Capitulo 9 La busqueda #2
En una de ellas aparecía Valeria, sentada en un bar oscuro junto a un barril que servía de mesa.
En otra, evidentemente extraída de alguna red social, posaba en bikini bajo el sol al borde de una piscina.
Pero la tercera fue la que me detuvo en seco.
En esa fotografía, capturada en medio de una fiesta, dos figuras se entrelazaban en un abrazo demasiado íntimo para ser casual.
La imagen, borrosa y con mala iluminación, me obligó a forzar la vista: no pude confirmarlo con absoluta certeza al ampliar los rostros, pero la complexión y el gesto indicaban que se trataba de Martín y Valeria.
Durante el tiempo que llevábamos juntos, ambos habían desplegado la pulcritud medida de quienes se conocen por primera vez: se estrecharon la mano con la estudiada cortesía de los desconocidos, pronunciaron sus nombres con la naturalidad de lo inédito, dejaron que las anécdotas corrieran sin una sola inflexión que delatara fraternidad.
Algo no cuadraba. Guardé rápidamente el dispositivo, más tarde analizaría esas imágenes con el detenimiento que merecían. Lo urgente era el agua.
La sed, al principio una leve incomodidad, se había transfigurado en un mal absoluto, en un imperativo que desplazaba toda otra preocupación.
Habían transcurrido, según mi teléfono hora y media desde el inicio del trayecto.
Tras dos tragos medidos, supe que el resto no me duraría mucho más.
Tenía comida, pero ingerir una barra de cereal era un lujo que no podía permitirme; el costo en agua para digerirla sería demasiado alto.
Cada paso pesaba más que el anterior. El sol, indiferente a mi fatiga, caía sobre el sendero con una violencia minuciosa, caldeando el aire que devoraba mis pulmones y convirtiendo la sed en un vacío implacable que lentamente devoraba cada rincón del ser.
Ante un nuevo cruce dudoso, cumplí con el ritual: dos fotografías y una consulta rápida a la brújula.
Me detuve un instante para ajustar la mochila, levantándola un poco sobre los hombros en un gesto casi instintivo, como el de un animal que busca aliviar su carga sin conciencia exacta de lo que está haciendo.
Me incliné hacia adelante, y aunque sabía con la certeza inútil de quien reconoce su error en el mismo momento en que lo comete, que esa inclinación solo agravaría mi fatiga, no había fuerzas suficientes en mí para corregirla.
El sol seguía cayendo a plomo, implacable, derritiendo la última resistencia de mi cuerpo.
Cada paso era una batalla, cada aliento un jadeo áspero que arañaba mi garganta seca como el lecho de un río muerto.
La lengua, hinchada y pastosa, se me pegaba al paladar con una sequedad incómoda.
Bebí un par de sorbos más, pero esta vez no fue beber, sino apenas humedecer la garganta, el agua se deslizó sin dejar rastro y sin ofrecer alivio.
El sendero continuaba su descenso, prometiendo un final cercano, aunque con cada paso, ese final se volvía más escurridizo, más irreal.
Mi cuerpo parecía moverse casi mecánicamente, como si estuviera funcionando por pura inercia, pero eso no me eximia del dolor de la fatiga.
La desesperación crecía con cada paso, pero mi única opción era continuar.
Si me detenía y retornaba sin hallar agua el camino de regreso se tornaría aún más insoportable.
Definitivamente había errado en mis apreciaciones.
O tal vez no fue un error, sino un exceso de autoconfianza.
Llevaba tres horas de marcha y el arroyo, que en mi mente era una certeza cartográfica, se revelaba ahora como una ausencia.
La sed se había convertido en el centro de mi conciencia, en un absoluto.
El camino describía una curva pronunciada hacia la izquierda, ascendiendo ligeramente.
Supe que aquello no era una buena noticia, pero una pulsión irracional me obligó a seguir.
Unos quince minutos después, en una parada forzada para recuperar el aliento, escuché un rumor lejano..
Cerré los ojos, como si el gesto permitiera afinar mis sentidos, y aguardé.
Agua.
Era un sonido leve, apenas un rastro en el aire, pero no podía ser otra cosa. La fatiga se replegó ante un nuevo golpe de adrenalina. Ya no importaba el peso de la mochila ni el sol. El agua estaba cerca.
Abandoné toda lógica, toda precaución, y me desvíe del sendero sin más guía que el sonido, un eco lejano que parecía arrastrarme como una fuerza externa, ajena a mi voluntad.
El juicio, esa capacidad que siempre había sido mi mayor orgullo, se apagó de golpe.
La brújula, el teléfono, las fotos: nada de eso importaba ahora.
La sed, esa necesidad primitiva y acuciante, se había apoderado de mí con una urgencia que no admitía más distracción que su propio impulso.
Mis pasos, apresurados, erráticos e imprudentes me arrastraban hacia un terreno agreste, donde las ramas y las raíces se erigían como obstáculos considerables.
Cada paso era un desafío físico, un precio que pagar por ceder ciegamente al llamado de ese murmullo.
El sonido, tenue al principio, crecía con cada metro recorrido, fortaleciéndose hasta convertirse en una promesa clara y absoluta: el sufrimiento finalmente tendría un fin.
La vegetación se transformarse leve pero notoriamente: el verde, antes tenue, se tornó vibrante, casi eléctrico, saturado de humedad, como si la propia naturaleza respirara a un ritmo más intenso.
Bajo mis pies, el suelo se volvió oscuro y esponjoso, como un susurro de la tierra que, por fin me revelaba la cercania de lo que tanto había buscado.
Fue entonces cuando lo vi: un precipicio profundo, de unos tres metros, cuya quebrada dibujaba un abismo en la tierra.
Abajo, el agua corría con un fulgor líquido, reflejando la luz en destellos danzantes.
Pero el descenso era traicionero, casi cruel.
Sin una ruta clara, comencé a rodear el desfiladero, evaluando cada árbol y cada roca como soporte, como si fueran posibles aliados en una lucha por llegar de forma segura al néctar.
Avancé sin la cautela que el terreno exigía, con el corazón latiendo más rápido que mis pasos, empujado más por la urgencia que por la prudencia.
A los pocos metros mis ojos encontraron una depresión en la ladera, una suerte de senda improvisada que ofrecía alguna ilusión de seguridad.
Un respiro. Me aferré a una rama, fuerte, confiable y luego, con la confianza que antecede a los grandes errores, posé el pie sobre una roca.
Parecía un anclaje sólido, inamovible; no lo era.
La roca cedió con un crujido seco, y en un abrir y cerrar de ojos, el mundo se inclinó.
Sentí el peso de la caída jalándome hacia el vacío, como una mano invisible que me arrastraba.
El pánico se apoderó de mí en un segundo, pero en un reflejo desesperado, mis manos se se cerraron sobre la rama con una fuerza que no sabía poseer.
El impacto contra el tronco me lanzó hacia atrás, y el suelo me recibió con una brutalidad que vació mis pulmones.
La mochila, acaso por azar o designio, interfirió entre mi cuerpo y la rudeza de la tierra, mitigando el impacto y rescatándome de una desgracia mayor.
Durante unos segundos, el mundo quedó en pausa, suspendido en una quietud aterradora.
No sentía el suelo, ni el aire, ni el tiempo.
Solo un zumbido en los oídos, como el eco de un grito que nunca terminó de salir de mi garganta.
Intenté moverme, pero el cuerpo no me respondió de inmediato.
Parpadeé. La oscuridad cedió levemente, dejando entrever un cielo pálido, un débil resquicio de luz filtrándose entre las hojas.
El dolor aún no había llegado del todo, me esperaba en algún rincón, agazapado, esperando a que el shock pasara para tomarme por completo.
Esperaba el dolor. Lo busque, temeroso, en el calor de un hueso roto o en la humedad de la piel abierta.
Pero no encontré nada. Me incorpore con cautela.
A mi alrededor, el abismo del desfiladero se alzaba en sombras imposibles, la altura desde la que había caído desdibujada en la penumbra.
Era absurdo, pero había salido casi ileso.
Apenas un dolor moderado en las manos y en la pierna derecha, una molestia mínima comparada con con lo que deberia haberme sucedido.
Lo sentí como una advertencia distante, como el eco de un peligro que no llegó a consumarse del todo.
Moví el pie, luego la rodilla. Obedecieron.
Con dificultad, pero sin dudarlo, me arrastré hacia el agua.