El Perfil Adecuado Capitulo 6 Los Seis #2
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Capitulo 6 Los Seis #2

—Yo soy Adolfo, pero me dicen Fito —respondió primero.

—Yo soy Martín —dijo el hombre del auto rojo, volviendo rápidamente la mano al bolsillo.

—¡Hola,. yo soy Lorena! —exclamó con entusiasmo la morocha.

—Hola, soy Andrea —añadió la castaña con más timidez.

—Hola, soy Lucas —me presenté al final.

Luego de las presentaciones Don Kala hojeó con lentitud las paginas de un viejo cuaderno anillado, arrugadas por el uso y llenas de notas y listas manuscritas. Luego, me mencionó algo preocupante:

—Lucas, no estás en mi lista. ¿Seguro que estás en el lugar correcto?

Intentando ser pragmatico busqué rápidamente en mi bolsillo y saqué la tarjeta que había recibido.

—Vengo por esto —dije, extendiéndosela.

Don Kala tomó la tarjeta y la examinó con detenimiento, sus ojos recorrieron cada detalle.

—Sí, sí este es el lugar —admitió finalmente encogiéndose de hombros con un dejo de resignación—. Pero no te tengo registrado.

Lorena intervino con entusiasmo.

—Es la misma que tenemos nosotras.

Y mostró su propia invitación colocándola junto a la mía.

Eran exactamente iguales, pero Don Kala permaneció un poco incrédulo, como si algo no terminara de encajar.

Saqué mi teléfono con la intención de mostrarle los mensajes de confirmación que había recibido, pero antes de que pudiera hacerlo levantó una mano en un gesto firme pero calmado.

—No hace falta

—Bueno, en cualquier caso, si no hay inconveniente con los cupos podria inscribirme ahora. Traje el dinero —dije amistosamente mientras me tocaba el pecho donde lo tenía guardado.

Don Kala asintió con un gesto medido y luego nos ofreció una charla introductoria que anticipó lo que estaba por venir.

Explicó que el campamento sería un riguroso viaje hacia lo esencial: un curso de supervivencia destinado a revelar, acaso sin misericordia, los límites del cuerpo y del espíritu.

Las actividades abarcarían desde técnicas de orientación, encender fogatas y cocinar al aire libre, hasta competencias más desafiantes, como primeros auxilios y liderazgo bajo presión.

Con una voz tajante, subrayó el valor irrenunciable del compañerismo, el sacrificio por el grupo como pilar y condición de toda prueba.

“Las tareas serán duras y en algunos casos peligrosas”, advirtió, golpeando sus puños a cada palabra y marcándolas con un tono casi militar.

Sus ojos recorrieron los rostros presentes, evaluándonos con fría determinación

—Si alguien tiene dudas, lo mejor es retirarse ahora y dejarlo para otro momento. Vamos a partir hacia la cordillera y no regresaremos al galpón hasta el día 20 —continuó—. Una vez que estemos en marcha, no habrá vuelta atrás salvo en casos extremos o por accidentes.

Nunca me consideré una persona soberbia, pero mi primera impresión fue que apenas dos de los cinco concurrentes estábamos preparados para afrontar el rigor de aquellas pruebas. Y no temo errar al suponer que Don Kala, desde su silencio inescrutable, había percibido lo mismo.

Aunque noté que las chicas compartieron una risa nerviosa de resignación, nadie se retiró.

—Ya estamos aquí — le dijo Lorena a Andrea, encogiéndose de hombros.

Don Kala caminó hacia el galpón y abrio con dificultad las pesadas puertas metálicas, que rechinaron como si la estructura misma sufriera al ser arrancada de su letargo.

Aunque deberíamos haberlo hecho, nadie tuvo el atino de ofrecerle ayuda.

Al abrir, quedó al descubierto un amplio galpón, cuya atmósfera parecía atrapada en el tiempo.

El interior estaba tan deteriorado como su fachada: las paredes mostraban cicatrices de humedad y años de abandono. El suelo, cubierto por una densa capa de polvo, estaba salpicado de manchas oscuras de aceite que parecían contar historias de motores rotos y herramientas olvidadas.

En una de las ventanas traseras, los restos de vidrios crizados reflejaban tímidamente la luz, añadiendo un aire casi espectral al ambiente.

El lugar, salvo por un pequeño baño ubicado al fondo, estaba desolado.

Solo un viejo Mercedes-Benz 230G, parcialmente desmantelado rompía la monotonía del espacio vacío.

—A partir de aquí viajaremos en el camión —anunció Don Kala con voz firme—. Dejen sus vehículos dentro del galpón; aunque viejo y maltrecho, es tan resistente como una araucaria. Aquí estarán seguros y bajo techo. Carguen todas sus pertenencias a la parte trasera del Unimog.

Por un instante, la idea de cancelar todo cruzó por mi mente como un destello tentador.

Caviahue estaba a menos de una hora de distancia y con el presupuesto que tenía podría refugiarme en una acogedora hostería, disfrutar de chocolate caliente y pasar el día contemplando el fuego chisporroteante de una chimenea con la promesa de no hacer nada.

No había obligación moral que me atara; ni siquiera figuraba en la lista oficial de participantes. Toda lógica me invitaba a desistir.

Sin embargo, aquel pensamiento fue abruptamente interrumpido por Fito, que cordialmente me pidió que me apartara de su camino y encendió su camioneta para guiarla hacia el interior del galpón, como si ya lo hubera hecho muchas veces antes, como si la posibilidad de renunciar no existiera en su universo.

Martín, las chicas y yo permanecimos inmóviles, atrapados en un silencio cargado de dudas.

Era evidente que ellas también se debatían entre avanzar o retroceder.

Sin embargo, su dilemma era más complejo: Los tres viajaban en un único el vehículo.

Si unos decidían abandonar y los otros no, se enfrentarian a un problema logístico que en ese preciso momento, debía parecerles tanto un inconveniente como una sentencia.

Consideré, no sin cierto cinismo, que acaso aquella fuera mi oportunidad para retirarme sin cargar con la ignominia del cobarde.

Si las chicas optaban por abandonar, bien podría esbozar un gesto altruista y ofrecerme a llevarlas a Caviahue, disfrazando mi propia rendición de virtud.

Pero el destino, que rara vez concede tales indulgencias tenía otros planes: Aquellas mujeres, a mis ojos, débiles y frágiles no vacilaron un instante más.

Don Kala, con imponente autoridad y una mirada que parecía ver más de lo evidente, quebró el curso de mis pensamientos.

Con una precisión que rozaba lo geométrico, me señaló el lugar exacto donde debía estacionar mi camioneta.

Si bien el galpón se antojaba vasto, acomodar todos los vehículos requería un cierto orden.

Suspiré con resignación, sabiendo que cualquier intento de evasión solo conduciría al ridículo. Luego de un último vistazo al camino de salida, seguí sus instrucciones y aparqué en el lugar señalado, aceptando finalmente mi cita con lo desconocido.

Al descender de la camioneta, algo en la mecánica del viejo Mercedes desmantelado despertó mi curiosidad, una pulsión casi instintiva me llevó a acercarme al viejo vehículo todoterreno.

Sin pensarlo demasiado y sin pedir permiso, comencé a inspeccionarlo desde una distancia prudente.

Para mi sorpresa y alivio, Don Kala no solo no se molestó ante mi intromisión, sino que se unió a mi examen, con una actitud que revelaba lo agradable de descubrir un interés compartido.

—¿Tiene un motor M115? —pregunté, señalando el bloque del motor con curiosidad.

Su ceja se alzó con una ligera sorpresa, una expresión que, aunque sutil, dejaba entrever su agrado por mi conocimiento.

—Sí —respondió con una media sonrisa—. Lo compré en un remate del ejercito junto con el camión, pero mientras el camión funcionaba sin problemas, este nunca pudimos hacerlo andar.

La conversación continuó con un par mas de detalles tecnicos y aunque fue breve, estuvo cargada de esa complicidad que surge entre los que comparten la misma pasión. Un entendimiento casi tácito, un entusiasmo mutuo por lo mecánico, por los objetos rotos y las historias no contadas en cada tuerca.

Entonces, aprovechando nuestro distanciamiento del resto del grupo, Don Kala adoptó un aire de discreción digno de un espía soviético. Su tono cambió y en un susurro casi imperceptible, me hizo un gesto directo.

—El dinero —dijo, como quien menciona lo inevitable.

Llevaba el monto exacto en un sobre, tal como habíamos acordado y sin vacilaciones, se lo entregué. En un parpadeo y con la rapidez propia de una escena de película sobre mafiosos, Don Kala guardó el sobre en uno de sus bolsillos, lanzando una mirada fugaz a su alrededor.

Con discreción y procurando no romper el teatral espíritu de juego de espías que mi anfitrión había instaurado, regresé a mi camioneta para descargar mis cosas.

Tomé la carpa, y al cruzar mirada con Don Kala, le consulte si sería necesaria.

Con un ademán apenas perceptible, pero cargado de una certeza inapelable, me respondió que no.

Mi sensacion de alivio no fue menor. Despues de todo, dormir bajo un techo firme resultaba infinitamente más tentador que la molestia de montar una tienda y dormir incomodamente en terreno incierto.

Cargué la mochila solo con la correa del hombro derecho, tomé la bolsa de dormir con la mano izquierda y, demostrando cierta diligencia caminé hacia el camión.

De pronto Fito en un gesto sorprendentemente amable, se interpuso en mi camino.

—Déjame ayudarte con eso —ofreció con genuina cortesía.

Agradecí el gesto, pero decliné con igual amabilidad. No era una carga pesada, y prefería que ayudara a otros.