El Perfil Adecuado Capitulo 8 Solos #3
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Capitulo 8 Solos #3

—Ya estamos un poco inquietas, ademas esta hacienda mucho calor.

La incertidumbre, invisible pero palpable, nos envolvía, y justo en ese instante Fito regresó. Con su rostro perlado de sudor, ajustándose el gorro, encogiéndose de hombros con un gesto que hablaba de dudas no resueltas.

—No estoy seguro —dijo, como si él mismo dudara de la veracidad de sus palabras—, pero diría que se fue por la huella hacia la cordillera. Vi ramas gruesas recién rotas, demasiado grandes para que las haya roto un animal o el viento.

Lorena me comentó que mientras yo descansaba habían debatido sobre la viabilidad de tomar el agua de la cabaña.

Después de un intercambio de opiniones que se prolongó más de lo esperado, llegaron a la conclusión unánime de que no era una buena idea.

Tras eso, en silencio, me lanzó una mirada que no solo buscaba transmitirme la decisión tomada, sino también consultar mi juicio al respecto.

—Podemos hervirla – Fue lo único que se me ocurrió decir.

Valeria me respondió como quien expone una verdad técnica, su voz no era de alguien que simplemente opinara, sino de quien, con solidez de conocimiento, desvelaba lo evidente:

—Hervir el agua funciona para eliminar algunos gérmenes, pero si la razón por la que no es potable radica, por ejemplo en la presencia de nitratos, hervirla no serviría de nada. De hecho, podríamos estar exponiéndonos a una severa intoxicación.

Sin hallar error alguno en su razonamiento, ni tener objeción que pudiera exponer, simplemente asentí con la cabeza. El gesto, tan sencillo y tan cargado de significados que escapaban a las palabras, pareció ser penosamente suficiente.

Martín, mirando al suelo con la mirada baja, como si ya conociera la inevitable conclusión, murmuró:

—Si la bomba inyectora del camión se rompió estamos jodidos.

El futuro, como una neblina imprecisa, se teñía de incertidumbre. Me invadió un mal presagio, una sensación tan sutil como inevitable. Decidí sin embargo, intentar ofrecer algo de claridad, aunque bien sabía que ninguna palabra sería capaz de disipar la creciente angustia que nos envolvía.

—Supongamos lo peor. Don Kala manejó un par de horas hacia la cordillera y el camión se averió. Intentó, en vano, arreglarlo durante un buen rato. Volver a pie le tomaría unas cuatro o cinco horas, como mínimo. Si temenos suerte, el cualquier momento llega.

—No tenemos comida y casi no tenemos agua —replicó Martín, apartentemente ignorando todo mi planteo.

La tensión que nos rodeaba era palpable, casi insoportable. En un impulso, intenté calmar los ánimos con una propuesta, una salida que ofrecía alguna esperanza:

—No será gran problema. Iré hasta el galpón, tomaré mi camioneta, toda la comida y agua pura que encuentre y regresaré. Si Don Kala no aparece para ese entonces, iremos por él.

Fito, con el tono característico de quien tiene por costumbre cuestionar la viabilidad de todo, respondió sin titubear:

—Son al menos 25 kilómetros caminando, sin nada en el estómago y muy poca agua. No apostaría por eso.

No resultó difícil reprimir el impulso de confesarle que había consumido tres barras, que poseía todavia media caja y que además disponía de una botella entera de agua tónica.

—Podría solucionar lo del agua con el arroyo; está a mitad de camino

Pero Martín, pragmático como siempre, objetó de inmediato:

—Tampoco estamos del todo seguros que esa agua sea buena. Y el galpón está cerrado con candado. El viejo tiene la llave.

Consideré en silencio la posibilidad de arriesgarme con el agua y de romper el candado si era necesario, pero sabía que llegar al galpón exhausto complicaría cualquier tarea.

—Yo también puedo ir —ofreció Fito.

Pero su complexión robusta, tan imponente como desventajosa para el ritmo de una marcha larga, era la paradoja de la fortaleza convertida en peso. Pensé en voz alta, recordando mi caminata matutina, el momento en que subí a la colina.

—Subí a la colina esta mañana. Hay una línea zigzagueante en el bosque, parece un curso de agua. Quizás esté a menos de una hora caminando y esa, sin lugar a dudas es agua de deshielo proveniente de las montañas cercanas; apostaría mi vida a que es potable.

Fito avaló la idea con una determinación que contrastaba con la incertidumbre de todos los demás:

—Es lo mejor. Vamos a ir a buscar agua.

—¿Y si hay animales salvajes? —intervino Valeria.

—No creo que haya problema —respondió Fito—. Lo único que podría haber es algún puma, pero si ve un ser humano, huirá. Solo atacaría si se siente acorralado.

La amenaza invisible de lo desconocido se cernía sobre nosotros, como siempre lo hace sobre los que se aventuran en lo incierto.

Las discusiones se alargaron, y cada palabra se convertía en una reflexión sobre las decisiones tomadas y las no tomadas.

Finalmente acordamos que buscar el curso de agua era nuestra mejor opción, por más incierta que pareciera.

El tiempo apremiaba, y la sensación de que la acción, por ser urgente, se hacía inevitable, nos impulsó a actuar.