Capitulo 12 El Grito
Me arrancó del sueño un grito desgarrador. Una mujer.
Desperté con el corazón latiéndome en la garganta, sin entender si aún estaba soñando o si el peligro era real.
La cabaña ya estaba iluminada por el amanecer, y por un instante, todo me pareció irreal, envuelto en esa bruma confusa del despertar abrupto.
Pero entonces vi a Fito. Ya estaba de pie, cuchillo en mano, bajando las escaleras con la rapidez de un depredador.
Su reacción fue inmediata, instintiva. Yo, en cambio, fui torpe: intenté seguirle, pero mi saco de dormir se enredó en mis piernas.
Forcejeé con los pantalones, tropecé con mi mochila y casi caí de bruces contra el suelo.
Para cuando logré recuperar la compostura, Fito ya había desaparecido en la planta baja.
Mi orgullo dolió más que mi tropiezo. No solo era más fuerte que yo; también era más rápido y más práctico. Al llegar abajo, me encontré con Lorena en el umbral, con los brazos en alto y las manos en la boca. Pero no era un grito de dolor. Entre sollozos de alivio, señalaba hacia el camino.
El viejo camión avanzaba pesadamente hacia nosotros, levantando una nube de polvo que el sol del amanecer teñía de oro.
Don Kala detuvo el motor con un suspiro metálico y bajó de la cabina.
Parecía diez años mayor que ayer: la ropa manchada de grasa, la cara gris de cansancio y unas ojeras que parecían surcos en la piel.
Antes de que Fito pudiera soltar la primera recriminación, Don Kala levantó una mano, pidiendo silencio.
—No digan nada. Lo sé —dijo con una voz que sonaba a lija y tabaco—. Se me complicó el mundo.
Se apoyó contra la puerta del camión, como si el metal fuera lo único que lo mantenía en pie.
—Salí con la fresca hacia el galpón para buscar los suministros y estar de vuelta antes del mediodía.
Pero este bicho decidió escupir una manguera de gasoil a mitad de camino.
Me quedé seco en el medio de la nada. Tuve que caminar casi diez kilómetros bajo el sol para buscar los bidones y, lo que fue peor, herramientas para parchar la línea de combustible.
Para cuando logré purgar la bomba y hacer que el motor arrancara, la cordillera ya se había tragado el sol.
Hizo una pausa y nos miró uno a uno, deteniéndose en nuestros labios agrietados y las caras de trasnocho. Su mirada se volvió pesada, cargada de una culpa genuina que no intentó disfrazar con frases hechas.
—Mi mayor error no fue el camión. Fue el exceso de confianza —continuó, bajando el tono—.
Me confié en que volvería rápido y no les dejé un equipo de radio.
En este lugar, la falta de comunicación es una sentencia.
Sé que no hay señal, sé que el generador es caprichoso y debí prever que cualquier imprevisto los dejaría ciegos y sordos.
Les pido disculpas. De verdad. No debieron pasar por esto.
El silencio que siguió no fue tenso, sino de aceptación.
Don Kala no estaba dando excusas, estaba admitiendo una falla de juicio profesional.
Sin perder un segundo más, abrió la compuerta trasera.
El olor a pan fresco y el sonido del agua chocando contra el plástico de los bidones fue mejor que cualquier música.
Comimos con una urgencia que rozaba lo salvaje. Mientras masticábamos, Don Kala se quedó observándonos, evaluando el rastro de la jornada en nuestra ropa y en nuestros gestos.
—¿Y bien? —preguntó al fin, con una media sonrisa—. ¿Cómo se portó la montaña con ustedes?
Lorena y Andrea relataron la angustia de ver morir el generador y cómo la oscuridad parecía encoger las paredes de la cabaña.
Fito mencionó sus patrullajes por el camino.
Yo, tratando de que mi voz no temblara de cansancio, le conté la expedición al arroyo.
Le hablé de mi aventura, de cómo logré traer los litros que nos mantuvieron a flote.
Don Kala asentía, mirándome con una mezcla de sorpresa y un respeto que me supo a gloria. No era la aprobación de un jefe, sino la de un examinador que ve a un alumno aprobar un examen para el que no estudió.
—Veo que no se quedaron esperando a que el cielo los salvara —comentó con un gesto seco de aprobación—.
En la cordillera, el que espera, pierde.
Cometí un error al dejarlos solos, pero ustedes hicieron lo correcto: se movieron.
Eso es lo que separa a la gente que sobrevive de la que termina siendo parte del paisaje.
Se enderezó, recuperando de golpe ese aire de autoridad que parecía habérsele escurrido con el cansancio. Dio dos palmadas fuertes que resonaron en el valle.
—Bueno, basta de charla. ¡Salimos en diez minutos! Tenemos que recuperar el tiempo perdido.
Al igual que aquella impulsiva idea de revisar el teléfono de Valeria, no supe cómo se gestó en mi mente este nuevo plan, pensé en aprovechar el momento de confusión y la comida para intentar averiguar quién había escrito la misteriosa nota.
Subí a la habitación con la excusa de preparar mis cosas.
Nadie pareció darle importancia. Una vez allí, noté que la maleta de Lorena tenía una etiqueta de aeropuerto con su nombre y datos de contacto.
Comparé rápidamente las letras, pero no encontré similitudes.
Luego revisé con cuidado el bolso de Andrea, esperando hallar algo revelador como una libreta pero el crujir de la escalera me alertó.
Esos pasos eran inconfundibles: alguien subía.
Era Fito, y la imponente sombra de su presencia me invadió con una sensación de ser observado.
Con un movimiento instintivo, arrojé el bolso sobre el colchón intentando simular una búsqueda en mis cosas.
No dijo nada, pero su mirada, siempre fija, me recorrió con un peso que no supe cómo interpretar.
Había algo en él que ya no podía ignorar: parecía seguirme de cerca en todo momento.
Mientras el resto del grupo subia para jutar sus cosas y alistarse, bajé, las escaleras derrotado por la vacuidad de mi investigación
Cuando llegó el momento de subir al viejo Unimog, Don Kala observó con una expresión de desaprobación a las chicas al notar su ropa.
Les preguntó si tenían algo más adecuado para la actividad.
Ambas respondieron negativamente. Ofrecí, casi sin pensarlo, uno de mis pantalones extra, ajustable en talla esperando que lo rechazaran, como solía ocurrir con tales gestos.
Aceptaron mi ofrecimiento, y eso me otorgó otra oportunidad para regresar a la habitación.
Aunque la sensación de estar atrapado en un ciclo se hacía más palpable mi intencion era averiguar lo que pudiera.
No había transcurrido ni medio minuto, y no había logrado averiguar cosa alguna, cuando el inconfundible crujir de la escalera volvió a resonar.
Esta vez no había duda, el peso de sus pasos era inconfundible. Era Fito.
Subió, y con la misma frialdad de siempre, alegó haber olvidado "algunas cosas".
La excusa era tan endeble que casi la cuestiono, pero…
¿Y si todo lo de Fito era una simple casualidad?
¿Y si, después de todo, estaba exagerando, viendo patrones donde no los había?
La paranoia es insidiosa, se alimenta de silencios y coincidencias hasta convertirlos en certezas incuestionables.
Bajé nuevamente, sin nada nuevo que ofreciera respuestas, pero con una sospecha cada vez más pesada, algo no estaba bien, y lo sabía con certeza. Ahora realmente comenzaba a preocuparme seriamente mi seguridad.
Finalmente, Don Kala nos dio la orden de subir al camión.
Para nuestra sorpresa, en el medio de la caja de carga del camion habian un cajon con varios equipos militares de escalada.
Gastados por el tiempo, pero meticulosamente cuidados: arneses de correas verde oliva, cascos rayados por batallas pasadas, cuerdas gruesas y ásperas al tacto, mosquetones que tintineaban como si compartieran un secreto.
Crampones de hierro, guantes curtidos por el uso.
No había indicaciones, solo ese equipo esperándonos, como si el desafío fuera tan obvio que no necesitara explicación.
Tomé el arnés entre mis manos. Mi experiencia con este tipo de equipo se reducía a un parque de aventuras en mi infancia, donde un institucionalizado operario me aseguraba a una cuerda y me empujaba sin ceremonia.
Aún así, había hecho algo de senderismo, algo de montañismo; sabía lo suficiente como para no subestimarlo.
Miré a Fito de reojo. Inspeccionaba su arnés con la naturalidad de quien ha hecho esto más veces de las que está dispuesto a admitir.
Lo imité, más por instinto que por conocimiento, deslizando las correas entre mis dedos, como si eso bastara para entender.
El Unimog rugió al encenderse y tomó un rumbo inesperado.
No tomabamos el camino por donde habíamos llegado sino que fuimos por el camino que yo habia tomado para ir a buscar agua.
Hasta que llegamos a la primera bifurcacion, la que yo el dia anterior habia tomado por el sendero hacia la derecha, pero hoy continuabamos por el camino ancho.
El camino era traicionero, sacudiéndonos como fichas dentro de un tablero en movimiento.
Apenas podíamos hablar sobre el estruendo del motor y el golpeteo constante de la carrocería contra las piedras.
Veinte minutos después, el paisaje cambió.
Un arroyo se desplegaba ante nosotros, su cauce angosto pero traicionero.
Lo reconocí: debía ser el mismo que había hallado el día anterior, pero aquí, kilómetros más al sur, parecía transformado.
El agua fluía con una furia contenida, su corriente desgastando la roca como dientes afilados.
El Unimog se adentró sin titubeos. La caja de carga crujió cuando el agua subió hasta el borde.
Algunos miraron con inquietud el flujo que nos envolvía.
Nadie dijo nada, pero en sus ojos se leía la misma pregunta que rondaba en mi cabeza: ¿qué demonios nos espera al otro lado?