Capitulo 14 Solo #2
—No voy a poder —dijo con voz quebrada.
La observé con una intensidad que roza la desesperación, intentando hallar en su mirada alguna chispa de la resolución que había vislumbrado en él momentos antes, pero lo único que encontré fue la fragilidad de una niña asustada.
Ella no podía cruzar el rio, yo no podía cargarla conmigo, las opciones se estrechaban.
Acepté, con una resignación que no era del todo mía, sino impuesta por las circunstancias, que debíamos separarnos.
Comprendí, en un destello de lucidez amarga, que no había otro camino: ella debía volver y yo continuar.
Pero ahí, en un instante y con el agua hasta las rodillas, pensé en una posibilidad me golpeó con la fuerza de una revelación tardía: tanto los secuestradores como Fito, Martín y Don Kala podían regresar al campamento.
—Tranquila. Vuelve al campamento, toma algo de comida y escóndete en algún recoveco de la montaña. Yo volveré con ayuda
Asintió lentamente, como si en ese gesto pesara el destino entero, dio un paso atrás, luego otro, y su figura comenzó a desdibujarse.
Yo, en cambio, avancé. El agua me rodeó con una frialdad que parecía advertirme, y la corriente, con furia ciega, se aferró a mis piernas, buscando arrancarme del equilibrio.
Cada paso era una batalla contra el río y contra mi propio agotamiento, pero algo en mí se negó a ceder.
Fue entonces cuando la calma se quebró con brutalidad, como si todo en el mundo se hubiera detenido solo para dar paso a ese estruendoso sonido.
Un disparo. La detonación pareció desgarrar el aire mismo, y en ese momento el mundo se redujo a su eco implacable y por un segundo, el agua pareció congelarse a mi alrededor.
Me quedé inmóvil, atrapado en ese instante que se estiraba más allá del tiempo.
El sonido del primer disparo se impregnó en mis oídos como una marca indeleble, pero no fue hasta el segundo estruendo, tan cercano que el aire mismo parecía temblar a su paso, que la realidad me golpeó con una crudeza insoportable.
Instintivamente, me sumergí en el agua helada. Con la mochila sobre mi cabeza como un improvisado escudo, luché con todas mis fuerzas intentando avanzar bajo el agua para evitar ser un blanco fácil. Otro disparo resonó, y aunque el sonido se distorsionaba bajo el agua, la amenaza era inconfundible.
Apenas emergía para tomar aire mientras la corriente me arrastraba río abajo.
Necesitaba despistar a quienquiera que estuviera disparando, tenía que desaparecer, fundirme con el agua, escapar.
Un plan, desesperado pero posible, se formó en mi mente como una última carta.
Sacrificar la mochila. Si lograba flotar, si la corriente la llevaba y si la abandonaba a su suerte entre las aguas turbulentas, quizá mis agresores la tomarían por mí.
Con cuidado, empujé la mochila en una dirección, intentando que llamara la atención y luego, me sumergí lo más profundo que pude para nadar hacia el lado opuesto, luchando contra la corriente y el frío.
Cuando sentí que estaba lo suficientemente lejos y los disparos cesaron, me arrastré hacia la orilla opuesta, jadeando, cubierto de barro y con el cuerpo temblando de frío. Sin incorporarme del todo, me adentré en el bosque.
La desesperación se instaló en mí de una manera que jamás había experimentado.
Sentí cómo mi corazón martillaba con furia en mi pecho, una punzada aguda atravesó mi cabeza, y un hormigueo extraño se extendió desde mis manos hasta mis pies.
El entorno a mi alrededor se redujo a una línea estrecha, un túnel angosto a través del cual solo veía la próxima rama que debía evitar, el siguiente paso que tenía que dar.
Mis sentidos, embotados por la presión, solo percibían la amenaza.
El miedo se convertía en instinto, y el instinto se convertía en supervivencia.
Me interné unos 200 metros en el bosque, lejos de la orilla, con pasos temblorosos hasta que encontré una depresión en el terreno, un refugio improvisado formado por las raíces desnudas de un árbol caído.
Me desplome allí, como un animal herido, con mi cuerpo colapsando en la tierra blanda, buscando en el amparo de aquel refugio efímero una especie de cobertura que me diera algo de tregua.
Me oculté, inmóvil, sosteniendo la respiración, como si el mundo fuera a percatarse de mi presencia si me atrevía a mover un musculo.
No se cuanto tiempo transcurrió sin que pudiera pensar con claridad por el caos de lo vivido aún retumbando en mi interior como un eco persistente, ahogando mi capacidad de razonar.
Estaba atrapado en la neblina del miedo, y aunque me esforzaba por organizar mis pensamientos, la sensación de estar completamente solo, a merced de unos asesinos, no me dejaba espacio para nada más.
De repente, mi mente se aferró a una posibilidad.
Recordé el teléfono. Con dedos temblorosos, casi como si el aparato fuera un objeto sagrado, lo saqué de su escondite.
Con incredulidad, lo observé por un segundo antes de comprobar, con una mezcla de ansiedad y esperanza, que milagrosamente seguía seco, aunque por supuesto, sin señal.
Luego, mi mente volvió a Valeria. No tenía manera de saber qué había sido de ella, pero me aferré a la idea de que había logrado llegar al campamento, tomar algo de comida y esconderse.
Era todo lo que podía hacer para no hundirme más en la desesperanza.
A la distancia, el motor del camión rugió al encenderse.
Afiné el oído, tratando de desentrañar cada cambio en el sonido, y lentamente noté que el rugido se desvanecía, alejándose.
El peligro inminente había desaparecido y fue entonces, cuando me permití bajar la guardia y sentir, que el frío me reclamó como suyo.
No era el frío común, el que se combate con abrigo o voluntad.
Era algo más profundo, más implacable. Un enemigo que se infiltraba en la carne, que se adhería a la piel.
La ropa empapada se convirtió en una prisión helada, cada fibra apretándose contra mi cuerpo con una crueldad inusitada, como si cada fibra de la tela estuviera diseñada para recordarme mi vulnerabilidad.
Las manos, rígidas y entumecidas, temblaban sin cesar, y mis piernas no respondían con agilidad; cada movimiento era un desafío.
Cada respiración se convirtió en un esfuerzo titánico.
Con gestos torpes, casi desesperados, me despojé de la ropa empapada y la estrujé con la poca fuerza que aún me quedaba, tratando de evitar que el frío me paralizara por completo.
Esperé al menos media hora hasta que finalmente, y con un valor que no sabía de dónde provenía, asomé la cabeza.
El mundo seguía allí, indiferente y mudo.
Al abandonar mi refugio, una sensación indefinible se apoderó de mí, una mezcla de incredulidad y un instinto primitivo de negación.
La mente, con su torpe afán de protegerse, intentaba reducir lo ocurrido a una absurda ficción, como si al rechazar la realidad pudiera disolverla.
No podía creer lo que acababa de suceder, lo que acababa de vivir.
La idea de que alguien, un ser humano, hubiera intentado darme muerte me resultaba, en ese instante, una idea inconcebible.
No por horror ni por miedo, sino porque mi conciencia se resistía a aceptarlo.
Me descubrí preguntándome si todo aquello era real, si no estaría atrapado en una pesadilla de la que aún no había logrado despertar.
La sensación de desamparo se me anudó en la garganta, y sentí el suelo temblar bajo mis pies, no por un movimiento físico, sino por la desorientación que me ataba.
Revisé lo poco que aún llevaba conmigo, como si al hacerlo pudiera reafirmar que aún tenía algo de control: el teléfono, una cantimplora, un cuchillo en el cinturón, mis documentos y las llaves de la camioneta en el bolsillo con cierre de mis pantalones.
Era poco, pero era algo. A pesar del miedo paralizante que sentía, decidí seguir avanzando, me moví con cautela, ocultándome entre la vegetación, siempre a la distancia prudente del camino, me volví sombra entre sombras, un espectro sin nombre en la penumbra del monte.
Cada paso era una disputa entre el cuerpo y la voluntad, entre la fatiga y la urgencia.
El frío, con su filo inexorable, se infiltraba en mis huesos como una antigua condena, mientras la herida en mi pierna ardía con una pulsación cruel, un recordatorio de mi fragilidad.
No obstante, detenerme equivalía a rendirme, y rendirse era abdicar de toda posibilidad de futuro.
Avancé, torpe y obstinado, no por la fuerza de mis músculos, sino por una tenaz desesperación.
De vez en cuando me detenía, conteniendo la respiración, atento al más mínimo sonido. El rugido lejano del río, el crujido ocasional de una rama por el viento, pero nada más. Ni el motor del camión, ni voces humanas, ni pasos apresurados siguiéndome. Sin embargo, el silencio era, tal vez, peor.
Entonces ocurrió. Al principio, fue apenas un murmullo lejano, un ronroneo de motor que se insinuaba en la distancia, pero pronto creció hasta convertirse en una amenaza tangible.
No esperé. Con la urgencia de un animal acosado, me adentré más en la espesura, buscando la sombra propicia, el refugio adecuado.
Me sumergí en el silencio del follaje y aguardé.
Solo cuando el estruendo del camión comenzó a desvanecerse, cuando el bosque volvió a ser dueño de su propio murmullo, me permití retomar la marcha.
Sucedió de nuevo. Una, dos, quizá tres veces.
El mismo ritual, la misma mecánica implacable.
El motor rugía, se aproximaba, devoraba el camino con su estrépito, y yo, cada vez, repetía mi fuga.