Capitulo 13 Inesperados #2
El lugar que finalmente eligieron era ideal, un sitio aislado en la inmensidad de la cordillera de los Andes, un territorio inhóspito a escasos kilómetros de una frontera interminable, una zona donde la naturaleza misma conspiraba para ocultar cualquier rastro.
Un escenario ideal donde las encontrarían atadas con arneses y nadie las escucharía gritar.
Solo mi presencia no cuadraba. Al presentarme, me convertí en una variable inesperada, en un obstáculo del cual no supieron deshacerse a tiempo y ahora se había vuelto un gran problema.
Un hombre con vínculos, con personas que lo reclamarían si se ausentaba un día más de lo debido, con personas que sabían donde estaba, al menos con un grado acceptable de presicion.
Además, con algunas capacidades que me convertían en un considerable foco de resistencia física si decidían actuar con violencia hacia mi.
Al llegar los secuestradores, el plan se torció.
Debían capturar a cada una de las chicas sin inconvenientes, cada pieza tenía su lugar asignado, cada víctima su verdugo, pero mi presencia lo alteró todo.
El tercero, el que debía reducir a Valeria, se vio forzado a mantener su arma dirigida hacia mí.
Comprendí también lo inevitable: era casi una certeza que nuestros tres compañeros varones no eran víctimas. Eran cómplices.
Un vértigo de urgencia me recorrió. Podían volver por Valeria. No podía dejarla allí, no debía esperar a que el destino corrigiera su propio descuido. Tenía que mantenerla a resguardo, teníamos que huir. Pero huir sin revelar que huíamos.
Guardé un silencio absoluto, entregado a la contemplación de la montaña que se alzaba, inmutable frente a nosotros.
Había en su quietud una elocuencia secreta, un mensaje cifrado en la geometría de sus cumbres, como si la respuesta que buscaba hubiera sido escrita allí mucho antes de que yo formulara la pregunta.
Fue entonces cuando la idea penetró en mi mente con la claridad de una revelación: tal vez la solución estaba allí, en lo alto de esa montaña.
Si lograba llegar a la cima, tendría dos oportunidades: La primera era encontrar señal para pedir auxilio, la segunda era probar suerte escapando por la ladera opuesta.
Valeria debía acompañarme. Eso no era negociable, pero no podía simplemente decírselo.
Debía construir una excusa verosímil, algo que no despertara sospechas.
Si lo lograba, les llevaría un tiempo notar la jugada y habríamos conquistado la más esquiva de las ventajas: el tiempo.
Y en toda fuga, el tiempo no es un mero recurso, sino la línea indecisa que separa la libertad del infortunio.
Del otro lado de la montaña, con un poco de fortuna, podríamos encontrar algo, tal vez un campo, una cabaña, alguna señal de civilización.
Tal vez una oportunidad de pedir ayuda antes de que nos dieran alcance.
Pero en este instante debia hacer una sola cosa: Disimular.
—¿Hay señal en la cima de la montaña? —pregunté, sin apartar la vista de su silueta desafiante, buscando en la figura de Don Kala una respuesta.
—La verdad, no lo sé —contestó.
La respuesta me desconcertó. Don Kala conocía bien esta zona, había recorrido estos lugares más veces de las que uno podría contar. Y sin embargo, desconocía algo tan básico.
—Deberíamos subir a la montaña para intentar conseguir señal —anuncié, con voz firme, aunque mi mente no dejaba de ser un torbellino de incertidumbre—. Pero no por la ruta para practicar escalada. Parece que por allí —dije señalando hacia el flanco menos empinado— hay un sendero más accesible.
Nuevamente, Don Kala me desconcertó, ésta vez con su silencio. Esperaba de él, que conocía la zona con la minuciosidad de un cartógrafo, al menos una objeción o una confirmación, pero no emitió palabra.
—Valeria, ¿podrías venir conmigo? —pregunté sin rodeos.
El silencio se hizo espeso. Sentí las miradas de todos posándose sobre mí, inquisitivas, desconfiadas. Valeria frunció el ceño, ladeando la cabeza con una expresión de extrañeza.
—¿Para qué? Solo te retrasaría —respondió, encogiéndose de hombros.
Una respuesta tan desalentadora como inquietante.
Infería —confiaba, quizá— en que, en algún pliegue recóndito de su pensamiento Valeria discerniría el peligro con la misma claridad que yo.
Pero no era así. Su indiferencia y pasividad parecía la de quien aún no ha contemplado del todo la vastedad de la amenaza.
Y lo comprendí con un desasosiego peculiar: al margen de mis sospechas, no existía en su mundo una razón concluyente para acompañarme.
O tal vez ella examinaba la situación con la misma lucidez implacable con que lo hacía yo, pero en una ironía sutil y terrible, acaso su sospecha recaía también sobre mí.
Quizá, en su íntima construcción de los hechos, yo no era el testigo ni su aliado, sino una pieza más del engranaje ominoso de esta banda.
Como fuera, no podía revelarle mis temores sin sembrar el pánico en ella ni alertar al resto sobre lo que estaba tramando.
Sin más, aposté a que si volvían por ella, no lo harían de inmediato.
Subiría solo. Si lograba obtener señal, llamaría por ayuda.
Si al otro lado de la montaña había una cabaña, un sendero, la más tenue insinuación de civilización o una vía de escape, regresaría por Valeria.
Solo entonces, con la certeza de una salida, le revelaría todo.
—Voy a subir. En una hora estaré de vuelta.
Sin aguardar réplicas ni concesiones, sin dar espacio a objeciones que pudieran desviarme del propósito, tomé mi teléfono, que marcaba tres lineas de batería, y mi cantimplora, casi llena. Con determinación emprendí el camino hacia el desfiladero.
Cada paso que daba, sentía cómo la distancia entre mí y el grupo crecía, como si el sonido de sus voces se desvaneciera detrás de mí. Mi respiración se hacía más profunda, más consciente, mientras mi mente seguía dando vueltas a los eventos que me habían traído hasta esta situación.
A medida que me alejaba, observé que Valeria y Martín permanecían inmutables en la mesa, sus palabras silenciosas flotando entre ellos mientras Fito, con paso firme y decidido, se dirigía hacia el viejo camión.
La escena me atravesó como una punzada de desconfianza, una revelación sin forma ni sonido.
Si mis sospechas eran ciertas, si mi intuición se validaba, ellos podrían fácilmente reducir a Valeria, encender el motor del camión y dejarme atrás.
Sin embargo, si optaba por quedarme, la resistencia que pudiera ofrecer ante tres hombres sería casi nula y mi suerte, igualmente incierta. Simplemente avance.
El terreno, una mezcla de roca áspera y arena suelta, trazaba una curva que, en ciertos tramos, se aplanaba como si la naturaleza misma hubiera suavizado su brutalidad.
Con la mirada fija en la ladera, observé detenidamente y encontré lo que buscaba: un cañadón, formado por siglos de erosión, como una herida en la tierra.
Aunque su pendiente era empinada y las paredes macizas se cerraban en forma de V, con rocas sueltas que podrían traicionar cualquier paso apresurado, sin embargo el ascenso parecía viable.
No sería una escalada técnica, pero sí demandaría un esfuerzo físico considerable.
Tomé aire, dejando que la determinación se apoderara de mis sentidos, como una fuerza invisible que me empujaba hacia adelante.
Comencé a subir con energía, guiado por una mezcla inconfesa de desesperación y necesidad.
Sin embargo, pronto, el cansancio acumulado de días previos comenzó a hacer su efecto, pero, a pesar de todo, no reduje el ritmo y seguí avanzando con paso firme.
Una meseta intermedia llegó rápidamente, como una pausa en el ascenso, y desde allí pude ver un sendero que serpenteaba hacia la cima.
Aunque el terreno no era demasiado complicado, la combinación de polvo y piedras sueltas añadía una capa de inseguridad que hacía que cada paso resultara más agotador.
Al final del sendero, una pared de roca me detuvo en seco.
No era completamente vertical, pero sus inclinaciones exigían el uso tanto de manos como de pies para ascender.
Sentí el peso del momento, la tensión en mis músculos, y revisé mi teléfono con la esperanza de encontrar alguna señal.
Nada. Aún sin cobertura. Respiré hondo, dejando que la desilusión no me desbordara, y me tomé un breve sorbo de agua.
Ajusté mi mochila, tomé aire y comencé a escalar con cautela, cada movimiento calculado, consciente de que lo que sucediera a partir de ese momento dependería únicamente de mi fuerza y determinación.
El ascenso se volvió una pesadilla. Mis piernas, exhaustas, comenzaron a ceder, cada músculo rebelándose con un grito mudo, cada fibra de mi cuerpo rogando por la rendición.
El esfuerzo se acumulaba, como una sombra creciente, y el aire, antes tan libre, se volvía cada vez más denso,.
más pesado, como si la montaña misma lo estuviera sofocando.
Fueron mis manos las que, al principio firmes, comenzaron a ceder bajo el calor del contacto con la roca.