El Perfil Adecuado Capitulo 12 El Grito #3
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Capitulo 12 El Grito #3

Mientras hablaba, me acerqué a la pared rocosa con el pretexto de inspeccionar la soga y el anclaje más cercano.

Pasé los dedos por el metal corroído, notando el óxido acumulado como cicatrices del tiempo.

No era un buen augurio. Tiré levemente de la cuerda para probar su resistencia, y entonces ocurrió.

El segundo anclaje desde abajo cedió con un chasquido seco y descendió velozmente por la soga, golpeando el inferior con un estruendo metálico que se expandió por la ladera. El eco rebotó entre las rocas, dejando al grupo en un silencio tenso.

No estaba seguro de si lo que acababa de hacer era un acto de precaución o una estupidez monumental, así que intenté desviar la atención con un comentario ligero:

—Por esta soga suben los que pesan menos de 75.

Nadie rió. Pero algunas expresiones de pánico se suavizaron, lo cual ya era algo.

Don Kala, con su aplomo habitual, intervino sin inmutarse:

—No se preocupen por el anclaje suelto. Se aflojó hace un par de meses, pero no afecta al ejercicio. Los más importantes están arriba.

A pesar de sus palabras, mi instinto seguía encendido. Algo en aquella pared, en aquellas cuerdas castigadas por el clima y el tiempo, me decía que debía permanecer alerta.

Por alguna razón —tal vez paranoia, tal vez una corazonada— decidí echar un vistazo al equipo de Martín. Me acerqué disimuladamente, fingiendo ajustar mis propias correas y examiné su arnés con discreción. Las costuras parecían firmes, las hebillas bien aseguradas. Todo en orden.

Pero mi mente, atrapada en un torbellino de sospechas, no dejaba de darle vueltas. Martín no era cualquier persona. Tenía un alto puesto en el Banco Provincia. Manejar dinero, influencias, decisiones estratégicas… ¿Y si alguien quería deshacerse de él?

Miré a Don Kala. Aquel hombre rudo, endurecido y que despreciaba a los bancarios con una pasión apenas disimulada.

Lo había dejado claro en más de una ocasión, su desprecio envuelto en comentarios mordaces y silencios calculados.

Y para colmo, atravesaba una situación económica complicada.

Observé la soga de Martín. La tensión en su arnés.

Las hebillas, imagine el roce de la cuerda contra la roca, un movimiento brusco, un tirón, una hebilla cediendo.

Un grito. Un cuerpo cayendo al vacío, golpeando contra las rocas en una serie de impactos secos, inevitables, hasta quedar inerte en el fondo.

Ningún misterio, sólo la fatalidad de un resbalón en medio de una práctica inocente con todos nosotros como testigos reales, sinceros, innegablemente veraces.

Todos a excepcion de Fito, él tal vez era parte.

Miré de nuevo a Don Kala. Se veía tranquilo.

Demasiado tranquilo. Tragué saliva y me obligué a apartar esos pensamientos.

Tal vez estaba exagerando. Pero una parte de mí ya no podía dejar de mirar cada cuerda, cada anclaje, cada mirada furtiva con una sospecha implacable.

Pensé en advertirle a Martín. Decirle que no lo hiciera, que inventara una excusa, que reclamara un dolor repentino en la rodilla o, quizás, una fobia súbita a las alturas.

Pero ¿cómo? Porque para ser sinceros, Martín era la persona del grupo menos afín a mí.

Apenas habíamos cruzado palabras; era uno de esos hombres que se camuflaban tras su propio silencio.

Siempre reservado, distante, envuelto en ese aire de superioridad burocrática que lo hacía parecer inmune al entorno.

Y peor aún: ¿y si todo esto no era más que suposiciones mías?

¿Qué pasaría si le susurraba que su vida podía correr peligro y resultaba que todo era una simple coincidencia?

En su mirada había algo tan inalcanzable como la fría pulcritud de un reloj de oficina, imaginé su expresión, el esbozo de burla en su rostro, la forma en que repetiría mi advertencia al grupo como una anécdota ridícula.

"El chico de la ciudad, el que se cree detective, ahora ve conspiraciones en una soga. "

Finalmente, me vi arrastrado por la inevitabilidad de la indiferencia y adopté una postura neutral.

No sería mi batalla ni mi carga. Si algo debía ocurrir, que ocurriera lejos de mí, sin mi testimonio ni mi conciencia como peso adicional.

Lo único claro era que no quería estar allí cuando sucediera.

Barajé opciones. Fingir un malestar, una punzada repentina en el estómago o un mareo oportuno. Tal vez un dolor en la rodilla, algo lo suficientemente creíble como para justificar mi ausencia sin levantar sospechas. Pero luego se me ocurrió algo mejor: el teléfono.

—Voy por mi teléfono, lo dejé en el camión. Quiero sacar unas fotos.

Lo dije con la convicción de quien realmente lo ha olvidado, sin titubeos, ya con los pies en marcha antes de que alguien pudiera objetar.

Don Kala apenas me miró.

—Está bien, rápido. En cinco minutos comenzamos.

Cinco minutos. No eran mucho, pero si los usaba bien, tal vez fueran suficientes para mantenerme al margen de lo que fuera que estuviera a punto de suceder.