El Perfil Adecuado Capitulo 11 La llegada #3
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Capitulo 11 La llegada #3

Primero la ligera confusión al notar que la aplicación de mensajería seguía abierta. Luego, la sospecha cuando, al cerrarla, la galería de imágenes apareció en segundo plano. No dijo nada. Pero su mirada, fija en la mía durante un solo y devastador segundo, lo dijo todo. Desconfianza. Desconcierto.

El tiempo pareció plegarse sobre sí mismo, atrapándome en un silencio denso y sofocante.

Busqué desesperadamente una excusa, una explicación lo suficientemente convincente para borrar aquella expresión de su rostro.

Nada. No se me ocurrió nada que pudiera salvarme.

Así que opté por el único camino que me quedaba: el silencio. Y recé porque el tema no escalara.

—Creo que deberíamos dormir —sugirió Valeria, rompiendo la tensión en el aire. —Sí, mañana será un largo día —respondieron casi al unísono Fito y Andrea.

Fito apagó meticulosamente la fogata, reduciendo las brasas a un resplandor agonizante.

Uno a uno, los demás comenzaron a recoger sus cosas y a subir a la habitación, arrastrando los pies con el peso del cansancio.

Aproveché el momento para quedarme un poco más, fingiendo que necesitaba tomar aire. A nadie pareció importarle mi actitud.

Di una vuelta alrededor de la cabaña, iluminando el entorno con mi linterna. Pero su luz parecía inútil contra la espesura de la noche cordillerana, devorada por una oscuridad tan densa que parecía viva.

El paisaje nocturno era hipnótico y avismal a la vez. Apagué la linterna y avancé unos pasos dentro del bosque. No sé por qué lo hice. Quizá una parte de mí quería demostrarme a mí mismo que no tenía miedo. Pero lo tenía.

Nunca fui religioso ni creo en lo sobrenatural, pero había algo en esa soledad que me hacía sentir expuesto.

Una presencia invisible, una presión sobre el pecho que no podía explicar.

Cada crujido de ramas, cada sombra que se deslizaba fuera de mi campo de visión, encendía un miedo primitivo en mi interior.

Volteé una vez.

Dos veces.

Tres.

Convencido, por un instante aterrador, de que algo —o alguien— me estaba siguiendo.

Pero el bosque respondió con un silencio espeso, impenetrable.

Decidí no tentar a la suerte. Volví a la cabaña con la insensata sensación de que algo, oculto entre los árboles, me había observado todo el tiempo.

Creí que el día había terminado. Que por fin podría descansar. Me equivoqué.

Cuando me metí en mi saco de dormir, con todos ya durmiendo a mi alrededor, mi pie derecho chocó contra algo duro. Instintivamente investigue.

Mi anotador.

Pero yo lo había dejado en mi mochila. O al menos eso recordaba. Lo tome y lo abrí con cautela, y lo iluminé con la pantalla de mi teléfono. Una frase, escrita con letras grandes y torpes.

"Me caíste bien. Es mejor que te vayas."

El aire se volvió denso, sofocante. Mi mirada recorrió la habitación.

Todos parecían dormir. Sus respiraciones acompasadas llenaban el espacio, envolviéndome en un falso sentido de calma.

Pero no podía confiarme. El sueño era un lujo que no podía permitirme.

Con movimientos lentos,. saqué mi cuchillo y lo deslicé dentro del saco, asegurándome de que quedara al alcance de mi mano derecha.

Dejé la cremallera del saco sin cerrar, listo para salir de un salto si era necesario.

Como un reflejo instintivo, me envolví el cuello con una bufanda, apretándola con varias vueltas torpes,. en un intento desesperado —y probablemente inútil— de protegerme de un ataque. Y entonces, simplemente esperé.

La paranoia me mantenía alerta. Cada crujido de la cabaña, cada exhalación ajena en la oscuridad, era un recordatorio de que no estaba seguro. Intenté organizar mis pensamientos,. hacer un inventario mental de lo que sabía… y de lo que temía:

• Valeria y Martin se conocían. O al menos Martin conocía a Valeria. Lo negaban, pero la foto en su teléfono decía otra cosa. ¿Una historia compartida que no querían revelar? Martin la conocía… ¿Era acaso Martin era un acosador?

• Fito había mentido. Se presentaba como un operario eléctrico, pero su ignorancia en lo más básico de una instalación era reveladora. No era un simple trabajador. Había algo en su actitud, en su precisión con el cuchillo, en su forma de observar…

• Yo no debía estar aquí. Desde el inicio, algo en los mensajes entre ellos había insinuado confusión. Mi llegada había sido un error, tal vez un contratiempo en el plan de alguien.

• Don Kala había desaparecido. El dueño de estas tierras, un hombre desesperado, al borde de perderlo todo.

• Y por último pero lo más importante, la nota.

"Me caíste bien. Es mejor que te vayas."

Alguien en este grupo me sugería que me marchara.

Alguien lo suficiente empático conmigo y hábil —o lo suficientemente audaz— como para entrar en mi mochila a escondidas de todos y sacar mi cuaderno con el único fin de escribirme una advertencia.

O tal vez no lo había hecho a escondidas, tal vez, en esto que yo no entendía estaban todos.

El aire de la cabaña se sentía más pesado ahora, cargado con el olor de la madera húmeda y el aliento dormido de los demás. Pero a pesar de mis esfuerzos, finalmente el cansancio venció.