Capitulo 13 Inesperados
Estaba a mitad de camino entre el grupo y el camión cuando el sonido distante de un motor rasgó el silencio de la montaña.
Primero, un zumbido lejano, apenas un rumor entre las ráfagas de viento.
Luego, un rugido creciente que rebotó en las paredes de roca, multiplicándose, deformándose hasta que se sintió como si el propio suelo vibrara con su llegada.
Apuré el paso y me apoyé contra el capó del camión, sentí el metal caliente bajo mis manos.
Entre el polvo que flotaba en el horizonte, entrecerré los ojos hasta distinguirlos: dos vehículos, un auto y una camioneta, ambos blancos, avanzando por el camino del sur con una velocidad que no pertenecía a estos lares.
—¿Vienen hacia acá? —preguntó Lorena, su voz cargada de inquietud.
—Parece que sí —murmuró Andrea, sin apartar la vista de la polvareda creciente—. Son una camioneta y un auto.
Sin pensar, me deslicé detrás del camión.
Llegaron en lo que me pareció un parpadeo.
De pronto, el aire se llenó de polvo y caos.
A unos treinta metros del grupo los vehículos frenaron con un derrape violento, las piedras saltaron bajo las ruedas y una nube espesa nos envolvió como una cortina ominosa.
No era la actitud de turistas ni lugareños.
Esto era otra cosa. Ladrones, traficantes…
o algo peor. No lo sabía, pero el peligro era tangible, vibraba en el aire.
Con un instintivo pulso acelerado, saqué mi teléfono y mi billetera y los escondí entre los pliegues oxidados en C del chasis del camión.
Si eran ladrones, deberían buscar con paciencia.
—¡Vienen hacia acá! —gritó Andrea, la desesperación en su voz me perforó el pecho.
Me agaché detrás del camión, pegándome al metal, sintiendo la vibración de mi propia respiración entrecortada. La polvareda hacía difícil ver con claridad, pero entre las sombras discerní las siluetas que emergían de los vehículos. Dos de la camioneta. Tres del auto.
Dos parecían ir armados. Uno con una pistola en cada mano, el otro con un rifle, que sostenía como si no estuviera acostumbrado a él, aunque su peligro no disminuía por ello, al contrario, lo amplificaba.
El grupo quedó petrificado. Los tres hombres que no tenian armas se lanzaron sobre Andrea y Lorena con una sincronización aterradora.
Ellas gritaron y forcejearon, pero los arneses eran una trampa, limitando sus movimientos, facilitando su aprehensión.
Manos bruscas las inmovilizaron, las arrastraron.
Los gritos se ahogaron cuando les cubrieron la boca.
Cuando los hombres se giraron para llevarse a las chicas, uno de ellos finalmente me vio.
Se detuvo en seco, sus ojos se abrieron con alarma y, en un rugido gutural, alertó a sus compañeros.
El del rifle me encontró de inmediato. Giró, levantó el arma y me apuntó con torpeza, con el dedo tenso sobre el gatillo.
—¡Las chicas vienen con nosotros! —gritó, su voz temblorosa, casi quebrada por la adrenalina—. A ustedes no les va a pasar nada.
El otro, el de las pistolas, guardo una y caminó con calma hacia el grupo. Su actitud cambió, se volvió… casi cortés.
—Tranquilos —dijo, como si estuviera calmando a un grupo de niños asustados—. No les va a pasar nada. Solo denme sus teléfonos.
Fito, con los puños apretados, no titubeó.
—No…
El golpe fue rápido y brutal. Un puñetazo seco al estómago lo dobló en dos. Se tambaleó, llevándose las manos al abdomen, luchando por recuperar el aire que le habían robado. El hombre de las pistolas siguió como si nada, girándose hacia Don Kala.
—¿Y el tuyo?
Don Kala apenas parpadeó.
—Sabes que no uso teléfonos.
El hombre lo miró por un instante, como evaluándolo. Luego pasó a Valeria, que intentó mostrarse serena.
—No lo tengo conmigo.
No le creyeron. Una mano rápida se deslizó por su bolsillo y extrajo el dispositivo con la facilidad de un ladrón de guante blanco. Ella apretó los labios, resignada. Las chicas ya estaban en el auto. La camioneta encendida, lista para irse.
El hombre de las pistolas se giró y caminó hacia mí. Sus ojos se posaron en los míos. No había rabia en su expresión. No había urgencia. Solo un vacío incómodo.
—Tranquilo. Ya nos vamos. Ahora, el teléfono.
No sé cómo lo hice, pero me voz salió firme, aunque las piernas me temblaban me mantuve perfectamente erguido.
—No lo tengo. Lo dejé en la cabaña.
Un silencio espeso. No contestó. No me miró a los ojos.
Solo avanzó un paso y, con la frialdad de alguien que lo ha hecho mil veces, empezó a revisar mis bolsillos.
Nada. Su mandíbula se tensó. Echó un vistazo a mi alrededor sin encontrar nada, luego con un golpe ascendente a la visera de mi sombrero lo arrancó súbitamente hacia atrás.
Un gesto con mucho sentido. Un último acto de humillación, un recordatorio de que ellos tenían el control.
El del rifle levantó el cañón y disparó dos veces al aire.
Las montañas repitieron los disparos en ecos cada vez más lejanos, y así como llegaron, desaparecieron.
Me quedé allí, inmóvil. Incapaz de mover un musculo, de hablar, de reaccionar. Todo se sentía muy irreal. Fito, todavía encorvado, se apoyaba en Valeria, Martín tenía las manos en la cabeza, murmurando algo para sí mismo y Don Kala solo miraba al suelo.
No pude reaccionar, incluso no recuerdo con claridad lo sucedido. Continué inmóvil hasta que Valeria se me acerco, puso una mano en mi hombro y me calmó por un momento. No recuerdo qué dijo, solo su tono maternal y sereno, intentando traerme de vuelta. Exhalé por fin.
Cuando finalmente reaccioné, vi a Fito:
—Vamos a seguirlos.
—No los alcanzaremos —dijo Don Kala, acercándose con voz cansada—. Es un auto contra un viejo camión. Además, están armados. ¿Qué podríamos hacer?
—¿Qué hay hacia allá? —preguntó Valeria, señalando el camino que habían tomado los vehículos.
—La frontera con Chile —respondió Don Kala, cabizbajo.
—¿A cuánto? —insistió ella.
—En auto, unos veinte minutos. En nuestro camión, el doble… o más.
En ese instante recordé mi teléfono escondido en el chasis del camion. Me apresuré a recuperarlo. Sabíamos que no había señal, pero si nos movíamos rápido, podríamos encontrar cobertura en algún punto del camino.
—Vamos —dije, subiéndome al asiento del copiloto con una urgencia que nadie discutió.
Don Kala, con su inexplicable calma, giró la llave de encendido.
Nada. Probó de nuevo. El motor tosió, tembló por un segundo y murió antes de siquiera intentarlo.
El grupo contuvo la respiración. Don Kala volvió a intentarlo, esta vez con más fuerza, como si su voluntad pudiera revivir la máquina. Pero el motor no respondió.
—No puede ser… —murmuró, mientras abría la puerta y saltaba al suelo.
Lo seguimos con la mirada mientras levantaba el capó y revisaba con manos expertas. Toqueteó algunas conexiones, frunció el ceño y golpeó una parte del motor con la palma abierta, como si intentara despertar a un viejo amigo. Finalmente, soltó un suspiro y dijo lo que yo ya sabía.
—La bomba inyectora
Un escalofrío recorrió mi espalda. Sin motor, no había plan. No había forma de seguirlos, ni siquiera de acercarnos a algún lugar con señal.
Valeria, con una serenidad que, al igual que la de Don Kala parecía ajena al tumulto del instante, nos instó a detenernos, a respirar hondo, a no sucumbir a la inmediatez del pánico.
Aunque la pasividad podía parecer una forma encubierta de la derrota, tampoco carecía de una lógica implacable, esa que justifica la inacción como una estrategia en sí misma.
Así, sin mayor discusión, aceptamos. Nos sentamos a la mesa y ella nos sirvió un poco de agua, como si ese gesto, tan cotidiano, pudiera devolvernos algo de calma.
Luego, con una determinación que parecía crecer con cada palabra, dijo:
—Necesitamos encontrar señal lo antes posible y avisar a la policía que han venido unos ladrones. No podemos perder más tiempo.
Pero era claro que esto no había sido un simple robo. No se llevaron billeteras, cámaras ni objetos de valor. Solo los teléfonos para impedirnos avisar a la policia. Esto no era un acto de delincuencia común. Era algo mucho peor. No había dudas, era un caso de trata de personas.
De pronto, todo encajó con la precisión de un mecanismo perversamente diseñado: tres chicas jóvenes, hermosas, aventureras, frecuentemente impulsadas por la liviandad de los viajes espontáneos y sin fuertes vínculos familiares ni afectivos.
Tenía sentido la serie de imágenes halladas en el teléfono de Martín: Valeria —lo comprendí con la lúgubre claridad de las revelaciones tardías— era una de las muchachas “marcadas”.
Cuando me enviaron por agua, era evidente que solo buscaban mantenerme alejado.
Incluso Martín se encargó de acompañarme por un tiempo hasta asegurarse de que estuviera lo suficientemente distante.
Tal vez tenían pensado cometer el hecho esa tarde pero no lo lograron, tal vez esperaban que demerara mas tiempo en volver, o que algo ocurriera, o que la misma cordillera se encargara de mí.