El Perfil Adecuado Capitulo 10 El arroyo
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Capitulo 10 El arroyo

El arroyo se deslizaba entre rocas grises desgastadas por el tiempo, con la suavidad de un murmullo líquido, dibujando senderos eternos en su camino hacia el valle. Era tan claro que permitía ver los guijarros de su lecho, pulidos como pequeñas joyas por siglos de caricia de deshielo glaciar.

A su alrededor, la vegetación estallaba en un verdor vibrante, aferrándose a la tierra con raíces profundas, como si se alimentara directamente del aliento helado de la corriente.

Helechos, musgos y líquenes tapizaban las orillas con un manto esmeralda, y entre ellos emergían flores silvestres de pétalos pálidos, inclinándose con delicadeza hacia el agua.

El aire era nítido, impregnado con la fragancia de la tierra húmeda y la frescura mineral del agua recién nacida.

Pequeñas gotas resplandecían en las hojas como cuentas de cristal, atrapando el sol en diminutos destellos fugaces.

En la distancia, el eco de la montaña respondía al murmullo del arroyo.

El agua avanzaba sin pausa, guiada por un destino invisible, como si supiera que su propósito era más grande que el instante de belleza que dejaba atrás.

Con manos temblorosas, descolgué una pequeña taza térmica de mi mochila y la sumergí en el arroyo.

El agua era de una transparencia imposible, temblorosa en la superficie, pero pura y helada en su profundidad.

Sabía, en algún rincón de la razón, que no era prudente beber sin cuidado, pero la sed había borrado toda cautela.

Llevé la taza a mis labios y bebí. No con mesura, no con prudencia, sino con la avidez primitiva de quien prueba el agua por primera vez.

El líquido descendió como un torrente de vida, arrancando la aspereza de mi garganta, apagando el incendio mudo que me había consumido por horas.

Sentí el frío expandiéndose dentro de mí, como si cada gota se filtrara hasta mis huesos llevando así un indescriptiblemente placentero alivio a todo mi cuerpo.

Con manos torpes, me quité el sombrero y vertí agua sobre mi cabeza.

Al ser de deshielo, el frío me golpeó como un puñal, pero no decistí; dejé correr el agua por mi rostro, por mi cuello, arrastrando el sudor seco, el polvo, el agotamiento incrustado en mi piel.

Un jadeo escapó de mis labios, mitad alivio, mitad desesperación contenida.

Descalcé mis pies con la torpeza de quien ha olvidado cómo moverse sin dolor.

Cada músculo protestó, cada articulación pareció oxidada por la fatiga.

Apreté los dientes y hundí los pies en la corriente.

El impacto fue inmediato. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, desde los talones hasta la nuca el alivio se expandió como un bálsamo feroz, derritiendo la tensión, silenciando aunque fuera por un instante, el tormento del cansancio.

Por un momento, me invadió la idea de arrojarme al arroyo por completo, quería sentir el agua cubriéndome, ahogando el ardor de mi piel, borrando el peso de las interminables horas de caminata. Pero me obligué a contenerme. No podía rendirme al placer cuando aún quedaba camino por recorrer.

Una gran roca sobresalía en medio del arroyo, bañada en luz dorada, como un altar silencioso en la inmensidad líquida.

A su alrededor la sombra de un árbol se extendía como una mano protectora.

Me acerqué con cautela, sintiendo la fuerte correntada del agua aferrarse a mis tobillos como si quisiera retenerme.

Con esfuerzo, trepé sobre la piedra y me quedé allí, inmóvil, sintiendo el pulso de la corriente a mi alrededor.

El mundo parecía haberse detenido. Solo el murmullo incesante del agua me recordaba que la vida seguía fluyendo, indiferente a mí.

El calor de la roca ardía contra mi espalda, un contraste casi violento con la frescura del agua que lamía mis pies y la sombra oscilante de las hojas.

Cerré los ojos y exhalé, permitiéndome por primera vez en mucho tiempo, sentir el peso del cansancio disolverse en una calma extraña, frágil, como el último respiro antes de un huracán.

Pero la mente, traicionera, no me concedió tregua.

Las imágenes regresaron con la nitidez de un cuchillo deslizándose entre costillas.

La pantalla del teléfono de Martín. Aquellas fotos.

Las preguntas surgieron, insistentes, con la fatalidad de un laberinto sin salida.

¿Se conocían de antes? ¿Por qué lo ocultaron con tanto esmero? ¿Podría Martín ser un acosador?

Sacudí la cabeza con furia, como si el pensamiento fuera algo tangible que pudiera desalojar de mi mente con un simple movimiento. Pero no.

Me obligué a concentrarme en lo inmediato.

Había tareas por hacer. Una de las botellas no sobrevivió al accidente; el impacto la había hecho estallar, dejando tras de sí un reguero de fragmentos inútiles.

Apreté la mandíbula y me aferré a la acción, llenando las botellas restantes con la precisión meticulosa de quien ejecuta un rito, asegurándome de colocarlas en la mochila con la boca hacia arriba.

Después, saqué un par de barras de cereal que había escondido y las comí bebiendo agua directamente del arroyo.

Era hora de regresar. Aunque el cuerpo suplicaba descanso y el alma susurraba tentaciones de quietud, el deber me llamaba con su voz áspera, recordándome que el agua también debía pertenecer al mundo de los otros.

Consulté la brújula en mi teléfono. El sendero se alzaba ahora con una hostilidad muda, una cuesta que parecía burlarse de mi agotamiento.

Y paradójicamente, el peso del agua, el mismo elemento que antes me había rescatado del abismo de la sed, se convertía ahora en una carga implacable.

Cada paso era un tributo a mi propia fatiga, un pacto entre el cuerpo que flaqueaba y la voluntad que se negaba a ceder.

La fatiga luego del descanso se insinuó más rápido de lo esperado, primero en los músculos y luego en el pensamiento.

Mi mente empezó a enredarse en la monotonía del esfuerzo, en el ritmo cadencioso de la respiración entrecortada, en la punzada ardiente que trepaba por mis piernas en cada esfuerzo de subida.

Me propuse no beber mas de media botella de agua en todo el regreso, con el fin de llegar con la mayor cantidad possible a la cabaña.

Al llegar a la primera bifurcación, miré el reloj: 17:30.

La subida constante hacía estragos en mi cuerpo.

Las piernas ardían, la mochila se había vuelto insoportablemente densa, un yugo invisible que clavaba su peso entre mis omóplatos.

Cada curva del camino se presentaba como la última…

y cada una me traicionaba, revelándome con burla que aún quedaba mucho más por recorrer.

Cuando finalmente vislumbré el camino de doble huella me asaltó un pensamiento oscuro, egoísta, primitivo.

Esconder a una prudente distancia de la cabaña una de las botellas llenas.

La idea surgió con la naturalidad de un instinto, una voz baja, sigilosa, que se deslizó entre las grietas de mi cansancio.

Guardarla en algún lugar entre las rocas, resérvala para mí como un último y egoísta asidero contra un futuro incierto.

Además, pensé —no sin cierta efervescencia— ¿qué habían hecho ellos en mi ausencia?

Mientras yo, en la soledad del sendero negociaba con el azar mi permanencia en este mundo.

¿Descansar, dejarse vencer por la indolencia, tomarse selfies, entregarse a la pueril vanidad de registrar su ociosidad en imágenes destinadas al olvido?

Me detuve.

Miré la botella en mi mano. En mi mochila tenía fragmentos de una botella rota, que fácilmente podían ser prueba de la rotura de dos.

La tentación palpitó un instante más. Luego, con un suspiro áspero rechacé la idea.

Había emprendido este esfuerzo por todos, y el honor —si es que significa algo más que un espejismo— consiste en no traicionar ni siquiera las promesas no dichas.

La cabaña estaba cerca. Solo quedaba reunir las últimas fuerzas, las verdaderamente necesarias. Los últimos pasos muchas veces son los más difíciles. Y, con el peso de la fatiga anclado en cada fibra de mi cuerpo avancé. Diez minutos más tarde, finalmente llegué.