Capitulo 12 El Grito #2
El trayecto continuó por unos diez minutos más, con el sol aún firme a nuestra izquierda, acompañándonos como un espectador silencioso.
Poco a poco el paisaje se abrió, transformándose en una vasta planicie donde la vegetación se rendía ante la aridez.
Entonces, la vimos: una pared de roca titánica se alzaba ante nosotros, marcando el fin abrupto del terreno y el comienzo de una meseta inaccesible.
Sus líneas eran extrañamente rectas, sus cortes demasiado precisos, como si algún dios antiguo la hubiera cincelado con furia.
En medio del descampado, una mesa rústica rompía la monotonía del paisaje.
Construida con troncos gruesos ensamblados a la fuerza con clavos oxidados, parecía un vestigio dejado por ocupantes desconocidos.
Se erguía bajo la sombra escasa de un único sauce, un árbol solitario que, pese a su tamaño modesto, desafiaba tímidamente con su presencia el dominio de la roca y el polvo.
No puedo explicar por qué, pero en ese momento me sentí identificado.
A unos quince metros de la mesa, un círculo de piedras delimitaba un antiguo fogón.
Las piedras, irregulares y de diferentes tamaños,.
parecían haber sido recogidas al azar, pero su disposición tenía la certeza de la costumbre.
Dentro del círculo, el hollín y los restos carbonizados de leña daban testimonio de reuniones pasadas, de historias susurradas al calor de las llamas.
Mas allá el camino continuaba, llendo para el sur.
El camión se detuvo de golpe, con un chirrido áspero que resonó en el vacío.
La nube de polvo que se levantó a su alrededor tardó en disiparse, como si el propio aire se resistiera a revelar el paisaje.
Don Kala bajó primero, con la calma de quien pisa territorio conocido.
Sus ojos recorrieron el entorno con la satisfacción de un hombre que regresa a su hogar, a un espacio que es suyo, no por posesión, sino por historia.
—Bienvenidos al campamento base —anunció con voz grave, dejando que las palabras se hundieran en el silencio seco de la llanura—. Aquí descansaremos un poco. Después les explicaré lo que sigue.
Uno a uno descendimos del camión, cargando nuestras mochilas y expectativas.
Andrea y Lorena se movían con cautela, como si el inmenso vacío que nos rodeaba pudiera devorarlas en cualquier momento.
Fito, en cambio, se apoderó del espacio con la naturalidad de un hombre acostumbrado a escenarios hostiles.
Llevamos las sobras del desayuno y los bidones de agua hasta la rústica mesa.
La escena tenía algo irónico: en cualquier otra circunstancia, aquel sitio podría haber sido el escenario perfecto para una tranquila jornada de pesca o una tertulia despreocupada. Pero no estábamos allí para eso.
Justo cuando me permitía bajar la guardia y relajarme un poco, Don Kala desvió su mirada hacia mí.
—Acomoda los arneses en un semicírculo —ordenó, sin dar espacio a la protesta ni dar alguna razón particular para ordenármelo sólo a mí mientras el resto descansaba y comia.
Recogí los equipos y los extendí sobre el suelo. Eran viejos, sí, pero no débiles. Eran pesados, resistentes, diseñados para sostener cuerpos en el aire, para sobrevivir. No pude evitar preguntarme si nosotros, a diferencia de los arneses, estaríamos a la altura de esa expectativa.
Cuando terminé de acomodar el último arnés, Don Kala no perdió el tiempo.
Sin preámbulos ni explicaciones innecesarias, comenzó a colocarse el suyo con la precisión de alguien que lo había hecho incontables veces.
Hizo lo propio también con Andrea y Lorena colocándoles sus equipos con una facilidad casi mecánica.
Fito, sin esperar, se aseguró el suyo sin dificultad, aunque tuvo que aflojar las correas al máximo para acomodar su corpulencia.
Yo me coloque el mío, dejando la hebilla frontal sin abrochar, como quien se prepara, pero no del todo.
Valeria se acercó con una sonrisa y me pidió ayuda para ajustar sus hebillas traseras.
Mientras el grupo comenzaba a avanzar hacia la ladera, nos rezagamos un poco.
Su cercanía me obligó a concentrarme en el simple acto de atar correas y evitar distracciones.
Nuevamente me brotó una idea para averiguar más.
—Si eres geóloga, tal vez puedas sacarme de una duda —dije, señalando las formaciones rocosas- Que son?
Valeria alzó la vista y observó la pared de piedra como quien reconoce un viejo conocido.
—Pliegue de finales del Mesozoico tardío, cuando la placa de Nazca se hundió bajo la Sudamericana —respondió sin dudar y sin dejarme terminar la pregunta.
—¿Hace cuánto fue eso?
—Bueno, el día exacto no lo sé —bromeó—, pero entre 50 y 60 millones de años.
No supe si admirar su conocimiento o la seguridad con la que lo decía.
Fuera lo que fuera, en ese aspecto y dado mis modestos conocimientos, podría decir que su respuesta era acertada.
Realmente era geóloga, al menos esa parte de su historia parecía ser verídica.
No quise indagar más para no develar mis intenciones.
Seguimos caminando hasta alcanzar al grupo, justo cuando Don Kala alzó la voz:
—Bueno, chicas, no se ofendan, pero necesito saber mas o menos cuánto pesan. No me digan “No se” o “La ultima vez que me pese fue hace mcuho”. Seamos eficientes, simplemente digan un numero aproximado.
Hubo un instante de incomodidad antes de que Lorena y Andrea respondieran casi al unísono: 65 kilos. Yo pesaba 80. Martín, 70. Fito dejó escapar una sonrisa orgullosa antes de anunciar sus robustos 105 kilos. Valeria, sin pestañear, declaró unos 75.
Don Kala asintió, como si estuviera resolviendo un cálculo mental. Algo en su expresión me dijo que el peso de cada uno no era un simple dato.
—Estamos bien —sentenció Don Kala—. Estos equipos soportan 120 kilos fácilmente. Además, el que tenga miedo de morir, que no nazca.
Continuó explicando:
—Este es un ascenso muy fácil. La ladera está inclinada y siempre tendrán dónde sujetarse.
Lo importante es engancharse bien a la soga con el arnés.
Si están bien enganchados, no puede pasar nada; como mucho, caerán un par de metros y quedarán colgando.
Recuerden la regla de los tres apoyos: antes de mover una mano o un pie, asegúrense de que los otros tres puntos estén firmes.