El Perfil Adecuado Capitulo 8 Solos
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Capitulo 8 Solos

A pesar de la aspereza del colchón y la frialdad discreta que se filtraba entre las rendijas de la cabaña, contra todo pronóstico, había logrado encontrar un descanso que si bien modesto, no carecía de una cierta plenitud.

Ni siquiera los pasos inciertos de aquellos que durante la noche buscaban a tientas el camino hacia el baño pudieron alterar mi quietud.

Al despertar, el resto del grupo seguía sumido en el sueño; algunos respiraban con la calma de una entrega profunda, otros permanecían suspendidos en ese limbo ambiguo entre el sueño y la vigilia.

Ignorando a qué hora se habían acostado, opté por levantarme sin perturbar la quietud que reinaba, moviéndome con el mayor sigilo posible.

Fui al baño, y al sentir el agua sobre mi rostro, una ráfaga de frescura parecía disolver lo último que quedaba de sueño.

Salí para disfrutar de una de mis cosas preferidas en el mundo: el espectáculo matutino de una primavera cordillerana.

El inconfundible olor a tierra mojada, los rayos de sol que luchaban por filtrarse entre los espacios que dejaban los árboles mientras el rocío frío se posaba suavemente sobre mi piel, como una caricia de la naturaleza misma.

El panorama se extendía en una quietud tan perfecta que no podía imaginar otro estado posible.

Todo estaba suspendido en un silencio absoluto.

Sin preocupaciones, sin llamadas, sin apuros.

Esto era exactamente lo que había venido a buscar.

En momentos como aquel comprendía a los fumadores: hubiera sido perfecto encender un cigarrillo, observar con indolencia cómo el humo se perdía en la intemperie y dejar que el tiempo —o su ilusión— se diluyera en la penumbra de la madrugada.

La quietud sin embargo, fue efímera. Noté que faltaba algo en el paisaje: el viejo camión ya no estaba.

No me pareció del todo normal, aunque tampoco del todo improbable. Era posible que Don Kala hubiera salido en busca de provisiones, de combustible, o acaso de más turistas. Sin embargo, si ese hubiera sido el caso, lo lógico era avisarnos.

Caminé despacio, disfrutando de mi mañana solitaria, en principio sin rumbo y luego hacia el lugar donde solía estar el camión.

La tierra mostraba aún las marcas de las ruedas, testigos mudos de su reciente presencia.

El resto, sin embargo, permanecía inmutable: la cabaña dormía en su soledad, el aire seguía fresco y nada rompía el paisaje apacible.

Considere que disponia de un buen tiempo hasta que el resto del grupo se despertara o Don Kala volviera, de modo que decidí aventurarme hacia la gran loma que coronaba la zona.

No era más que un sendero inclinado, apenas salpicado por vegetación dispersa, que dócil y desordenada, no imponía Resistencia.

El silencio persistía, el aire era increíblemente puro mientras la tierra aún húmeda, se cubría de una alfombra de hojas marrones en descomposición que crujían delicadamente bajo cada uno de mis pasos.

La caminata fue un pequeño deleite, una tregua perfecta entre el tiempo y la naturaleza.

Hubiera podido alcanzar la cima en menos de veinte minutos pero preferí dilatar el trayecto, demorándome en los matices de la luz que filtraban las ramas, en la textura del sendero, en los olores que fluctuaban con la brisa.

Al llegar a la cima, hallé una roca solitaria.

Daba la impresión de que el tiempo la hubiera modelado a propósito, como un asiento improvisado para quienes, de vez en cuando, llegaban hasta ese lugar.

No me senté por cansancio sino por una obediencia más honda: el destino había dispuesto esa roca en ese lugar preciso, y quebrar ese designio le habría parecido una forma de desacato.

La piedra estaba allí para ser asiento y yo no tenía otra opción que cumplir lo que ya había sido decidido.

Despues de todo, había ascendido hasta allí en busca de eso, de un efímero lapso en el que el mundo mismo se suspendiera: incliné la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y respiré profundamente, dejando que el aire, tan puro que parecía pertenecer a otro tiempo, llenara mis pulmones.

Exhalé lentamente por la boca, permitiendo que mis hombros se relajaran, soltando esas cargas invisibles que todos, en algún rincón de nuestra existencia, solemos cargar.

Y en ese instante, imposible de medir pero eterno en su intensidad, en ese lapso incontable, fui libre.

Sabía que no debía prolongar aquel instante más allá de su exacta medida; la perfección es un arte que solo sobrevive en la brevedad.

Me incorporé con la lentitud de quien abandona un santuario, estiré la espalda, y me puse de pie sobre la roca en busca de una visión más amplia.

Desde aquella altura, el mundo se desplegaba ante mí como una vasta sinfonía de verdes, un manto ininterrumpido de vegetación cubría el valle, denso y exuberante, como si ningún ser humano hubiera osado pisar jamás ese rincón del mundo.

A lo lejos, las montañas se erguían, blancas y solemnes como guardianas silenciosas de la cordillera, inmóviles ante el paso del tiempo.

Entre aquella espesura, mi vista tropezó con una línea serpenteante, un trazo que, con austera elegancia, partía en dos la uniformidad del verde.

Supuse que era un cauce de agua, aunque la distancia volvía incierta su magnitud.

Comencé el descenso hacia la cabaña con un ritmo deliberadamente pausado, como si el mundo me pidiera saborear cada paso, cada respiro.

Observaba con atención cada detalle que se desplegaba ante mí, deteniéndome con frecuencia y también asegurando cada paso, pues el terreno, mojado y traicionero, me recordaba que la aventura podría convertirse en un tropiezo si la prudencia no guiaba mis movimientos.

A unos cuatrocientos metros de la cabaña, algo interrumpió la calma que rodeaba el paisaje, como una nota discordante en una melodía perfecta: una figura solitaria avanzaba entre la vegetacion.

La reconocí de inmediato, no por sus rasgos ni su porte, sino por la prenda que llevaba.

Su campera naranja, tan vibrante y estridente que parecía sacada de una discoteca de los ochenta, y que se erguía contra la sobriedad mineral de la cordillera, brillando con descaro inusual en medio del armonioso paisaje.

Era Andrea. Al acercarme, pude ver en su rostro una expresión que no era de calma, sino de preocupación, como si el magnífico paisaje que la rodeaba no fuera suficiente para ocultar una inquietud.

Me sorprendió verla sola, pues las chicas eran inseparables.

—Hola —la saludé amablemente.

—Hola —respondió, mirando a su alrededor—. ¿Has visto a Don Kala por aquí?

—No. No lo he visto desde anoche. Me levanté temprano y no estaba.

—No está por ningún lado —dijo con un tono de inquietud evidente.

—¿No dijo nada antes de irse?

—Solo que iba a dormir en el camión. Dijo “buenas noches” y absolutamente nada más.

Parecía más turbada de lo que la situación, a mi entender, justificaba.

Di un par de pasos resueltos y con un ademán, le indiqué que regresáramos a la cabaña.

Intenté mantener un ritmo razonable, pero pronto advertí que Andrea, con un andar torpe y vacilante se iba quedando atrás.

Comprendí entonces que sus zapatillas náuticas de suela fina y plana le transmitían tortuosamente cada puedra e imperfección del terreno, sumado a lo incómodo de sus muy ajustados jeans.

En el escaso tiempo que duró el trayecto intenté, sin éxito, disipar la tensión con comentarios inocuos, pequeñas banalidades arrojadas al aire que se disolvieron en el aire sin dejar rastro. Andrea no respondió; ni un gesto, ni el más mínimo cambio en su ceño.

Al llegar a la cabaña, el contraste fue desconcertante.

Lorena, ajena a toda inquietud se balanceaba en una hamaca paraguaya, entregada a la parsimonia del momento.

El sol, cómplice de su indolencia, acariciaba su piel con la calidez de quien no tiene prisa.

La imagen poseía una serenidad casi insolente, un cuadro perfecto de despreocupación, como si en su universo ya no quedaran preguntas por responder.

Hasta ese momento siempre había considerado a las dos como un binomio indivisible, como dos almas cuyas arquitecturas mentales eran casi gemelas.

Y, sin embargo, allí estaban: enfrentadas a un idéntico presente, pero entregadas a él con disposiciones tan divergentes que parecían un abismo.

El resto del grupo estaba reunido alrededor de la mesa tomando mate.

Su actitud reflejaba una moderada preocupación, lanzando algunas especulaciones vagas sobre lo que podría estar ocurriendo.

Esa actitud armonizaba mejor con mi propia percepción de la situación y, por ello acepté la invitación de integrarme al círculo.

No obstante, decidí no sentarme; quería mantenerme erguido, activo, como si en mi postura pudiera eludir la pasividad que reinaba.

—Qué raro que Don Kala se fuera así —comentó Fito.