El Perfil Adecuado Capitulo 9 La busqueda
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Capitulo 9 La busqueda

—Necesito todas las botellas, cantimploras y recipientes que puedan contener agua —dije levantandome con la firmeza de quien intenta convertir la urgencia en decisión.

Ingresé a la habitación y, con meticulosidad, dispuse cada elemento para la aventura: la mochila, un sombrero de alas amplias que me protegería del sol sin importar desde qué ángulo insistiera en golpear, y una campera liviana, justa y necesaria para resguardarme del frío si éste decidía hacerse presente.

Recordando las palabras de Fito: en esta región, en esta epoca del año, la única certeza es que no hay certeza sobre la variabilidad térmica.

Al cambiarme de ropa repetí casi como un rito, el ajuste de los cordones de mis bolcegos, buscando ese punto exacto entre comodidad y firmeza.

Era un equipo mínimo, pero a mi criterio el justo y exacto para una excursión rápida.

Antes de salir de la cabaña me crucé con Fito, quien, con una fraternidad tan inesperada como deliberada, detuvo mi marcha. Su gesto, medido y preciso, parecía emular una complicidad que en verdad aún no existía entre nosotros. Con una discreción que rozaba la solemnidad, me ofreció su cuchillo.

—Lo de los pumas, tú sabes… puede llegar a haberlos —dijo, como si las palabras no cargaran demasiado peso.

Con la misma cautela —y acaso con idéntica complicidad fingida— le mostré el mío: un cuchillo de características muy similares, oculto en un costado de la mochila. Fito respondió con una sonrisa de aprobación.

Cuando salimos de la cabaña el grupo ya se econtraba reunido alrededor de lo esencial para mi travesía. Sobre la mesa reposaban una cantimplora y cuatro botellas plásticas con tapa a rosca. Valeria sostenía en la mano una cantimplora grande, lo cual me llamó la atención.

—¿También llevamos esa? —le pregunté, señalándola con un gesto ligero.

Ella, visiblemente incómoda, bajó un poco la mirada antes de responder:

—Es que la tenía en mi mochila, me había olvidado de ella… Está llena.

La buena noticia de contar con algo así como un litro adicional de agua suavizó cualquier suspicacia que pudiera haber surgido.

Su intento deliberado de ocultar aquella reserva de agua quedó, si no ignorado, al menos relegado a un segundo plano.

No pude resistir la tentación —tan mía— de figurar como estoico.

Fue entonces cuando consciente del peso teatral que poseen las palabras en ciertos momentos, decidí asestar mi puntada final.

—Consérvenla para ustedes. Con lo que queda en mi cantimplora es suficiente para mí.

Las palabras apenas se habían desvanecido en el aire cuando Martín, sin previo aviso, se levantó de su lugar.

El gesto fue tan inesperado y repentino que me tomó completamente por sorpresa.

No era solo el hecho de ponerse de pie, sino la convicción con que lo había hecho, como si estuviera ejecutando una decisión que ya había sido tomada mucho antes de este momento.

Con una determinación a la que nadie podía oponerse, descolgó la mochila y la extendió hacia mí.

—Dividamos las botellas y las cantimploras mitad y mitad. Yo también voy a ir.

Lo observé detenidamente, evaluando cada detalle de su atuendo: pantalones cortos que dejaban al descubierto las piernas, medias tipo zoquete apenas visibles sobre sus tobillos y zapatillas náuticas.

Su mochila tipo escolar, liviana y de correas delgadas, era totalmente inadecuada para llevar carga pesada por largo tiempo.

—¿Te parece buena idea? —le pregunté, sin esfuerzo alguno por disimular mi escepticismo

—Estamos perdiendo tiempo valioso, simplemente vamos.

Su firmeza me hizo replantear mi postura.

Aunque su equipo dejaba mucho que desear y su falta de experiencia era evidente, comprendí que había algo en su voluntad que por respeto no debía ignorarse, incluso si implicaba un posible retraso en el camino.

Además, en su simple frase, tan corta como directa, residía una verdad ineludible: el tiempo era nuestro mayor enemigo.

Antes de partir, eché un último vistazo al grupo y sentí el peso de sus expectativas.

Andrea, con los brazos cruzados, se balanceaba ligeramente, incapaz de quedarse completamente inmóvil.

Lorena, semitendida en la hamaca, oscilaba entre la ansiedad y una resignación que parecía casi serena, como quien se entrega al vaivén del destino.

Valeria, en cambio, se mantuvo seria e inmovil.

—Vamos entonces —dije, ajustando las correas de mi mochila.

Martin me siguió sin decir palabra, y juntos nos dirigimos hacia la salida del claro.

No podía ignorarlo: en los pliegues más oscuros de mi mente, entre la urgencia y la incertidumbre, vibraba una emoción que no terminaba de reconocer.

Había en todo esto—en la crudeza del momento, en el riesgo tangible—una exaltación primitiva, un vértigo íntimo que oscilaba entre el miedo y el placer.

Como era de esperar, tomé la delantera con paso firme y sostenido mientras Martín, a mis espaldas, luchaba por mantener el ritmo.

Consideré ascender nuevamente la colina para obtener una mejor perspectiva del terreno, pero pronto deseché la idea.

No podía permitirme tal derroche de energía; cada esfuerzo innecesario solo acrecentaría la sombra persistente del hambre y la sed.

Elegí el camino que se adentraba en la cordillera, la misma ruta que al parecer había tomado Don Kala con su camión.

Martín avanzaba detrás de mí, mudo. Intenté romper el hielo, pero mis palabras se perdían en el viento antes de llegar a él.

Me sorprendió su agotamiento; la travesía recién comenzaba y él ya parecía al límite.

Sus pocas respuestas llegaban con una voz entrecortada, más por obligación que por interés.

Su respiración agitada decía lo que él callaba: la montaña lo estaba venciendo y no tenía aliento para nada que no fuera seguir mis pasos.

El camino era poco más que dos huellas de tierra abriéndose paso entre la maleza.

Solo el paso esporádico de algún vehículo impedía que la vegetación terminara de devorar el rastro.

Tras recorrer algo así como un kilómetro, nos encontramos con una bifurcación.

A la derecha, un sendero descendía con suavidad, dibujando curvas entre arbustos dispersos, a la izquierda el camino mantenía su anchura prolongando la incertidumbre en dos líneas firmes pero desprovistas de promesas.

No tuve dudas: la experiencia me había enseñado que cuando se busca agua, siempre se busca ir hacia abajo.

Activé la brújula de mi teléfono para registrar la dirección y le pedí a Martín que tomara una foto del cruce.

La memoria es traicionera cuando aparece el cansancio; la tecnología, en cambio, no sabe lo que es la fatiga.

Bebimos un trago corto y comedido de agua, conscientes de la necesidad de racionar cada gota, y emprendimos el descenso que prometía ser sinuoso y largo.

Aunque la caminata era relativamente sencilla, cada vez que miraba a Martin notaba que su resistencia se disolvía cada vez más.

A unos cinco kilómetros, sus jadeos se volvieron imposibles de ignorar.

Me detuve y lo vi cinco o seis metros detras, encorvado, con las manos en las rodillas.

Sus hombros subían y bajaban en un vaivén frenético, buscando un aire que sus pulmones ya no podían procesar.

Parecía una máquina al borde del colapso, tratando de succionar el aire espeso que nos rodeaba.

Me detuve sin pronunciar palabra, consciente de que el silencio era la única reacción adecuada. Sabía con una certeza amarga, que lo que nos aguardaba más adelante era aún más vasto, más implacable.

—¡Estoy bien! —me gritó entre jadeos—. Ahora te alcanzo.

Me detuve y volví sobre mis pasos para observarlo. Su postura temblorosa y el ritmo violento de sus hombros delataban un agotamiento que su orgullo intentaba ocultar. Ademas de estar fuera de estado y ser inexperto, él no había ingerido más que una barra de cereal en las últimas doce horas.

—¿Quieres regresar? — pregunté, sin rastro de reproche.

Martin asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra. Solo cuando su respiración se tornó menos errática, logró esgrimir:

—¿Seguro que puedes continuar solo?

—Sí, claro, no hay problema. Pero déjame tu teléfono.

Martín se quedó callado, entre sorprendido y desconfiado.

—¿El teléfono?

Por su tono, supe que dudaba de mí. Le expliqué, quizá con demasiada prisa, que necesitaba su teléfono porque ahí estaban las fotos de los cruces y las referencias.

Traté de sonar lógico, casi pedagógico: él apenas llevaba una hora de marcha y sabría volver, pero para cuando me tocara a mí, el sol habría cambiado las sombras y mi memoria ya no sería de fiar.

Necesitaba ese respaldo digital para compensar mis propias dudas.

Dudó. Vi cómo su mirada oscilaba entre el sendero y el teléfono, y por un segundo temí que se negara. Finalmente, Martín pareció no encontrar fuerzas para discutir; simplemente bajó la guardia y cedió.

Recibí el teléfono y traspasamos las botellas a mi mochila. No hubo más explicaciones; el peso de la carga ahora era mi responsabilidad. Un par de palabras de cortesía, un saludo rápido y nos separamos. Me quedé solo, con el mapa digital en el bolsillo y el camino libre por delante.

Cuando me hube alejado lo suficiente, me detuve a observarlo. Me quedé ahí unos minutos, mirando su ascenso lento y solitario por la ladera. Nunca supe exactamente por qué.

Con la mochila más pesada y una urgencia renovada, aceleré el paso.

Al llegar a otro cruce confuso, saqué el teléfono de Martín para registrarlo; cada foto era un salvavidas en ese laberinto.

Por precaución, intenté verificar las imágenes.

Mis dedos, torpes por el sudor y el cansancio, deslizaron la pantalla en la dirección equivocada.

En lugar de la última toma, aparecieron fotos antiguas que me obligaron a detenerme.