Capitulo 11 La llegada
Las risas y los aplausos me recibieron como una tormenta efímera, un estallido de alivio que no tardó en desvanecerse ante la realidad más apremiante.
Apenas crucé el umbral, me vi asaltado por manos desesperadas, buscando, exigiendo, un sorbo de agua fresca.
Los rostros que me rodeaban reflejaban más que cansancio: era una necesidad cruda, instintiva.
Entre sorbos apurados, Valeria, aún tratando de recuperar el aliento, dejó escapar una noticia con fingido entusiasmo:
—Conseguimos algo de harina, estaba bien atrás en el bajo mesada.
Podemos hacer pan, pensé, pero la idea apenas nació antes de que la realidad la sofocara. Hacer pan requiere considerable agua.
Sobre la mesa, noté unas raíces marrones de aspecto terroso, enredadas entre restos de tierra seca. Me acerqué y pregunté con una curiosidad que ya se teñía de preocupación:
—¿Y esto?
—Fito encontró unos tubérculos en el bosque. Dice que hay que hervirlos; son algo así como papas —respondió Valeria, intentando imprimir algo de optimismo en sus palabras.
Hervirlos también necesitará agua.
Nos sentamos alrededor de la mesa, sin decir mucho, sin hacer mucho.
Solo respirando, solo sintiendo el agotamiento en cada músculo, en cada pensamiento.
Fue entonces cuando notaron los raspones en mis manos y brazos, recordatorios silenciosos de mi viaje y sobre todo de la caída.
Valeria los examinó y sentenció rápidamente que no era nada grave.
Sin energías para mediar palabra regrese a Martin su teléfono en silencio.
Por el momento había asuntos más urgentes que reclamaban mi atención; ya tendria tiempo de indagar la verdad sobre las fotografías halladas.
La conversación deambuló por mi travesía, por el arroyo, por el esfuerzo de la caminata, hasta que Fito formuló la pregunta que todos evitaban:
—¿Qué tan factible es depender de ese arroyo como único suministro de agua?
El silencio cayó como un telón pesado. Todos se miraron entre sí, esperando que yo ofreciera una mentira reconfortante. Algo que los aliviara. Algo que no los hiciera sentir tan frágiles.
Pero no podía. No debía.
—Mis estamaciones de distancia estaban totalmente equivocadas.
No creo que sea sostenible ir y volver todos los días al arroyo —dije, con la gravedad de quien coloca una verdad difícil sobre la mesa y siempre consciente de que les había ocultado la existencia de mis barras de cereal.
Sin ingerir comida hubiera sido aún más difícil sino imposible.
Nadie habló. Nadie se movió. El peso de mis palabras quedó suspendido en el aire, opresivo, sofocante.
Valeria fue la primera en reaccionar. Se puso de pie con un ímpetu forzado, frotándose las manos como si pudiera borrar la tensión con un simple gesto.
—Bueno… vamos a hacer pan —anunció con una energía que no convencía a nadie.
Pero entonces, tras un segundo de reflexión, su expresión cambió. Se quedó pensativa.
Volvió a sentarse, bajó la mirada y murmuró, apenas audible:
—Aunque… se usa mucha agua para el pan.
La mesa volvió a sumirse en el silencio. El dilema era claro: hacer pan con el harina recién encontrada consumiría cerca de un litro de agua, y hervir los tubérculos, al menos medio litro más. Como había sido yo quien había conseguido el agua, sentí la obligacion de hablar primero.
—Creo que necesitamos comer para recuperar energías. Hagamos el pan y tratemos de hervir los tubérculos con la menor cantidad de agua posible.
El grupo, como si hubiera estado aguardando a que alguien cargara con el peso de la decisión, asintió al unísono, aliviado.
Valeria me puso una mano en el hombro. Su tacto era ligero, pero en él se adivinaba un reconocimiento silencioso.
Me miró con una expresión entre la gratitud y la preocupación.
—Deberías tomar un tiempo de relajación. Date una ducha —me sugirió en voz baja, como si el descanso fuera algo sagrado que no debía profanarse con palabras innecesarias.
No discutí. No habría tenido fuerzas para hacerlo.
Encender el agua de la ducha fue un contraste fue casi absurdo.
Mientras fuera de la cabaña se discutía el racionamiento del agua, yo me sumergía en un torrente cálido que corría sin restricciones sobre mi piel.
Sentí el golpe del agua caliente en la espalda, el peso invisible del sudor y el polvo desprendiéndose de mi cuerpo, y con ello, la tensión acumulada.
El agua caía limpia, tibia, cristalina. Y, sin embargo, la advertencia de Don Kala de que no la tomaramos resonó en mi mente. ¿Cuántas cosas parecen seguras hasta que dejan de serlo? Apreté los labios y dejé que el agua siguiera su curso sin ceder a la tentación de probarla.
Al salir escuché el crepitar del fuego. Fito.
Estaba hirviendo los tubérculos usando la menor cantidad de agua posible con la resignacion de quien sabe que no hay otra opción.
Desde la cocina, las chicas amasaban con fuerza una mezcla de harina y agua, como si en ese acto rudimentario intentaran moldear algo más que pan: un atisbo de normalidad, una tregua contra el hambre.
Martín, en la mesa, permanecía inmóvil, sumido en pensamientos que parecían no pertenecer del todo a este lugar ni a esta situacion.
Desde la habitación, capté fragmentos de una conversación entre Valeria y Lorena.
Susurros entrecortados. Algo sobre un fracasado negocio inmobiliario en el que Martín estuvo involucrado. El cansancio me impidió indagar.
Me recosté sobre la bolsa de dormir, dejando que el peso del día se asentara sobre mí.
Por ahora, no tenía fuerzas para preocuparme por las fotos de Valeria en el teléfono de Martín.
Pero sabía que era una tregua momentánea, un respiro impuesto por el cansancio, no por la resignación.
Ni bien lograra descansar un poco, apenas mi cuerpo dejara de ser este amasijo de músculos entumecidos y párpados de plomo, retomaría la batalla.
Nada escaparía a mi escrutinio: ni una mirada furtiva, ni un roce casual, ni el matiz imperceptible de una palabra dicha en el tono equivocado.
Porque la verdad estaba ahí, oculta entre gestos insignificantes, disfrazada de inocencia, latiendo bajo la superficie de sus conversaciones. Y cuando mis fuerzas volvieran, no me detendría hasta arrancarla de raíz.
Entonces, un aroma me golpeó.
Pan.
Pero no un simple olor, sino el olor. Uno que emergía con la fuerza de un recuerdo enterrado, trayendo consigo imágenes de tiempos más simples, de hornos encendidos en días de lluvia, de hogares y epocas que tal vez nunca fueron mías pero que, en ese momento, sentí haber habitado.
Solo quien ha pasado doce horas de hambre y desgaste puede entender que aquel aroma era más que una promesa: era un ancla. Un recordatorio de que, a pesar de todo, aún quedaban cosas por las que valía la pena seguir.
Cuando todo estuvo listo, nos reunimos alrededor de la mesa, un círculo precario de seres humanos a la deriva, ansiosos por apoderarse de lo que había sido una promesa distante: la comida.
Pan y tubérculos hervidos. En cualquier otro contexto, hubiera sido una mezcla insípida y sin alma, pero en ese instante, en ese rincón del mundo donde el hambre se había convertido en una amenaza tangible, aquella comida se transformó en un festín.
Cada bocado era un triunfo sobre el vacío, una pequeña victoria en medio de la desolación.
La noche, lenta y sigilosa, comenzó a caer sobre nosotros trayendo consigo una quietud que parecía presagiar la gravedad de las decisiones que aún debíamos tomar.
El aire estaba pesado, cargado con la urgencia de lo que nos esperaba.
Sentados alrededor de la mesa, nuestras voces eran como ecos distantes, conscientes de que el tiempo no era un aliado.
—Comimos bien. Mañana temprano nos levantamos y caminamos hacia la ruta —propuse, tratando de sonar firme, pero sabiendo que mis palabras carecían del peso que la situación exigía. No podíamos seguir esperando indefinidamente.
—Si esa es la idea, es mejor darte toda el agua que queda para que vayas al galpón y vuelvas con la camioneta —sugirió Valeria, con una sensatez que casi dolía, como si lo que proponía no fuera más que una condena disfrazada de estrategia.
Fito, sin embargo, no compartía esa visión. Su voz surgió con la seguridad de quien ya había tomado una decisión irreversible y mirándome dijo:
—Está demasiado cansado con una pierna lastimada, una sola noche de sueño no va a ser suficiente. Martin o yo podríamos llegar al galpón más rápido.
Fito tenía razón, mis piernas, cansadas por horas de esfuerzo, no parecían dispuestas a aceptar más exigencias. Y, sin embargo, de alguna manera me sentia el más capaz para avanzar. No hablé.
—¿Y el candado? —intervino Valeria, como un rayo que cortó el aire, recordándonos el obstáculo que Don Kala nos había advertido con tal gravedad.
La mención del candado fue un golpe seco, una realidad que se cernía sobre nosotros como una sombra que no podíamos evitar. ¿Sería posible? ¿O estábamos condenados a sucumbir a los detalles que parecían pequeños, pero que a la postre podían ser los que nos destruyeran?
La conversación fue interrumpida de golpe con un grito desgarrador.
Andrea y Lorena saltaron de sus sillas, retrocediendo con los ojos clavados en la pared.
Seguí sus miradas y la vi: una araña monstruosa, negra y brillante, trepando la pared con lentitud, indiferente al terror que despertaba su paso.
El pánico quedó suspendido en el aire por una fracción de segundo…
hasta que Fito se movió. Con la rapidez de un depredador, su mano fue un borrón de acero.
El cuchillo voló con una precisión espeluznante y, en un instante el arácnido quedó partido en dos, con sus patas aún convulsionando en la madera.
El silencio que siguió fue absoluto, cargado de incredulidad. Entonces, sin pensar, solté con una media sonrisa:
—Increíble puntería, Fito. Si alguna vez quisiera deshacerme de mi jefe, ya sé a quién llamar.