El Perfil Adecuado Capitulo 6 Los Seis
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Capitulo 6 Los Seis

Era un hombre alto, de constitución robusta, de piel muy curtida por el sol y mirada penetrante.

Bajo su gorra asomaba una cabellera larga y rubia de aspecto pajoso.

Llevaba ropa similar a la mía, pero mucho más desgastada, de tonos desvaídos que parecían haber perdido – o tal vez ganado - la batalla contra el tiempo y los elementos.

Las costuras remendadas y los parches en las rodillas del pantalón no solo delataban el uso, sino una voluntad obstinada de prolongar la vida útil de lo ya condenado.

Cuando estuvo más cerca noté sus manos: grandes, callosas y curtidas por trabajos rudos.

Los dedos, manchados de un amarillo sucio, llevaban la huella inconfundible del tabaco; no el cigarrillo ocasional del diletante urbano, sino el hábito arraigado de quien fuma no socialmente ni para matar el tiempo, sino para hacerlo soportable.

Extendí la mano en un gesto amistoso pero sin prisa, y él, sin soltar el cigarrillo la estrechó con firmeza.

La diferencia entre la robustez de su mano, marcada por años de trabajo arduo y las cicatrices del tiempo, y la mía de oficinista fue tan evidente como el contraste entre su camioneta y el deportivo rojo.

—Buen día —le dije, intentando sonar firme pero cordial. —Buen día, amigo —respondió él, con una sonrisa que apenas tocó sus labios—. ¿Anda perdido?

Aunque esperaba un tono grave, de aquellos que se escuchan con peso y autoridad, su voz fue sorprendentemente aguda, casi infantil. Era un contraste desconcertante con su apariencia ruda y su postura impasible

—Espero que no —respondí con una leve sonrisa—. Vengo a una actividad de supervivencia.

—Ah, entiendo, me llamo Adolfo, pero todos me dicen Fito. No estoy seguro si estas en el lugar correto tal vez deberías ir al pueblo y consultar allí.

—Yo me llamo Lucas. Las coordenadas que me enviaron apuntan aquí…

Él me miró con una expresión que oscilaba entre la duda y la curiosidad, como si esa revelación lo sorprendiera más de lo que cabía esperar de algo tan mundano, tratándose de una actividad turística no debía ser muy extraño que llegaran turistas.

Por suerte el sonido de una puerta cerrándose desvío completamente nuestra atención.

Las tres personas del auto rojo finalmente habían descendido.

Dos mujeres jóvenes y un hombre de mediana edad.

Los tres con una actitud decididamente amigable aunque un poco tímida, se aproximaban hacia nosotros.

El hombre se presentó como Martín. Medía, quizá, un metro setenta y su figura menuda se perdía en el entorno áspero de aquella inmensidad andina.

El cabello escaso y rizado, negro como una noche sin estrellas, coronaba un rostro que se intuía amistoso.

Calzaba unas zapatillas blancas impecables, inadecuadas allí, donde la tierra no perdona la pulcritud, y vestía prendas evidentemente recién compradas —un jogging y un polar ostentoso de reconocida marca, digno de vitrinas más que de ventiscas—.

Parecía un turista desorientado, sorprendido por un frío caprichoso en alguna playa atlántica, y no alguien dispuesto a enfrentarse a la cordillera.

A su lado, las dos mujeres avanzaron abrazadas, dando pequeños saltitos para vencer el asedio del frío.

Sus elegantes camperas livianas y calzas delgadas eran insensatas defensas ante el clima.

Ambas compartían una complexión marcadamente atlética, piel clara, manos y cabellos muy cuidados, detalles que evidenciaban que estaban más acostumbradas a gimnasios o entornos urbanos que a la naturaleza salvaje.

Una era morocha y la otra tenía el cabello castaño claro.

—¿Anda perdido, amigo? ¿Algún problema con la camioneta? —preguntó Martín, dirigiéndose solo a mí, con una cordialidad que parecía teñida de curiosidad.

Su mirada reflejaba la misma sorpresa que había visto antes en los ojos de Fito y yo continuaba sin entender la sorpresa de ver personas nuevas en una actividad publicitada en una pagina. Pero entonces recordé el detalle clave—solo se llegaba con invitación. Sin dudarlo, lancé mi acreditación.

—Me invitó el Coyote —dije, esforzándome por aportar algo de entusiasmo al aire helado que nos envolvía. Para mi fortuna, la morocha respondió de inmediato, sin darle mucha importantia a lo que dije y con una energía que desterró cualquier atisbo de incomodidad:

—¡Siiiii, vamos, vamos! —gritó, como si cada palabra pudiera empujar el frío de vuelta a las montañas.

Me cayó bien desde el primer momento. Había algo fresco y contagioso en su actitud.

—¿No se esperaban tanto frío? —pregunté, observando deliberadamente sus prendas finas y deportivas.

—¡Nooooo! —respondieron las dos al unísono, entre risas y pequeños saltitos que intentaban inútilmente combatir el clima.

Fito, en un tono práctico, añadió:

— Es una de las regiones con mayor amplitud térmica del país, sobre todo en esta epoca del año.

Durante la noche, la temperatura puede descender hasta los cinco grados bajo cero, y durante el día trepar sin dificultad hasta los cuarenta.

Si sopla el viento de las montañas el frío se vuelve cortante; si no hay brisa alguna, el calor se vuelve agobiante.

Todo es posible: amaneceres gélidos y tardes sofocantes pueden convivir en una misma jornada.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó la morocha, mirando a su alrededor con cierta inquietud.

—No lo creo —respondió Fito—. Supongo que este es solo el punto de encuentro.

Me tome un minuto para observar bien el entorno.

La planicie se abría tranquila, con dos accesos visibles: el camino relativamente firme por el que habíamos llegado y una huella delgada que se perdía hacia las entrañas de la cordillera.

Como aficionado a los autos, no podía evitar pensar en lo imposible que sería para el deportivo auto rojo avanzar por ese sendero áspero y traicionero en caso que fuera necesario hacerlo.

Fito, sin decir una palabra, fue hasta su camioneta y regresó con un maltrecho termo con café.

La tapa hacía las veces de taza improvisada.

Nos ofreció a todos; Martín y las chicas declinaron con amabilidad.

Para no dejarlo bebiendo sólo acepté cortésmente, aunque un café negro era lo último que me apetecía en ese momento.

El aroma intenso me golpeó antes de que el primer sorbo llegara a mi boca.

El sabor, áspero y amargo, parecía reforzado por un poco sutil toque de alcohol.

Era lisa y llanamente asqueroso y me arrepentia de haberlo aceptado, aunque por otro lado el calor que desprendía la taza fue un alivio bienvenido para mis manos heladas.

El grupo permanecía en ese silencio incómodo que brota cuando los caminos de las personas no tienen un cruce evidente.

Fito, curtido por el monte y la vida rústica, y las chicas, elegantes y deportivas, parecían pertenecer a mundos tan distantes que cualquier intento de conversación quedaba atrapado en un abismo inviable.

Justo cuando estaba a punto de armarme de valor para sacar algún tema trivial de conversación, el frágil silencio fue interrumpido.

El sonido era inconfundible: el ronroneo profundo y grave de un viejo motor gasolero pesado que avanzaba lentamente. A través de la espesura de la vegetación, vislumbramos que se aporximaba un camión con una desgastada lona verde, que levantaba tras de sí una ligera nube de polvo tenue.

Finalmente llegó al claro y se reveló entonces en toda su majestuosidad: un Mercedes Unimog, coloso mecánico diseñado para desafiar los límites de la geografía.

Sus ruedas descomunales evocaban la imagen de un leviatán terrestre, capaz de doblegar cualquier terreno, por hostil o abrupto que fuera.

No era simplemente un vehículo, sino un emblema, una afirmación mecánica de la voluntad humana frente a los desafíos de la naturaleza.

El metal, marcado por cicatrices inmemoriales, hablaba de incontables travesías y enfrentamientos con geografías ásperas e indómitas.

Sin embargo, en su andar fatigado había una serena dignidad, una especie de música tácita que evocaba la longevidad, ese atributo reservado a las cosas que trascienden su mera utilidad para convertirse en símbolos.

El vehículo avanzó describiendo un lento círculo alrededor del claro, hasta que finalmente se detuvo junto al galpón, dejando tras de sí una estela de polvo suspendido en el aire frío.

Aproveché el instante en que nadie me observaba y con un gesto rápido y discreto derramé el resto del café en el suelo.

Le devolví la taza a Fito, quien la tomó sin notar el ardid, más atento al imponente camión que a mis movimientos furtivos.

El conductor, un hombre mayor, abrió la pesada y rechinante puerta, que aún conservaba las siglas "EA" y un número de serie desdibujado, claro indicio de su pasado militar.

Apoyó un pie en el único peldaño disponible y, sin vacilar descendió con un salto preciso y ágil como si hubiera repetido ese gesto innumerables veces a lo largo de su vida. Seguramente así había sido.

Era corpulento, tan robusto como Fito, aunque sus años lo delataban: rondaba quizás los sesenta y cinco años.

Al igual que Fito, tenia la piel curtida por interminables jornadas al sol, al frio y al viento.

Llevaba una gorra desgastada de color maíz, de esas que suelen preferir los pescadores, y unas gafas oscuras diseñadas para enfrentar las inclemencias de la alta montaña.

Sus ropas, antaño probablemente elegantes, ahora eran una sombra de su antigua calidad: gastadas, sucias y marcadas por el uso constante.

Sin embargo, algo en su porte desafiaba cualquier insinuación de fragilidad.

Se aproximó a nosotros con un andar firme y seguro, desbaratando por completo las expectativas que su edad podría haber sugerido, como si el tiempo solo fuera una variable insignificante para él.

—Hola, soy Don Kala, el guía —dijo mientras se acercaba y nos estrechaba la mano uno por uno.