El Perfil Adecuado Capitulo 7 La Cabaña #2
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Capitulo 7 La Cabaña #2

Cuando todos estuvieron finalmente acomodados, Don Kala anunció que teníamos el resto de la tarde libre.

Varias ideas para usar ese tiempo cruzaron mi mente, pero la fatiga pesaba más: había estado despierto desde las cinco de la mañana y el fantasma de tener que hacer guardias nocturnas rondaba con insistencia en mi cabeza. Decidí que lo mejor era dormir un rato.

Cuando todos se fueron de la habitacion me desvesti rapidamente y me meti en mi improvisada cama. Aunque era pleno dia y el lugar era bastante Luminoso, caí en un sueño profundo casi de inmediato, ajeno a cualquier ruido o conversación.

Cuando abrí los ojos, la habitación estaba sumida en la penumbra azulada del atardecer, vacía y en completo silencio. Me incorporé despacio, con la sensación de haber dormido apenas unos minutos, pero al mirar el reloj comprobé que eran ya las ocho de la noche.

Todo estaba exactamente como lo recordaba antes de dormirme, excepto por un detalle: la bolsa de dormir de Valeria estaba abierta y un poco arrugada.

Supuse que ella también había aprovechado la tarde para descansar un poco, aunque en algún momento debió haberse levantado sin hacer el menor ruido.

Afuera, el murmullo distante de voces y el aroma tenue de humo prometían el inicio de una linda noche en este rincón remoto del mundo.

—¡Por fin! —me gritó Don Kala al verme salir de la cabaña.

Se encontraba preparando todo para hacer un asado en una improvisada parrilla ubicada a unos 20 metros de la cabaña.

Sobre una tabla áspera y poco higiénica descansaban varios cortes de carne.

Don Kala se movía como una sombra incansable, orquestando cada detalle con la precisión de un veterano.

Cerca, una mesa blanca de camping —modesta en su estructura, casi deliberadamente olvidable— se erguía con seis sillas en torno.

Sobre ella reposaban trozos de pan, algunos tentempiés y botellas —unas de apariencia sobria, otras claramente alcohólicas— que insinuaban la proximidad de una comunión mundana.

Don Kala sin embargo, no parecía necesitar ni un sorbo para mantener su energía: organizaba el espacio, inspeccionaba la mecanica del camión, reabastecia el generador y acarreaba bultos con la determinación de quien lleva el peso del mundo sin pedir ayuda.

A unos metros, Fito permanecía en silencio, con el humo de su cigarrillo dibujando efímeras espirales en el aire mientras observaba sin prisa el entorno.

Las chicas, despreocupadas, se entretenían con selfies y sus risas generaban un eco contrastante en aquel paisaje agreste.

Martín por su parte, estaba hundido en una silla con varias botellas vacías a su lado.

Nunca fui un experto en asados, pero el dinamismo magnético de Don Kala me empujó a ofrecerle mi ayuda.

—¿Necesitas una mano? —le dije.

Su rostro curtido se iluminó con un destello de gratitud.

—Claro, ¡se agradece!

Mientras colocábamos la carne y avivábamos las brasas, sentí que algo cambiaba en la atmósfera del grupo.

Detecte en casi todos una vergüenza discreta, casi elegante, como suele ser cuando se reconoce una verdad evidente demasiado tarde.

Sin necesidad de palabras, el grupo comenzó a moverse intentando ayudar.

Fito aplastó rápidamente el cigarrillo contra la tierra y se acercó a la parrilla.

Noté que la madera disponible estaba algo húmeda, y sabía que avivar el fuego no era uno de mis talentos: lo lograba, sí, pero con esa mezcla de azar y torpeza que puede fácilmente transformarse en humillación pública.

Y en un grupo recién formado, el ridículo siempre es un riesgo latente.

—¿Podrías encargarte del fuego mientras yo preparo la carne? — le pedí, midiendo cuidadosamente mis palabras para no develar que quizás, me conocía demasiado incompetente para hacerlo bien.

El artilugio funcionó. Sin decir más, Fito se agachó frente a las brasas y, en menos de un minuto transformó aquel caos de humo y madera húmeda en un espectáculo digno del inframundo.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —le pregunté, genuinamente impresionado.

—Viendo un video de cocina —respondió con una ironía seca que no admitía réplica.

Era una broma, claro, pero la evasiva me dejó algo en claro: no tenía interés, al menos en ese momento, en hablar de sí mismo.

Había en su figura algo estoico, una suerte de hermetismo que evocaba al gaucho solitario.

No quise perturbarlo. Me quedé en silencio, dispuesto a esperar que fuera él quien iniciara alguna conversación, pero simplemente se quedó allí, inmóvil frente al fuego, entrecerrando los ojos como si estuviera viendo algo más allá de las llamas.

¿Qué estaría pensando? O mejor aún, ¿Qué estaría recordando?

Era imposible saberlo, pero su silencio tenía una gravedad que invitaba al respeto.

Como siempre, Lorena acudió al rescate, imbatible en su don para disipar la incomodidad. Su andar ligero cortó el aire denso del silencio mientras se acercaba con una sonrisa franca iluminada por el fuego.

—¿Qué tal? ¿Cómo marcha todo?

—No sé. Solo puedo decirte que hay fuego —respondí con una sonrisa.

—Bueno, al menos no vamos a pasar frío. ¿En qué puedo ayudar? —preguntó.

Antes de que lográramos articular respuesta, un grito ronco atravesó el aire, seguido de un improperio que rebotó contra las montañas. Don Kala se retorcía casi por completo dentro del motor del camión maldiciendo a cada uno de los tornillos oxidados.

Dejé la comida en las manos capaces de Fito y Lorena y me acerqué al camión. Don Kala, sudoroso y con una llave inglesa en mano, refunfuñaba:

—Es la bomba inyectora. Se traba, no llega gasoil, y el camión a veces se para. Por suerte hoy no pasó. Estoy tratando de aflojar la mariposa, pero estos tornillos están oxidados hasta el alma.

—Tengo un tarro de afloja todo en mi camioneta —ofrecí.

—No nos sirve si no lo tenemos aquí —contestó cortante haciéndome sentir un idiota

—¿Y si le echamos bebida cola? Dicen que afloja tornillos —sugerí.

—Eso es un mito, muchacho —sentenció con autoridad haciéndome sentir nuevamente un idiota

Su tono seco dejaba poco margen para más conversaciones y considere que tal vez mi presencia no era bienvenida.

Después de todo, existen hombres —y me cuento entre ellos— para quienes la intromisión ajena en momentos de trabajo no es sino una forma menor del infortunio.

Me di la vuelta y comencé a regresar a la parrilla, cuando su voz, esta vez menos áspera, me alcanzó.

—¿Podrías darle arranque al camión?

Subí a la cabina y, siguiendo la señal de Don Kala, giré la llave.

El motor respondió al primer intento, lanzando un rugido robusto pero armónico.

Mientras mantenía el motor en marcha, mi curiosidad tomó el mando.

Los controles del camión, austeros y sólidos, parecían reliquias de otra era, un testimonio de tiempos donde la funcionalidad triunfaba sobre el ornamento.

Al explorar la cabina encontré el anotador de Don Kala y descubrí que no contenía escritura alguna sino garabatos, tachones y líneas indescifrables.

Recordé entonces la escena más temprano, cuando Don Kala había simulado leerla antes de llamar a Valeria acertadamente por su nombre con la seguridad de quien consulta información precisa.

Y al posar la mirada sobre esa misma ilegible hoja me había asegurado que mi presencia no estaba registrada.

—¡Listo! ¡Apágalo! —gritó desde el frente, cerrando el capó de un golpe seco.

Volví al presente, apagué el motor, deje el anotador exactamente donde estaba y bajé justo a tiempo para encontrarme con su figura robusta.

Con un gesto breve, me dio un pequeño golpe en el hombro, un agradecimiento contenido, escueto, pero sincero.

No creía haber hecho gran cosa, pero al regresar a la parrilla noté que poco había cambiado en el ambiente.

Martín seguía aislado, hundido en su propia burbuja, mientras Andrea y Lorena bombardeaban a Fito con preguntas que él respondía con visible resignación, como un guía primerizo enfrentado a un tour de turistas insaciables.

Finalmente, el momento esperado llegó.

—¡Listo! ¡A comerrr! —anunció Fito con orgullo, con el humo ascendiendo triunfante detrás de él.

El grupo se movió de inmediato, para poner la mesa y encargarse de los últimos preparativos. Nos sentamos en torno al festín y poco a poco la conversación comenzó a fluir. Despojado gracias a las dulces artimañas del vino, de las cautelas que la razón impone, Don Kala comenzó a hablar

— Estas tierras han sido de mi familia desde que mi abuelo llegó en el 45, herido por la guerra, arrastrando con él una esperanza tan frágil como el eco de su propio exilio.

Todo esto, hasta donde alcanzan sus ojos, le perteneció.

Mi abuelo fundó una empresa maderera desde cero, talando araucarias con sus propias manos...

Comenzó él solo, armado únicamente con un hacha manual y una carreta.

Vivía en una cabaña que hoy ya no existe, ubicada cerca del río, y desde allí empezó a vender madera de araucaria a todo el país.

Fue un negocio próspero. El galpón donde ahora dejamos los vehículos era el almacén principal de madera.

La empresa llegó a tener cuatro camiones, maquinaria pesada, 25 empleados y hasta una oficina en Caviahue.

Alcanzó su apogeo cuando mi padre tomó las riendas a principios de los años 80.

Pero en 1982, aprobaron una ley de impacto medioambiental que lo cambió todo.

Literalmente, de un día para el otro, talar una araucaria se convirtió en un acto ilegal.

Para no alargar la historia, la empresa quebró.

Mi padre se refugió en la bebida, y las deudas nos devoraron.

En 1983, mientras yo estaba en Cobunco haciendo el servicio militar, encontraron a mi padre muerto en su habitación víctima del alcohol. Mi madre falleció poco después, y mi única hermana decidió mudarse a Buenos Aires. No volví a saber nada de ella.