El Perfil Adecuado Capitulo 5 La salida
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Capitulo 5 La salida

Fiel a mi rutina, ya lo tenía todo preparado: solo quedaba calentar el agua para el café.

Minutos después surcaba las calles de una ciudad aún adormecida, donde las luces intermitentes amarillas de los semáforos parecían guiñar en soledad.

Sin tráfico que me retuviera, dejé atrás rapidamente el casco urbano, entrando en la quietud del vasto desierto patagónico.

El viaje comenzaba bien. La carretera recta se extendía como un horizonte interminable. Las líneas amarillas, repetitivas, parecían hipnóticas, pero el café y la música me mantuvieron alerta.

Poco a poco llegó el cambio. Como si la naturaleza hubiera preparado un espectáculo, la monotonía árida del desierto se fue extinguiendo paulatinamente.

Las mesetas anunciaban su presencia, y a lo lejos, las montañas alzaban sus cumbres nevadas con blanca e imponente majestuosidad.

Los bosques, tímidos al principio, comenzaron a brotar con un verdor que parecía un regalo después de tanta aridez.

Nada de esto era nuevo para mí. Había recorrido ese camino muchas veces en busca de la nieve y sus efímeros divertimentos.

Pero el último tramo, como en todo relato que merece contarse, presentaba una desconocida desviación.

El GPS, oráculo moderno, señaló un destino que no pertenecía a la ruta oficial, sino a un lugar indeterminado más allá del camino civilizado.

Al acercarme al punto indicado, y dado que era sin dudas el único vehículo en la carretera reduje la velocidad a paso de hombre, buscando con atención cualquier entrada.

Finalmente distinguí sobre la izquierda un camino de tierra flanqueado por dos grandes sauces llorones.

Luego de re confirmar que no hubiera otro vehículo circulando, me detuve en medio de la carretera desierta y observé cuidadosamente el lugar.

Compare con el GPS como quien confronta dos versiones de la realidad en busca de una verdad conciliadora.

Sin ver otra entrada posible, asumí que esa debía ser.

Me aproxime a la tranquera y note que tenía un simple cerrojo sin llave.

Un sencillo y casi simbolico portal que lejos de bloquear visitantes, parecía destinado solo a contener el ganado.

Crucé, cerrando la tranquera tras de mí y antes de continuar, revisé mi teléfono.

Ahun tenia algo de señal y no dude en aporvechar la oportunidad para enviarle un mensaje a Lucía informándole que todo marchaba según el itinerario previsto.

Sabía, sin embargo que anulada por la vastedad de la cordillera, la señal pronto se desvanecería hasta quedar en cero.

Pensé, mientras la barra de señal titilaba como un presagio, que tal vez la pérdida de ese delgado vínculo con el mundo era, en realidad, necesaria.

El sendero se extendía frente a mí, rústico, desafiante, un trazo áspero sobre el suelo indómito.

Las piedras crujían bajo las ruedas todoterreno de la camioneta, y evitar pisar alguna que fuera peligrosamente filosa exigía maxima atencion en el manejo.

Era una ruta poco transitada, de uso particular, cuyos virajes difusos me obligaron a poner GPS en modo de coordenadas y verificarlo continuamente.

Necesitaba confirmar que avanzaba hacia mi destino y no hacia el interior de alguna otra propiedad privada.

Aún contaba con unos 30 minutos de ventaja sobre el horario pactado, de modo que avancé con cautela.

La vegetación se volvía más densa a medida que avanzaba.

Pinos y araucarias se alzaban como guardianes del camino, mientras el aroma fresco de la montaña se mezclaba con la humedad persistente del suelo rocoso.

A lo lejos, las cimas nevadas dibujaban un horizonte que parecía suspendido en el tiempo.

Tras recorrer unos diez kilómetros de esa serpiente de tierra, el bosque se abrió de repente en una planicie amplia.

Allí, recortándose contra el paisaje, apareció el techo verde de una construcción que sin lugar a dudas era el mismo que habíamos identificado en el mapa satelital.

Al acercarme, los detalles se hicieron evidentes: la estructura principal era un gran galpón de chapa con techo a dos aguas típico de la región, tenia una arquitectura funcional y sin pretensiones.

Su construcción debía remontarse a los años 60 o 70, y a pesar de su aspecto envejecido el lugar parecía mantenerse bien.

Pero algo más llamo mi atención: Detenido, se encontraba un automóvil rojo deportivo, reluciente y completamente fuera de su habitat.

El contraste era tan abrupto que no pude evitar preguntarme: ¿Cómo alguien pudo traer eso hasta aquí?

Seguramente el conductor no sabía en qué tipo de terreno se estaba metiendo.

Disminuí la velocidad al ingresar hasta ver una improvisada playa de estacionamiento, delimitada por una cerca de madera formada por troncos en forma de “N”.

No quise parecer invasivo estacionándome cerca del coche rojo, de modo que continué unos metros más.

Al pasar por frente del vehículo, desde su interior tres personas me saludaron levantando la mano amable pero austeramente. Gesto que devolví de igual manera.

Fue entonces, a escasos metros de distancia, que la vi: una vieja camioneta verde oscuro, casi perfectamente mimetizada con el entorno. Apoyado contra su lado izquierdo igualmente mimetizado con el entrono se encontraba un hombre fornido, de unos 40 años, fumando con tranquilidad.

Aparqué a una distancia prudente y detuve el motor, procediendo con deliberada lentitud.

Me quité el cinturón, retiré los lentes oscuros y busqué mi teléfono para enviarle otro mensaje a Lucía.

Sin embargo, la barra de señal había desaparecido por completo.

El aislamiento ahora era un hecho consumado.

Cada uno de mis movimientos era cuidadosamente dosificado en un intento de evaluar las reacciones de los presentes, pero nadie se movió.

Los tres ocupantes del coche rojo permanecieron en su lugar mientras el hombre junto a la camioneta, impasible, encendía otro cigarrillo como si mi llegada no mereciera atención alguna.

Tenía dos opciones, permanecer en mi camioneta hasta que algo sucediera o intentar sociabilizar.

Al abrir la puerta y descender, fui golpeado por una ráfaga de aire mucho más frio de lo que me esperaba.

Debido al polvo del camino había viajado el ultimo tramo con las ventanas cerradas, y no me había percatado de lo frío que estaba el ambiente.

Eran varioaciones termicas extremas típicas de la cordillera.

Con la misma parsimonia que había mantenido hasta entonces, abroché el cierre de mi gruesa campera invernal y me detuve, esperando que alguien se acercara a recibirme.

Pero el silencio persistió. Solo el viento, que susurraba entre los árboles, daba señales de vida.

Estaba a punto de tomar la iniciativa y dirigirme a saludar y presentarme con hombre de la camioneta cuando, de forma inesperada, fue él quien comenzó a caminar hacia mí.

Sus pasos eran seguros, medidos, como si cada uno llevara consigo una intención clara.

No había prisa en su andar, pero tampoco duda.