Capitulo 14 Solo
Un estruendo rasgó la quietud. El motor del camión.
Desperté de un salto, atrapado en esa frontera turbia entre el letargo y la alerta.
Afuera, el rugido del motor se hacía cada vez más fuerte.
Intenté salir de la carpa, pero el alambre con el que había asegurado los cierres —mi propia trampa de paranoia— se enredó en el metal.
Forcejeé con dedos torpes, maldiciendo mi exceso de celo.
Por un instante, un atisbo de alivio cruzó mi mente: ¿sería posible que finalmente habían arreglado el camión y estuviéramos saliendo de ahí?
¿Que por fin estábamos partiendo hacia la cabaña, hacia la seguridad, hacia la posibilidad de pedir ayuda?
Sin embargo, al asomar la cabeza y con la dificultad de la noche, vi que el camión arrancaba a toda velocidad en dirección a la cabaña.
Me calcé a trompicones, con mis manos temblando de pura adrenalina.
Cada segundo contaba. Salí de la carpa gateando a tientas, y cuando me incorporé mi pierna herida protestó con un latigazo de dolor y casi me hizo caer.
No me detuve. Vi a Valeria salir de su carpa, una sombra desdibujada y vulnerable bajo la luz cenicienta.
Nos habían dejado solos. La noche se desplegó ante nosotros como un vasto vacío, denso y silencioso, casi intocable.
Sin una palabra, nuestros ojos se encontraron, y en ese instante la distancia entre los cuerpos desapareció, disolviéndose en un abrazo que no necesitaba justificación.
Nos sentamos, casi por instinto, a la mesa, mientras la fogata, sin prisa ni propósito, se desvanecía lentamente.
Su fulgor moría en silencio, reduciéndose a un lecho de brasas que palidecían sin que hiciéramos el esfuerzo de avivarlas.
Quizás, pensé, en esa quietud, en esa renuncia al movimiento, se ocultaba el único modo de comprender la magnitud de lo que había sucedido.
Mientras mi mente giraba en torno a esas ideas, mis ojos se posaron en Valeria.
Era una estatua de carne y sombras, inmóvil ante la mesa, su rostro iluminado apenas por el resplandor moribundo de las brasas.
No sabía si intentaba reconstruir, como yo, el intrincado mosaico de lo ocurrido, o si simplemente había aceptado la fatalidad sin buscarle forma ni sentido.
Algo me parecía tranquilizador, si realmente hubieran querido matarme, ya lo habrían hecho.
Tal vez la violencia no era su método. Tal vez no eran asesinos, sino solo estafadores, traficantes, secuestradores que operaban en los márgenes del crimen pero sin cruzar la última frontera.
Tal vez nunca habían tenido que enfrentarse a una situación descontrolada como esta.
Un testigo inesperado y un objetivo que no habían podido capturar.
Simplemente no sabían cómo actuar o salir del problema.
El horizonte comenzaba a teñirse de un gris indefinido que presagiaba el amanecer, pero no la claridad.
Era un preludio, una promesa rota de luz que se desvanecía antes de alcanzarnos.
Con la llegada del día, se desplegaba ante nosotros la decisión ineludible: seguir adelante o quedar varados en nuestra incertidumbre.
Respiré hondo y decidí romper el silencio, como quien atraviesa un umbral sin retorno:
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Valeria no respondió de inmediato. Parecía encerrada en sí misma, con la mirada aún clavada en las brasas moribundas. Por un instante, dudé de si me había escuchado. Pero entonces, con la misma lentitud con la que la tierra despierta tras una helada, sus labios se movieron:
—Me salvaste, ¿no? Me iban a llevar.
No hubo tiempo para explicarle que estaba errada, tras todo, yo no había hecho más que estar allí, presente. La sensación que ocupó por completo mi mente fue alivio al saber que ella entendia completamente la situación. Volvi a preguntar
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—Vamos a ir hacia la cabaña, luego bordearla y seguir hacia el galpón y luego hacia las autoridades.
Su tono, inquebrantable y firme, no dejaba espacio para dudas.
No era una sugerencia, ni una propuesta, era una afirmación, una promesa cargada de una certeza inexplicable.
A pesar de que las circunstancias parecían alinearse en nuestra contra, algo en sus palabras, una chispa diminuta pero indomable de determinación, se transmitió como un eco dentro de mí.
Quizá no teníamos la más mínima idea de qué haríamos al llegar, ni mucho menos cómo íbamos a sortear a Fito, Don Kala y Martín si nos encontraban, pero lo que era indiscutible era que no nos quedaría más opción que avanzar.
No íbamos a quedarnos allí, presos de la espera, ahogados en la parálisis de la incertidumbre.
Me levanté con esfuerzo, con el peso de la fatiga aplastando mis músculos, pero encontré en mi interior la resolución necesaria para seguir adelante.
Miré a Valeria, quien se incorporó lentamente, como si la misma carga de incertidumbre la arrastrara.
En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y, sin que un solo sonido escapara de nuestros labios, nos comprendimos.
Tal vez éramos un dúo improbable, dos almas atrapadas en una situación que ninguno de los dos había elegido, pero lo único claro, lo único irremediablemente cierto, era que solo teníamos una opción: avanzar, juntos.
Comimos en silencio, con la conciencia de que cada bocado sería necesario para lo que nos esperaba.
No sabíamos cuánto nos exigiría el camino, pero sabíamos que lo haría.
Llenamos las cantimploras hasta el borde.
Empacamos con precisión: solo lo indispensable, solo lo que tuviera sentido.
Cada gramo de peso contaba. Apagamos la fogata con el mismo cuidado con el que un fugitivo borra sus huellas.
No dejamos brasas. Con eso, emprendimos el camino hacia la cabaña.
El sendero era dócil, pero mi cuerpo no. La herida de mi pierna izquierda se había convertido en un fuego sordo que dictaba mi ritmo. Pero el río no estaba lejos y significaba más que agua. Significaba una pequeña meta, poder limpiar la herida, lavar el miedo y trazar un nuevo rumbo.
Mientras avanzábamos, me di cuenta de que Valeria iba aún más lento de lo que había anticipado. Su ímpetu inicial, esa chispa de determinación que había encendido sus palabras, había desaparecido, devorado por un cansancio insidioso que se tragaba sus fuerzas.
Continuando el camino, una sensación persistente me acechaba como una sombra que se niega a ceder, una certeza incompleta: Existía la remota posibilidad de que alguno de ellos tres también fuera inocente.
Analice rápidamente a cada uno. Había escuchado, casi con la misma claridad con la que escuchamos nuestros propios pensamientos, a Don Kala decirles a los secuestradores: "Saben que no uso teléfono.
" Pero en medio de aquella tensión desgarradora, la precisión de ese recuerdo se desdibujaba, como un lienzo que se borra con el roce de un dedo.
Martín, por su parte, tenia fotos de Valeria en su teléfono y Fito había mostrado tantas actitudes sospechosas que era imposible enumerarlas.
Continuamos caminando sin decirnos nada.
La tensión colgaba sobre nosotros como una niebla espesa, un presagio.
Caminábamos con la cautela de quien sabe que en cualquier rincón podría acecharnos el peligro.
Cada crujido, cada susurro del viento en los árboles, nos ponía a la defensiva.
Cuando llegamos al río, una extraña sensación de alerta se apoderó de mí.
El río, como una línea invisible, marcaba un punto crítico, un paso obligado que no se podía evadir.
Si yo estuviera cazando a alguien, si fuera el cazador, sin duda esperaría allí.
—Es mejor desviarnos del camino —le sugerí con la voz grave, cargada de un presagio que apenas comprendía. —Busquemos otro lugar para cruzar.
Élla asintió con un leve movimiento de cabeza, una aceptación callada pero firme.
Y así, nos dividimos, cada uno tomando un rumbo distinto a ambos lados del río.
El silencio se hizo denso, un silencio que no se veía perturbado por nada más que el susurro del agua y el crujir de nuestras botas sobre la tierra seca.
Avance unos cincuenta metros en mi dirección en busca de un paso más seguro, de un vestigio de esperanza en ese cauce inmutable.
El problema se me reveló con una claridad cruel: el río no concedía treguas.
El camino, trazado no por la voluntad divina sino por la necesidad humana, cruzaba el río en su punto más dócil, donde su cauce se volvía más bajo.
Mi mente, rebelde ante la tiranía de la lógica, se negó a aceptar aquella conclusión.
Sin embargo, el destino dispuso que nos volviéramos a encontrar en el mismo lugar en el que habíamos partido.
—De este lado es imposible cruzar —Nos dijimos casi al unisono.
No estaba completamente convencido, pero sabía que su juicio era certero. Lo acepté, no por voluntad, sino por esa resignación que uno aprende cuando los caminos se cierran a su alrededor.
Preparamos nuestras mochilas con meticulosa precisión, colocándolas sobre nuestras cabezas para mantenerlas secas y aseguré mi teléfono en un bolsillo estanco de mi chaqueta, a la altura del pecho.
El primer paso en el agua no presentó mayor dificultad, gracias a los botines impermeables que ofrecían un poco de resistencia.
Sin embargo, a medida que avanzaba, cada paso se transformaba en una lucha constante.
La corriente era más poderosa y traicionera de lo que había anticipado, una fuerza invisible que parecía dispuesta a arrastrarme hacia el abismo.
Con cada movimiento, sentía el peso de mi cuerpo luchar contra la naturaleza misma.
Entonces me giré lentamente, encontrando a Valeria detrás de mí todavía en la orilla.
Su rostro, usualmente endurecido por la rudeza de la vida, ahora mostraba una expresión de vulnerabilidad desgarradora. Estaba totalmente pálida.