El Perfil Adecuado Capitulo 7 La Cabaña
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Capitulo 7 La Cabaña

Finalmente, después de unos cuarenta y cinco minutos de sacudidas y estrépitos, el camión finalmente se detuvo en una planicie vasta y serena.

Desde dentro Fito destrabó con destreza uno de los pasadores de la compuerta trasera y Martín desde el otro lado forcejeó sin éxito con el segundo.

Viendo una oportunidad para lucirme, decidí actuar.

Me impulsé con fuerza, saltando por encima de la compuerta aún cerrada, en un movimiento elegante y decidido al más puro estilo cowboy.

Aterricé con firmeza frente a Don Kala, quien ya se acercaba con calma a la parte trasera.

Noté una satisfactoria sonrisa apenas perceptible en su rostro curtido por el sol.

Había logrado demostrar algo de habilidad al grupo, y para mi grata sorpresa, el dolor en las rodillas y la cadera no había sido tan grave como temia.

El lugar era un claro circular rodeado de vegetación.

En el centro, una cabaña de piedra de dos pisos se alzaba con una fachada tan pintoresca como robusta.

Transmitía similar sensación que el galpón, llevaba las huellas de una grandeza que ya no existía, un vestigio de esplendor que ahora languidecía en el abandono.

Las paredes, desprolijas y desalineadas, parecían erguirse no por la necesidad de habitar, sino por un impulso primigenio, un deseo eterno de resistir y de desafiar las inclemencias de tan agreste lugar.

Los ventanales, pequeños y rectangulares, tenian solidos postigos ciegos de madera, como si la cabaña estuviera menos interesada en el mundo que la rodea y más en lo que permanece oculto en su interior.

Sin embargo, lo que me resulto más extraño de la cabaña no era su aspecto, ni su solitaria ubicación en el margen de la memoria; sino lo inusual en su carga invisible, esa presunta atemporalidad que parecía envolverla. Había visto muchas cosas en la vida, pero esa cabaña transmitía algo único.

Respiré profundamente el aire fresco. Este lugar, tan distante y tan olvidado era lo que había buscado con una mezcla de ansia y desdén: una experiencia que solo la cordillera puede ofrecer. Por ahora todo parecía marchar bien, pero intuía que este bienestar podía ser tan precario como efímero.

Ingresamos a la cabaña con cautela, como si cada rincón escondiera un secreto antiguo.

Observe que una gran cantidad de polvo se había acumulado bajo el umbral de la puerta, un manto gris que se deslizaba como una cortina olvidada.

Era una señal inequívoca de que el lugar había estado cerrado durante mucho tiempo.

Sentí el denso y profundo olor a meses de encierro y madera algo húmeda.

Lo primero que atrajo mi atención fue una estufa a leña cuya presencia parecía infundir al ambiente una calidez que desbordaba las frías paredes de piedra.

El piso era de loza de cemento pintado de negro, rugoso y firme bajo los pies.

Las paredes, entrelazadas de piedra y madera, reforzaban la sensación de solidez.

A la derecha, se encontraba una cocina moderna con su mesada y bacha, notoriamente mas modernas que el resto del moviliario.

Aunque su aspecto desentonaba con el resto del mobiliario, me sentí agradecido por la simplicidad de su utilidad.

Al fondo, una rustica pero firme escalera de madera conducía al piso superior.

En un rincón junto a la cocina, una puerta de madera algo torcida por el paso del tiempo daba acceso a un baño rudimentario.

Primero, un ante baño, modesto pero decorado con un ornamentoso espejo, seguido de una segunda puerta aún más precaria que ocultaba el inodoro y la ducha.

Subimos para explorar la planta alta, un espacio rectangular y vacío que se extendía bajo un techo inclinado.

En el suelo, dispersos y sin orden, yacían unos 10 o 12 colchones viejos y delgados, desmoronados por el tiempo, como vestigios de unas vidas que ya no habitaban allí.

Yo, habituado a ese tipo de condiciones, observaba con indiferencia, pero no pude evitar notar cómo Lorena y Andrea al ver la escena, llevaron las manos a la boca en un gesto involuntario de desagrado.

Don Kala subió detrás de nosotros y con voz pausada, comenzó a impartir las normas esenciales para la convivencia en aquel lugar: Como mantener el orden y la limpieza, y despojarse del calzado antes de subir “al dormitorio”.

Su tono era práctico y monótono como si ya hubiera pronunciado esas mismas palabras muchas veces.

Explicó que no había heladera ni otro método de refrigeración y que la electricidad dependía de un viejo generador que solo se encendería de 21:00 a 24:00.

—¿El agua es potable? —pregunté.

—Buena pregunta. No, no es potable —respondió—. Voy a traerles bidones de agua buena para que recarguen de ahí.

—¿Y durante la noche? ¿Hace mucho frío? ¿Encendemos la hoguera? —insistí.

—Si el ambiente se pone demasiado frío, la persona de guardia se encargará de mantenerla encendida —contestó.

La idea de las guardias no me entusiasmaba en absoluto.

Si bien nunca me había molestado enfrentar el frío, el hambre o el cansancio, algo que realmente detestaba era no poder dormir.

Por lo que había observado hasta el momento las guardias parecían innecesarias, salvo para cuidar el fuego.

Al resto del grupo no pareció perturbarle la idea, o acaso —arrastrados por esa indiferencia tenue que a veces impone el momento— simplemente la dejaron pasar.

Andrea, con una mueca resignada, miró su teléfono y al ver la pantalla informó sin sorpresa que no había señal. Revisé el mío, confirmando lo que ya imaginaba. Nada. La desconexión era total.

Una vez concluida la presentación del lugar, me apresuré a bajar mis pertenencias, buscando en la premura el lugar que ofreciera la mayor promesa de descanso.

Logre ser el primero en subir con mi saco de dormir y tras una rápida evaluación, opté por el colchón más alejado de la escalera, arrinconado contra la pared donde el techo se elevaba más.

Ademas el tubo de la chimenea pasaba cerca, lo que lo hacía al menos en teoría el lugar más cálido de la habitación.

El colchón, sin embargo, era una decepción palpable: delgado, vencido por el uso, con manchas de un origen incierto y un olor rancio a transpiración que se pegaba al aire.

Realicé el procedimiento que ya era costumbre en mí: extendí mi bolsa de dormir sobre el colchón, improvisé una almohada con algo de ropa y con la luz de mi linterna, inspeccioné minuciosamente las grietas de la madera en busca de arañas que intentaran compartir el espacio conmigo durante la noche.

Finalmente, dejé la linterna a mano por si fuera necesaria.

El espacio, aunque grande, carecía de divisiones, lo que significaba que hombres y mujeres compartiríamos la misma habitación.

Lorena, Andrea y Martin tomaron un rincón juntos, aunque las chicas se alejaron significativamente de Martin y pegaron sus colchones entre sí, rociándolos con exageradas cantidades de spray desinfectante.

El gesto de ambas mujeres, al separarse deliberadamente de Martín no me pasó desapercibido.

Había algo sutilmente revelador en esa distancia, era quizás, una señal silenciosa de que no existía entre ellos gran confianza.

Fito, más acostumbrado a estas condiciones, se acomodó cerca de mí, también cercano al tubo de la chimenea, intuyo que bajo el mismo razonamiento que yo.

Valeria, al ser la última en subir, tomó el ultimo rincón disponible.

Noté que había más colchones que personas y sin dudarlo tomé uno extra para deslizarlo bajo el mío, buscando la suavidad que el primero no podía ofrecer, pero la combinación de dos con algo de suerte sí.

Al principio, los demás me observaron con sorpresa, pero en cuestión de segundos el gesto se convirtió en una pequeña imitación colectiva.

Fito, quien por su lenta reacción se vio privado de un colchón adicional, intentó disimular su frustración con un comentario que buscaba desmarcarlo de cualquier atisbo de comodidad: algo sobre no necesitar más que el suelo de rocas para dormir.

—¿Qué hacías con la linterna? — me preguntó Andrea con curiosidad.

—Buscaba arañas —respondí con serenidad, casi sin pensar lo que mis palabras podían provocar—. Suelen esconderse en las grietas de la madera.

El cambio en su expresión fue inmediato: el miedo le desdibujó el rostro en una mueca indescriptible, mezcla de repulsión y alarma. Por simple empatía, consideré prudente no añadir nada más, pero Fito no pudo resistir la tentación.

—En esta zona pueden ser del tamaño de un puño y por la noche buscan un poco de calor. Como el que puede ofrecerle un humano y su saco de dormir.

Aunque pretendía ser solo una broma cruel, sus palabras no estaban tan alejadas de la realidad. Las arañas de rincón, del género Loxosceles son habitantes discretos pero peligrosos de esta región, y suelen salir por las noches.

Andrea comenzó a recoger sus pertenencias en un arrebato de pánico.

Lorena intervino con rapidez, deteniéndola con una mano firme sobre el brazo y un susurro que no logré escuchar.

Lo que fuera que dijo, pareció bastar: Andrea, aunque visiblemente afectada, se detuvo y se quedó en su lugar, no sin lanzar miradas recelosas hacia cada rincón de la habitación.

Para calmarla, agregué:

—Revisé casi toda la pared y no encontré nada, así que es poco probable que haya arañas.

Era, lo admito, una mentira piadosa. Había revisado solo mi sector y no con demasiada meticulosidad. Por un instante pensé en sugerir que inspeccionáramos toda la cabaña, pero deseché la idea de inmediato, si encontrábamos algo, Andrea probablemente saldría corriendo de ahi.