El Perfil Adecuado Capitulo 6 Los Seis #3
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Capitulo 6 Los Seis #3

Mientras tanto, las chicas comenzaban a sacar varias maletas, propias de aeropuertos, con rueditas y manijas telescópicas que en este terreno parecían más un obstáculo que una solución.

Necesitaban ayuda y sin mediar órdenes ni pausas, nos fundimos en una cadena humana que se erigió por instinto.

El trasiego de bultos hacia el camión se volvió un mecanismo de relojería inesperado, donde cada mano era un engranaje sorprendentemente eficaz.

Si la meta de aquel campamento era, precisamente, cincelar la colaboración y el espíritu de equipo habiamos comenzado con buen pie.

Entonces, el rugido de un motor interrumpió la armonía improvisada.

Por el rocoso camino irrumpió la silueta de un SUV gris, cuya velocidad superaba con creces el límite de la cautela.

El vehículo levantaba una considerable nube de polvo mientras se acercaba con determinación hacia donde estábamos.

Al llegar, sin vacilar ni mediar palabra, el vehículo se deslizó hasta el galpón, siguiendo con exactitud las improvisadas instrucciones que Don Kala le había impartido con celeridad.

La conductora, única ocupante del vehículo, descendió sin pausa, cargando dos mochilas en las manos.

—¿Valeria? —preguntó Don Kala, con la hoja en mano y una expresión que mezclaba concentración y certeza anticipada.

—Sí —respondió ella con apuro y sin titubeos

Era rubia, pero no de esas rubias de catálogo que huelen a perfumes caros y tardes sin viento.

No, lo suyo era un dorado áspero, de sol y caminos largos, cabello perfectamente liso como si el viento hubiera decidido simplemente pasarle de largo.

Su piel, clara y tersa, irradiaba una luminosidad que no evocaba fragilidad sino resistencia.

Vestía como si estuviera lista para cualquier adversidad, con botas de montaña de caña alta y suela con fuerte ataque.

Vestia con ropa abrigada y práctica, despojada de adornos inútiles, prendas que no buscaban ser vistas sino usadas.

Tras un saludo breve al grupo y una disculpa escueta por el retraso, Valeria cargó sus mochilas al camión sin necesitar ayuda. Sus movimientos, precisos y eficaces, hablaban un lenguaje propio: el de quien está acostumbrada a resolver, sin excusas ni peticiones.

Una vez cargadas todas las pertenencias del grupo, Don Kala cerro el oxidado portón y luego lo aseguro con una gruesa cadena y un pesado candado. Sin ceremonias, guardó la llave en su mochila, como si aquel gesto sellara definitivamente nuestra partida.

Con un claro ademán, nos indicó que subiéramos a la caja del Unimog.

Fue entonces cuando Lorena, con una ingenuidad que rozaba lo absoluto, formuló una pregunta que, a decir verdad, le resultaba inevitable:

—¿Y el transporte para las personas?

Andrea, siempre más rápida y perspicaz, respondió con una certeza inapelable:

—Vamos atrás en la caja del camión.

La caja del Unimog conservaba su austera y firme identidad militar: bancos de madera dispuestos a ambos lados, con un leve acolchado desgastado, más simbólico que práctico, que apenas disimulaba la dureza de la madera.

El centro estaba completamente vacío, y por encima, una lona verde tensada sobre una estructura metálica que, en el major de los casos, ofrecía alguna logica protección en caso de lluvia.

El espacio estaba sucio, con manchas de grasa que testificaban años de uso rudo, pero lejos de inspirar desagrado, aquella suciedad me parecía parte integral del carácter del vehículo. Ademas, después de todo, había venido buscando una experiencia agreste.

Fui el primero en subir. Afirmé el pie en el castigado estribo de la compuerta trasera y me sujeté del pasamanos con determinación. Procuré un movimiento firme, ágil, sin titubeos: un salto que pretendía proyectar autoconfianza ante el grupo.

Dentro descubrí con cierta admiración, que Fito había dispuesto el equipaje con una eficiencia asomborsa.

Las mochilas y maletas estaban organizadas de tal manera que cada espacio parecía milimétricamente calculado, dejando el espacio justo para que todos pudieramos acomodarnos sin roces ni interferencias.

Me deslicé hasta el fondo y elegí uno de los asientos más cercanos a la cabina.

Sabía por experiencia que ese lugar central era estratégico para amortiguar los saltos, una consideración vital ante la inflexible suspensión los rústicos vehículos todoterreno.

Poco a poco, el resto del grupo fue subiendo y tomando sus lugares.

El espacio resultó ser más que suficiente.

Lorena, con gesto de ligera aprensión, sacó unas toallitas desinfectantes e intentó limpiar su asiento, pero tras gastar inutilmente unas tres o cuatro, dio un suspiro de rendición y abandonó el esfuerzo dejandose caer con resignación.

Don Kala cerró la compuerta trasera con un golpe seco que resonó en toda la estructura metálica. Verificó con un rápido vistazo que todos estuviéramos bien y sin mediar palabra, golpeó tres veces la chapa del camion, señal inequívoca de que estabamos listos para arrancar.

Para mi sorpresa, el Unimog arrancó al primer intento. Tras un estruendoso engrane de la primera marcha, el vehículo comenzó a avanzar con lentitud, balanceándose a travez del irregular terreno como una bestia que apenas despierta.

Desde el primer minuto, el trayecto resultó incómodo.

El camión, tosco y obstinado, parecía empeñado en hacernos sentir cada piedra y surco del camino, como si quisiera recordarnos que aquel paisaje no estaba hecho para el confort.

Los bancos de madera, duros y sin compasión, apenas ofrecían alivio.

Mi elección de asiento había sido parcialmente acertada; aunque los saltos del camion eran menos perceptibles en una posicion central, cerca de la cabina, el estruendo mecánico debido a mi cercanía con el motor era mayor.

Cualquier tipo de conversación grupal hubiera sido imposible, derrotada por el rugido constante del motor y el estrépito del metal.

Con cuidado, saqué el teléfono, asegurándome de que no se me escapara de las manos con los bruscos movimientos y miré la pantalla: 10:45. Apenas comenzaba el día, y ya estaba claro que el recorrido no sería amable.

El paisaje se transformaba con rapidez a medida que avanzábamos.

Pasamos de un espeso bosque a una zona casi pantanosa, donde el terreno se volvió más húmedo y lodoso.

Finalmente, llegamos a la orilla de un arroyo cuyo murmullo se filtró en el ambiente.

El camión se detuvo abruptamente, y el (para mi) familiar crujido de engranes resonó al activar la tracción 4x4.

Un segundo engrane, firme y definitivo, anunció la marcha baja.

El Unimog, fiel a su naturaleza indomable, avanzó sin titubeos hacia el desafío que tenía frente a él.

Aunque el arroyo era pequeño y poco caudaloso, Don Kala decidió abordarlo con extrema cautela, giro un poco el volante y avanzo en diagonal al cauce lentamente.

Asomándome por un agujero en la lona, observé que sus precauciones, aunque dignas de respeto, parecían casi innecesarias.

El arroyo no representaba ningún reto significativo; cualquier vehículo con buen despeje al suelo, incluso uno urbano, podría haberlo vadearlo sin esfuerzo y en línea recta.

Superado el pequeño arroyo, continuamos atravesando una sucesión de terrenos cambiantes: desde zonas pantanosas donde las ruedas resbalaban sobre el barro traicionero hasta terrenos rocosos formados por piedras volcánicas.

A lo largo de todo el trayecto preste especial atención a la posición del sol, que permaneció mayormente a nuestra derecha.