El Perfil Adecuado Capitulo 8 Solos #2
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Capitulo 8 Solos #2

Un silencio incómodo se apoderó del aire.

Varias ideas se agolparon en mi mente, intentando romper la tensión, pero ninguna me pareció lo suficientemente adecuada; opté, al igual que los otros, por el mutismo.

Fue entonces cuando advertí un matiz inquietante, una omisión que por sutil, resultaba casi deliberada: nadie, ni siquiera por cortesía había preguntado por mi ausencia en las primeras horas de la mañana.

En cualquier otra circunstancia, y más aún en ésta, hubiera sido natural—ineludible incluso—que alguien inquiriera acerca de mis pasos, que formulara la pregunta obvia, casi ritual: dónde había estado, qué había hecho durante esas horas en que me ausenté.

Pero el interrogante no llegó. Cuando el mate llegó a mis manos bebí en silencio y lo devolví con un gesto mecánico.

Fue entonces cuando Fito, con la displicencia de quien no sospecha la gravedad de sus palabras, señaló algo que habría de convertirse en el centro de nuestra inquietud.

—El último —dijo, llenando el mate por última vez, pasándoselo a Andrea y sacudiendo el termo vacío.

—¿Quién tiene más agua? —preguntó Andrea, esta vez con una preocupación acertada.

Las miradas se cruzaron en un tenso silencio, como si el aire mismo contuviera la respiración.

Incluso Lorena, abandonando la perezosa cadencia de su hamaca, se acercó al grupo con incredulidad y cautela.

Mi cantimplora casi llena pendía de mi cinturón, un fulgor de 500cc de esperanza en medio de la incertidumbre.

Sin dudarlo, la ofrecí. Guardé silencio sobre la botella de dos litros de tónica, que tenía en mi mochila, en la habitación.

No por egoísmo, sino porque la situación aún no exigía revelaciones.

Fito y Valeria llevaban sus propias botellas, pero nadie mas tenia cantimplora.

Hicimos cuentas con una inquietud creciente: entre todos, apenas sumábamos unos dos litros de agua.

—¿Cargaron todo al camión? —pregunté, recorriendo el entorno con la mirada, en busca de algún indicio de botellas o restos de bebida.

—Nos dijo que no dejáramos nada —respondió Fito, con un tono que parecía sorprenderlo a sí mismo—. Hasta la última botella, hasta la última porción de comida. Incluso las sobras. Dijo que podían atraer animales. Cargamos todo. Todo.

—Tengo unas pocas barras de cereal —comenté. En realidad, era una caja entera, pero al igual que la botella de tónica decidí no revelarlo. Añadí con calma—: Voy a traerlas.

El grupo, callado, no ofreció más comentarios. Entré a la cabaña como si cada paso estuviera medido, y en la soledad de la habitación, saqué cinco barras de cereal y dejé las otras ocultas, bien resguardadas en el doble fondo de mi mochila, entre la funda y el piso.

Cuando regresé, deposité las barras sobre la mesa con un gesto sencillo, casi casual. Un leve resquicio de culpa se insinuó en mi conciencia, pero se desvaneció al ver que nadie más ofrecía nada. Estaba seguro de que no era el único que guardaba algo.

—Creo que se están preocupando demasiado —dijo Lorena con calma—. Seguramente Don Kala fue a buscar provisiones y volverá en cualquier momento.

Martín deslizó la mirada sobre la mesa, como si en ella pudiera hallar respuestas. Luego alzó la mirada hacia mí.

—¿Qué estaba tocando el viejo en el motor del camión anoche?

—La bomba inyectora de gasoil —respondí sin entrar en detalles.

—¿Y eso? —insistió Martín.

Con una curiosidad claramente insuflada por la falta de detalles, esperando una respuesta más detallada.

El silencio se instaló entre nosotros, como un velo sutil pero denso. No encontré palabras tranquilizadoras para añadir, y preferí que el peso de mi silencio hablara por mí.

—Si se rompe no llega gasiol al motor y obviamente el camión se para. Y no es fácil de arreglar —sentenció Fito, cortante.

Una vez más, el silencio se instaló, pesado e incómodo. Jugué con la posibilidad de quebrarlo, de injertar en el aire alguna frase que disipara la inquietud, pero comprendí que cualquier intento sería insuficiente. Así que finalmente, me sumí en el mutismo

—Tengo hambre. ¿Puedo comer una barra de cereal? —preguntó Lorena, con inocencia y un leve tono de ansiedad.

En otras circunstancias, la pregunta habría sido trivial, acaso prescindible.

Pero allí, en ese instante preciso, cobró una densidad inesperada, como si el azar hubiera elegido sus palabras para revelarnos algo que aún no queríamos ver.

En la mesa las cinco barras parecían mirarnos con una callada ironía. Éramos seis.

—Yo paso, coman ustedes, una barra cada uno.- Sentencie con arrojo

Sabiendo que en mi mochila tenia ocultas muchas barras mas, no era el alimento lo que me inquietaba, sino el agua.

Sabía que debíamos tener cuidado con cada gota, pero mencionarlo ante el grupo podría provocar una oleada de ansiedad que ninguno de nosotros deseaba, callarlo en cambio, sería una forma de cautela.

Entre ambas opciones, elegí la menos imperfecta.

—Deberíamos tener cuidado con el agua —dije, procurando que mi voz pareciera firme.

El silencio que siguió no fue una simple pausa, sino algo más denso, más definitivo, como si la realidad misma se reacomodara tras mis palabras. Sentí la necesidad de atenuar su peso.

—Solo lo digo por precaución —añadí, casi en un susurro.

Lorena fue la primera en reaccionar. Su rostro oscilaba entre la incredulidad y la alarma, como si de pronto se encontrara en una historia ajena, en un destino que no había previsto.

—¿Están diciendo que es una posibilidad real quedarnos sin agua? ¿Esto realmente está pasando?

De inmediato supe que había cometido un error.

No porque mi advertencia careciera de verdad, sino porque había alterado el frágil equilibrio en el que nos sosteníamos.

Las palabras no solo describen el mundo, a veces lo precipitan.

Había trastocado la calma incierta revelado un temor latente.

Y, lo que era peor, me había situado en el centro de la escena, en un papel que no deseaba.

Decidí callar y esperar que alguien más tomara la palabra y con ella la carga que sin querer había invocado.

Las barras de cereal fueron repartidas y cada uno consumió la suya con la parsimonia de quien sabe que la necesidad no se apura.

Acompañaron la ingesta con por dos o tres sorbos de agua, casi ceremoniosos en su brevedad.

Yo observaba el proceso con una curiosidad desprovista de hambre, pero no rechacé la oferta de mi “ración” de agua cuando me fue presentada.

Lorena, tras consumir la mitad de su bara, me observó la otra mitad con una delicadeza casi innecesaria y preguntó:

—¿Seguro que no quieres?

Negué con la mano. No sentía hambre en ese instante; Miré a los demás: la frugal porción no bastaba siquiera para insinuar un desayuno. En el caso de Fito, cuya corpulencia desmentía cualquier noción de moderación, la pequeña barra de cereal parecía una broma cruel de la necesidad.

Finalmente, Martin rompió el silencio:

—Es raro que el viejo se fuera así.

Fito, en su habitual desdén, se limitó a encogerse de hombros, como si todo fuera cuestión de tiempo: —Ya volverá.

—¿Y si no vuelve? —replicó Martín, son su voz teñida de un tono más oscuro.

Otra pausa cargada. Consideraba enfatizar que debíamos racionar el agua, pero preferí escuchar primero las opiniones de los demás.

—Esperemos hasta el mediodía —dijo Lorena, levantándose y caminando hacia la hamaca para tomar el sol.

No me pareció la más sensata de las ideas dadas las circunstancias.

La posibilidad de la escasez de agua, con su amenaza invisible, me rondaba como una sombra.

Sin embargo preferí callar. Nadie mas pronunció palabra, de modo que consideré la improvizada reunion como terminada.

Alegué el calor como pretexto y me retiré a la cabaña.

Allí, en la penumbra de la habitación, realicé mi pequeña transgresión.

Extraje tres barras de cereal de mi mochila y las devoré con la minuciosa urgencia de un acto clandestino.

No hubo placer en ello, sino una extraña mezcla de alivio y culpa, como si cada bocado reafirmara la distancia entre lo dicho y lo hecho.

Cuando terminé, escondí los envoltorios con una precisión de un espia y me dejé caer en la cama, vencido por una fatiga que no era física, sino también emocional.

Un rato después, una voz, distante y cercana a la vez, me arrancó del leve sueño en que me hallaba sumido:

—¡Lucas! ¡Lucas!

Era Martín. Su rostro, medio oculto por las sombras de la escalera, se asomaba gesticulando para que lo siguiera. Miré la hora solo por consultarla: Era casi mediodia. Bajé las escaleras aún envuelto en la somnolencia de quienes han sido despertados repentinamente.

Al llegar a la mesa, vi al todo el grupo reunido, con la única ausencia de Fito. Antes de que pudiera formular alguna pregunta, Martín, con un tono que no admitía demora explicó:

—Fito dijo que de joven había sido rastreador y salió a ver si encontraba alguna señal que revele dónde pudo ir Don Kala.

Me senté, sin decir nada, como quien entiende sin entender del todo. Lorena, con la mirada marcada por una preocupación que no había alcanzado la forma del pánico, observó: