Capitulo 13 Inesperados #3
Llegué a un punto donde la montaña me desafiaba abiertamente: un abismo entre dos rocas separadas por un metro, un vacío que parecía mofarse de mí.
El salto, en su esencia, no era insuperable, pero la tierra suelta que recubría la roca de destino sembraba dudas.
Mi respiración se aceleró. Retrocedí unos pasos, con mis ojos clavados en el objetivo y mi cuerpo pidiendo descanso.
Tomé aire, me concentré, y salté. La gravedad me abrazó con una violencia que no esperaba.
Logré cruzar, sí, pero el pie derecho me traicionó al aterrizar.
Resbalé, sentí cómo mi cuerpo caía en una espiral de desesperación, y el golpe contra la roca me envió a un costado con la brutalidad de una tormenta.
La fortuna me había enviado hacia el lado donde estaba la pared de roca.
El dolor me paralizó por un instante, pero la necesidad de seguir adelante pudo más que el grito ahogado que intentó escapar de mi garganta.
Me incorporé con esfuerzo, apoyándome en una roca cercana, con el cuerpo tembloroso como si la tierra misma lo hubiera marcado, pero con mi voluntad intacta.
Continué. Cada paso que daba se convertía en una lucha titánica, como si la montaña, ese ser inmenso e indiferente, se empeñara en quebrarme, en someterme a su dominio silencioso.
El tiempo se estiraba como un interminable padecimiento.
A paso muy lento, tanto que me exasperaba, finalmente alcancé la cima.
Estaba exhausto, casi vacío, y el panorama que se abrió ante mí no ofrecía consuelo.
El otro lado de la montaña se desplegaba ante mí como un territorio impenetrable, una sucesión de rocas y pendientes que, en su desolada magnitud, logró intimidarme.
La realidad me golpeó de nuevo con su crudeza.
Saqué el teléfono con algo de esperanza pero, como temía, el dispositivo permaneció mudo, vacío de señal, como un objeto inútil que condenaba mis esfuerzos.
En ese instante supe que, toda la fatiga, todo el esfuerzo, todo lo que había significado ese ascenso había sido en vano.
Me desplomé en el borde del precipicio, mis ojos vacíos, fijos en el paisaje que se desplegaba ante mí como una interminable alfombra de indiferencia.
Bebí un sorbo de agua, pero la sensación de sequedad y de insomnio interno no desapareció; la angustia seguía, más densa, más aferrada a mis entrañas.
Estaba solo, perdido en el corazón de la cordillera, donde los ecos de la civilización parecían tan lejanos como sueños desvanecidos.
Dos mujeres secuestradas, una a punto de serlo y yo sin ser de ayuda, atrapado entre un grupo de delincuentes.
No tenía señal, ni refugio, ni la menor esperanza de encontrar aliados.
—¡Hay señal! —gritó Valeria desde abajo, su voz atravesando el aire.
—No —respondí, con una voz quebrada, apagada, como si las palabras salieran de un pozo sin fondo, mientras me preparaba para comenzar el agotador descenso.
Mi mente seguía girando en espirales de duda mientras, con un esfuerzo titánico, continuaba descendiendo.
Cuando finalmente llegué al final del cañadón, exhausto, mi cuerpo parecía un peso muerto.
Y fue entonces cuando lo vi. Martín. Estaba allí, como una presencia que surgía de la neblina de mis pensamientos, como si me hubiera estado esperando, dispuesto a hablar en privado, alejado de los demás.
—Hola, Martín. No hay señal —le solté sin preámbulos, con un tono cortante
—Sí, se escuchó perfectamente cuando le gritaste a Valeria desde la cima —respondió él, su voz estaba impregnada de una calma inquietante, como si estuviera esperando alguna reacción o reclamo de mí.
Pero a esas alturas mis pensamientos eran un enjambre de alertas rojas, y el miedo había cubierto mi juicio.
Pasé junto a él sin detenerme, pero de pronto, su mano se posó en mi hombro, un gesto que me hizo tensarme de inmediato.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, y su voz, aunque apenas un susurro, poseía la intensidad de quien no formula una pregunta, sino una acusación velada
No respondí. ¿Qué podía decir cuando todo a mi alrededor era un mar de sospechas? Sin embargo, él insistió.
—Dime que piensas
Me encogí de hombros, un gesto automático. Aunque era evidente que no deseaba más conversación, Martín, con imperturbable insistencia, continuó.
—Ya no confío en esta gente
—No lo sé —respondí con indiferencia, mi tono tan vacío como mi voluntad de seguir interactuando. Estaba agotado de palabras, de todo.
Martín no parecía satisfecho con mi respuesta, y persistió, como si intentara arrancar algo más.
—Hay cosas raras... Don Kala, sobre todo. Tiene una actitud muy extraña.
El silencio entre nosotros se tornó denso, casi tangible, como una niebla que se adueñaba del espacio.
Martín. con su mirada fija, parecía estar evaluando mi postura, intentando quizás deslizar a Don Kala al centro de las sospechas, pero lo que él no sabía era que yo había visto las fotos de Valeria en su teléfono.
En mi mente, esa imagen había quedado grabada con una precisión inquietante, y en la lista de posibles involucrados, Martín no se encontraba demasiado lejos de ocupar el primer puesto.
Regresamos al grupo a ritmo lento, cada paso me recordaba el golpe en la cadera, el escozor de la piel herida, la punzada insistente en la pierna izquierda: todo era un recordatorio físico de lo que había ocurrido.
Pero al llegar, la escena ante mí desmentía cualquier indicio de tragedia.
El grupo estaba demasiado sereno, demasiado acomodado para haber atravesado el horror de un secuestro apenas una hora atrás.
Sentados alrededor de la mesa, comían con la despreocupación de quien acaba de completar una jornada cualquiera.
Tres carpas medianas, erguidas con una pulcritud casi militar, se alineaban junto a una fogata crepitante, iluminando el sitio designado para el campamento.
Todo esto no era normal. Sin decir una palabra, me serví una taza de café y me senté a comer algo.
—¿Van a pasar la noche aquí? —pregunté al fin, en un tono neutro, casi ajeno, dejando en claro que no me incluía en ese “ustedes” implícito.
Don Kala respondió:
—Terminaremos de reparar la bomba inyectora casi al anochecer. El camión no tiene buenas luces y solo contamos con una oportunidad. Lo mejor es quedarnos aquí y partir mañana temprano hacia la cabaña y luego al galpón para llamar a las autoridades.
—Yo voy a reponer energías y seguir a pie para dar aviso —Informé.
—El camino es peligroso de noche. El arroyo es difícil de cruzar y el agua está helada. Además, podría haber pumas merodeando. Lo mejor es descansar y salir al amanecer. Cuatro o cinco horas no marcarán la diferencia.
Aunque no estaba de acuerdo, no podía negar que sus razones tenían algo de lógica.
El hambre, hasta entonces eclipsada por la urgencia del momento, se había revelado de golpe, aunque más como una necesidad fisiológica que como un verdadero deseo.
Me entregué al silencio mientras comía, recogiendo los restos dispersos del desayuno y nada mencioné sobre la caída, ni sobre el dolor que, con cada movimiento, palpitaba en mi pierna izquierda como un recordatorio íntimo de mi fragilidad.
No por orgullo, sino por algo más útil: sabía que en ciertos juegos, mostrar debilidad es una moneda peligrosa.
La seguridad de Valeria me preocupaba cada vez más.
La noche cayó como un telón pesado sobre la montaña, y con ella, la sensación de vulnerabilidad se instaló en mi piel.
Si eran una banda —y todo indicaba que lo eran—, deshacerse de mí sería trivial.
Bastaría con un golpe certero, un accidente cuidadosamente escenificado en el muro de escalada, una caída en la que la roca, impasible, asumiría toda la culpa.
Luego no seria difícil concretar el tercer secuestro.
Pregunté, con estudiada indiferencia, si las carpas estaban asignadas.
Don Kala respondió que no; él dormiría en el camión, mientras que Fito, con una abnegación que me pareció sospechosa, se ofreció a hacer guardia toda la noche.
Quedaban, entonces, tres carpas para tres personas.
Incluso en circunstancias como éstas, me resultaba poco decoroso sugerirle a Valeria que compartiera la carpa conmigo, opté en cambio, por la estrategia más discreta: me instalé en la carpa más cercana a la suya, lo suficientemente próximo para intervenir si algo ocurría, pero sin dar la impresión de que estaba resguardándola.
Entré a mi carpa, bajé los cierres y aseguré los ojales con un alambre que llevaba en la mochila.
No era un candado, pero al menos dificultaría cualquier intento de abrirla sigilosamente.
Me quité las botas y el pantalón para revisar mi pierna y descubrí que estaba pegado a la piel por sangre coagulada, camuflada por la tierra.
Una mancha oscura, fría, seca en los bordes, pero aún húmeda cerca del corte.
Con un tirón seco y despiadado, logré despegar la tela adherida a la herida.
Un ardor feroz recorrió mi pierna, y tuve que contener un gruñido.
El daño era peor de lo que había querido admitir: la piel estaba desgarrada, con vetas oscuras de sangre seca y tierra incrustada.
No podía permitirme más esfuerzo. Me acomodé en la estrechez de la carpa, cuidando que mi cabeza no quedara demasiado cerca del borde, como si ese simple gesto pudiera protegerme de amenazas desde fuera y coloqué la linterna y un cuchillo de cocina cerca, por precaución.
Mi plan era claro: permanecer alerta, mantener la conciencia flotando en la vigilia.
Pero el agotamiento no entiende de resoluciones.
Con una lentitud imperceptible, los párpados se cerraron, y el mundo se desvaneció en un letargo inevitable.