Capitulo 11 La llegada #2
Todos rieron moderadamente, liberando algo de la tensión acumulada.
Pero mientras el grupo reía, mi atención se desvió.
En medio del bullicio un gesto mínimo, casi imperceptible, encendió todas mis alarmas: la mirada fugaz de Fito hacia Martin.
Un destello de algo que no supe definir—complicidad, advertencia, temor—pero que me pareció muy extraño.
Cuando retomamos la conversación, el entusiasmo inicial se había disuelto. La charla giraba en círculos, atrapada en especulaciones inútiles sobre el paradero de Don Kala. Pero ya no podía concentrarme.
La conversación fue nuevamente interrumpida.
El generador dejó escapar un último traqueteo agónico antes de apagarse por completo, dejando a la cabaña sumida en una oscuridad espesa, casi palpable.
La fogata, aunque aún chispeante, apenas servía para proyectar sombras deformes que trepaban por las paredes y se arrastraban por el suelo como espectros inquietos.
Por un instante, nadie se movió. Luego de no se cuento tiempo subí a la habitación tanteando las paredes, guiado apenas por el titubeo de la luz exterior.
Busqué a ciegas mi linterna frontal, y al encontrarla descendí con rapidez.
Fito ya estaba esperándome, su expresión era un empatico reflejo de la mía: una mezcla de urgencia, resignación y mucha autocritica por no haber previsto algo tan obvio.
—Vamos —dije, y él asintió sin necesidad de más palabras.
Cruzamos la penumbra con nuestras linternas cortando la negrura como cuchillas de luz pálida. El generador, esa máquina que hasta hace minutos nos daba la ilusión de civilización, yacía mudo e inerte. Lo sacudimos, lo revisamos.
—¿Ese cable suelto que va al cajón metálico? ¿No será el problema? —preguntó, señalando la puesta a tierra del generador.
En ese instante, un escalofrío me recorrió la espalda.
Resultaba inconcebible que alguien con experiencia en electricidad confundiera un cable de puesta a tierra con cualquier otra cosa.
Era un principio tan elemental, tan arraigado en la práctica cotidiana de un operario de planta eléctrica que solo cabía una explicación inquietante: Fito no trabajaba donde decía trabajar.
—Es la conexión a tierra —respondí con seguridad, estudiándolo de reojo.
Un silencio tenso se apoderó de nosotros y tuve que pronunciar lo inevitable:
—No hay más gasolina.
Fito inclinó su linterna, enfocando el tanque abierto. Un plateado abismo nos devolvió la mirada.
—Está seco —confirmó, y su voz, apenas un murmullo, sonó más inquietante que el propio apagón.
No sé cómo ocurrió. No sé si es algo normal o una maldición solo mía, pero en ese instante mi mente maquinó un plan.
La idea era absurda, desesperada. Pero también era buena.
Si lograba hacerme del teléfono de Valeria podría revisar su galería y descubrir si guardaba las mismas fotos que Martín.
Volvimos a la mesa y expusimos la situacion al grupo.
Dije que en mi opinion lo mas importante era tener los telefonos cargados, sobre todo por las linternas.
Adopté un tono seco y pronuncié las palabras con la firmeza de quien está seguro de lo que dice:
—Si levantamos el filtro de combustible, podría darle algo de presión y hacerlo andar unos minutos más.
Quizás lo justo para cargar un poco los teléfonos.
Pero para eso necesito aislar por completo la cabaña: ni luces, ni enchufes, nada que consuma energía de forma innecesaria.
Los teléfonos deberán conectarse directamente al generador.
No tenía sentido. Ninguno. Pero la desesperación y la ignorancia técnica del grupo jugaron a mi favor.
Sin cuestionarlo, casi como si se aferraran a la última chispa de esperanza, comenzaron a entregarme sus teléfonos y cargadores.
Todos excepto Fito. Con el botín en mis manos, me alejé con rapidez hacia el generador, asegurándome de que nadie me siguiera.
Una vez allí, encendí mi linterna frontal, bajé la cabeza como si estuviera concentrado en el generador y, con los dedos temblorosos abrí la galería del teléfono de Valeria.
El corazón me retumbaba en el pecho, cada latido era una advertencia de que estaba cruzando un umbral peligroso.
Deslicé las imágenes con cautela. Nada. Retratos anodinos, paisajes sin importancia, fotos de su comida, selfies despreocupadas.
Una galería común, inofensiva. La frustración me apretó el estómago. ¿Me estaba volviendo paranoico?
Aún tenía tiempo. Aposté a que, si alguien se acercaba, escucharía sus pasos en la hierba húmeda. Así que, impulsado por una mezcla de ansiedad y determinación, deslicé el dedo y abrí los mensajes de texto. Fue un error.
—¿Todo bien? ¿Funciona?
La voz de Fito emergió de la oscuridad como un disparo. El miedo me paralizó por un segundo que se sintió eterno. El teléfono casi se me resbaló de las manos, pero lo solté con cuidado, como si nunca lo hubiera tocado más de lo necesario.
—No… —murmuré, obligando a mi voz a mantenerse firme—. Pensé que quedaba algo de combustible en el filtro o en las cañerías, pero no es así.
Fito no respondió de inmediato. Se quedó allí, en silencio, con la luz tenue de su vieja linterna proyectando sombras largas y angulosas en su rostro. Su mirada no se apartaba del generador, pero su mente… su mente estaba en otra parte. Calculando. Evaluando.
El aire entre nosotros se volvió espeso, como si un juicio silencioso estuviera en marcha y yo no supiera si acababa de ser absuelto o condenado.
Yo permanecia agachado junto al generador y Fito de pie a mi lado.
Un solo golpe de su robusto brazo derecho me dejaria inconciente por mucho tiempo.
Finalmente, asintió con un leve movimiento de cabeza.
Sin decir una palabra, tomó algunos de los teléfonos y comenzó a caminar de vuelta hacia la mesa.
Yo hice lo mismo, sintiendo su sombra pegada a la mía.
Pero el destino no había terminado de jugar conmigo.
Apenas regresamos, Valeria tomó su teléfono y con la impaciencia de quien teme quedarse sin batería, encendió la pantalla.
Lo vi. Lo vi en sus ojos.