tomarla cuando…

—¡Lucas!

El susurro apremiante se deslizó por la estancia como un filo inesperado. Me volví de inmediato hacia el umbral y allí estaba ella. Valeria.

Sola.

La alegría me atravesó con la intensidad de lo irreal. Estaba viva, estaba libre, estaba conmigo. Toda precaución quedó abolida; descendí la escalera de un salto y la abracé con la urgencia de quien recupera lo irrecuperable. Por un instante, el mundo entero se redujo a la certeza de su presencia.

Luego, el instinto se impuso. Me separé, la observé, asegurándome de que estuviera ilesa. Y entonces lo vi.

Su ropa.

Los pantalones y las botas impecablemente secas, inalteradas por el lodo o la humedad. Pero nadie podía haber cruzado el arroyo sin mojarse.

La única manera era en camión.