Capitulo 7 La Cabaña #3
Intenté varios emprendimientos, pero la verdad es que fracasé en todos.
Estas tierras, que alguna vez fueron nuestro orgullo ahora pertenecen más a algún obeso y burócrata banquero de la capital que a mí.
Creo que tengo dos o tres embargos sobre esta tierra, pero cuando vengan a quitármelas, van a tener que hacerlo por la fuerza.
Yo no conozco otra cosa ni sé hacer otra cosa.
Estas tierras son mi vida, y si vienen por ellas, tendrán que sacarme muerto.
Se hizo un silencio incómodo con una densidad que sobrepasaba lo habitual. La mayoría habría usado aquella expresion como una fórmula gastada por el uso, pero en la voz de Don Kala—opaca, melancólica, teñida de un rencor antiguo—resonaba una intención de verdad.
Fue Lorena, fiel a su irrenunciable vocación por la palabra, quien quebró el penoso silencio que se había aposentado sobre la mesa.
Con la desenvoltura de quien desconoce la incomodidad, inquirió a Fito sobre su origen.
Él, quizás ya suavizado por el alcohol, encendió un cigarrillo con la indiferencia de quien no reconoce en los demás una instancia digna de consulta.
Luego, exhalando el humo con deliberado desgano, respondió con un gesto desapegado:
—Trabajo como técnico en la cooperativa de energía.
Lorena, sin renunciar a su curiosidad —y, me atrevo a sospechar, sin advertir del todo el hermetismo de Fito—, no tuvo reparos en indagar un poco más —¿Hijos? ¿Pareja?
Fito, tras una profunda pitada que pareció mezclar indiferencia y agotamiento, respondió con una franqueza desprovista de adornos, levantando su cerveza como si sellara su declaración:
—Esas cosas no son para tipos como yo.
No hacía falta profundizar más; el grupo entero parecía haber comprendido, sin necesidad de palabras adicionales, sobre Fito y su manera de encarar la vida. Ante el vacío que siguió, fue mi voz la que, casi por inercia, llenó el espacio con una propuesta pragmática:
—Bueno, hagamos una rápida presentación cada uno.
Dirigí la mirada a Lorena, confiando en que ella, con su energía, podría animar cualquier situación. No me equivoqué en mi presagio:
—Nosotras nos conocimos en una clase de yoga —comenzó diciendo, sonriente—.
Yo trabajo en el Banco de la Provincia con Martín, él es mi jefe.
Andrea trabaja de manera independiente como contadora.
Nuestro único hijo es Salomón, el bulldog francés de Andrea.
Ninguna de las dos tiene pareja por ahora.
Nos gusta la aventura, somos espontáneas.
Más de una vez, cuando teníamos días libres, nos miramos, armamos las maletas y partimos sin rumbo fijo.
Andrea, con una seriedad que contrastaba con la energía de Lorena, continuó la descripción matizando sus palabras:
—Soy de Buenos Aires. Estoy aqui desde hace poco más de dos años.
Me recibí de contadora, y mi padre quería que trabajara en el estudio familiar, pero para ser honesta no nos llevábamos muy bien.
De haber trabajado juntos, hubiera sido una batalla.
Vine a la zona sin conocer a nadie y voy a Buenos Aires muy poco; casi no hablo con mi familia.
—Yo tampoco me hablo con mi familia —interrumpió Valeria, encogiéndose de hombros con tono despreocupado—: No es el fin del mundo.
Don Kala intervino levantando ambas manos en un gesto de fastidio:
—La familia solo trae problemas.
Valeria, con la practicidad de quien ha aprendido a contar su historia mil veces, se sirvió el vino hasta un punto cercano al desborde de la copa y continuó:
—Siempre tuve problemas con mi padre. Decía que las mujeres no deberían trabajar ni ser profesionales.
Su favorito siempre fue mi hermano, y ahí lo tienen: apenas terminó la secundaria.
Mientras tanto, "la nena" se convirtió en geóloga.
Mi madre intentaba mediar, pero nunca funcionó.
Estudié mucho, más por odio que por otra cosa, para demostrarle a mi padre que estaba equivocado.
Con mis primeros sueldos ahorrados, me fui una fría madrugada de casa sin decirle nada a nadie.
El ambiente se colmó nuevamente con un silencio denso como si el aire mismo estuviera cargado de significados no expresados.
Yo había llegado a este lugar con la esperanza de escapar de la rutina, de hallar en esta experiencia algo que se asemejara a la aventura, tal vez a la diversión que tanto necesitaba.
Sin embargo, hasta ahora solo había encontrado relatos teñidos de melancolía, historias de vidas atrapadas en las redes invisibles de los conflictos.
Cada palabra parecía pesar más que la anterior, y la promesa de una noche ligera y divertida se desvanecía.
El turno de hablar le correspondía a Martín o a mí, pero él permaneció en silencio.
Su mutismo no hacía más que profundizar la incomodidad que flotaba en el aire y, para mi fortuna, antes de que yo pudiera tomar la palabra Don Kala se levantó de su silla y dio por terminada la cena con una indicación práctica: —Bueno, vayan a dormir.
Como ésta es la primera noche y sé que algunos vienen de lejos los dejaré descansar bien.
A partir de mañana implementaremos guardias de cuatro horas, estilo militar.
Una cosa más: vamos a cargar todo lo sobrante de comida y bebida en la caja del camión.
Ahí estará mejor refrigerado que dentro de la cabaña.
Me levanté con rapidez, como si el tiempo mismo me apremiara, dispuesto a seguir las instrucciones con una disciplina que en ese momento estimaba necesaria.
Los demás, excepto Martín, se pusieron en movimiento casi con la misma urgencia.
Nos organizamos con la precisión de un engranaje, cargamos lo que quedaba de comida en el camión, y lo que considerábamos ya carecía de valor, lo arrojamos al tacho, sin más ceremonias.
En silencio tomé los platos y los llevé a la cocina para lavarlos.
Al abrir el grifo, el agua brotó con una frialdad que entumeció al instante mis manos, y un suspiro de resignación escapó de mis labios.
Pero al cabo de unos segundos, algo muy grato sucedió: el agua comenzó a calentarse gradualmente, como si el mundo mismo hubiera decidido ofrecerme una tregua.
Mientras los platos se iban deslizando entre mis manos Lorena se acercó sin pronunciar palabra y con una sonrisa apenas perceptible, me dio un leve caderazo para hacerse espacio a mi lado y comenzó a secar lo que yo iba dejando.
—Nunca acostumbro a secar los platos —sentencié.
—Yo tampoco —respondió sonriendo.
—Siempre me pareció una pérdida de tiempo. Los dejas a un lado, y al rato están secos por arte de magia.
—Exacto!! Además, yo vivo sola, lo mío es un plato, un tenedor y un cuchillo. Ni siquiera cocino; siempre compro comida hecha.
Andrea surgió por detrás de nosotros, y su risa, ligera como el aire se deslizó entre las sombras del momento.
—Si tuviera mi teléfono a mano, les tomaría una foto. La frase, aparentemente trivial, me dejó un instante perplejo, ellas llevaban sus teléfonos pegados a la piel, como una extensión inevitable del cuerpo.
—¿Le sucedió algo a tu teléfono? —pregunté, confundido.
—Nada. Solo los estamos cargando —respondió Lorena sin esfuerzo, con una naturalidad que hacía parecerlo evidente.
—Queda poco tiempo antes de que Don Kala apague el generador—Remató Andrea
Me sentí, de repente, algo torpe, como si una verdad elemental me hubiera sido ajena.
No había reparado en algo tan simple como intentar cargar lo máximo posible mi teléfono.
Sin perder un segundo subí a la habitación, busqué el cargador y lo conecté con movimientos apresurados.
El porcentaje de batería que se reflejaba en la pantalla como una amenaza silenciosa, marcaba solo 1 linea.
Justo entonces escuché el sonido del motor del camión.
Bajé a toda prisa para averiguar qué ocurría y me encontré con el vehículo alejándose lentamente hacia la penumbra.
Fito estaba allí, recostado contra el umbral de la cabaña.
La brasa de su cigarro ardiendo en la oscuridad brillaba como una diminuta estrella.
—¿Qué pasa, Fito? ¿El viejo Kala se va? —pregunté.
Fito exhaló una nube perezosa antes de responder
—No. Dijo que va a estacionar el camión a unos 30 o 40 metros de la cabaña, por si aparecen animales o algo así. Eso dijo.
Me encogí de hombros. No tenía sentido para mí, pero antes de que pudiera añadir algo, Fito aclaró:
—También mencionó que va a dormir en el camión.
Segundo baldazo de agua fria a mi orgullo en 10 minutos.
Yo, que solía considerarme un hombre que prestaba especial atención a los detalles, no pude advertir que, aunque sobraba espacio, Don Kala no había preparado ningún lugar para dormir en la cabaña.
Quizá era una vieja costumbre suya, un gesto deliberado para marcar jerarquías, o tal vez solo el hábito inveterado de un hombre acostumbrado a su propia soledad.
A solicitud de Don Kala, Fito apagó el generador exactamente a las 23.
59. La cabaña, súbitamente despojada de toda luz pareció retroceder al instante primordial de su existencia, iluminada apenas por el resplandor intermitente de alguna linterna o teléfono y por el distante fuego.
Mi teléfono apenas había recuperado algo de su carga.
No le di la importancia que debería ya que la fatiga me reclamaba con insistencia.
Fui el primero en subir por la escalera crujiente, me tendí en la cama, y el mundo se desvaneció en cuanto mi cabeza tocó la almohada.