Capitulo 4 La previa
Incluso en el gimnasio había alterado mi rutina, guiado por la necesidad de una preparación más orgánica, más alineada con lo que imaginaba serían las exigencias de la aventura.
Al llegar a casa, mientras tomaba café con Lucía, nuestros temas de conversacion se encuentraban sin previo aviso, se cruzaban en una danza casi desconcertante.
Ella hablaba, con esa calma que siempre la caracterizó, sobre los detalles infinitesimales de la construcción de la casa: el plano que debía ajustarse, los materiales que ya no parecían adecuados, los colores que, por alguna razón, se esforzaba por nombrar con certeza.
Y yo, por mi parte, deslizaba entre sus pausas los contornos de mi misterioso viaje, mis preparativos y sus detalles.
Era un relato que aún no tenía forma, una posibilidad apenas esbozada, y aunque bien podía terminar disolviéndose en la nada —como tantos de mis sueños de restauracion de autos—, me entusiasmaba igual.
Los días se sucedieron entre la organización del viaje, los entrenamientos y los preparativos.
Había aprendido por experiencia en viajes anteriores, que la procrastinación nunca es aliada de una buena planificación.
Dos días antes del gran día, mi habitual calma y enfoque dieron paso a una ansiedad creciente que me invadió de forma inesperada.
Pensé en escribir un mensaje solicitando mas informacion al misterioso numero, pero me detuve al instante.
¿Qué podría decir o preguntar sin dar la impresión de estar ansioso o, peor aún, de ser una molestia?
"¿Cómo serán las actividades?", me preguntaba.
"¿Debería prepararme para soportar un frío extremo o, incluso la nieve?
¿Qué tipo de calzado necesitaría? ¿Acaso dormiremos a la intemperie?
" Mil preguntas, todas sin respuesta, todas suspendidas en el aire como piezas dispersas de un rompecabezas.
Sin embargo, no podía olvidar que este viaje, este "paquete de aventura", estaba concebido sobre un halo de misterio.
Demasiada información arruinaria sin duda la esencia misma de lo que prometía ser la experiencia.
Tal vez la falta de detalles era parte del juego, una prueba para evaluar nuestra capacidad de adaptación, de resistencia, de paciencia.
El montañismo siempre me había apasionado, y con los años había acumulado una considerable colección de equipo especializado.
Ropa térmica, utensilios de supervivencia, y todo tipo de accesorios diseñados para resistir las condiciones más extremas.
Además, contaba con mi fiel camioneta Toyota, un todoterreno de aquellos que ya no se fabrican, que habia adquirido en un remate de equipos de una empresa minera.
Era un vehículo resistente, austero, sin lujos, con cicatrices de innumerables batallas que le conferían un aire de robustez inquebrantable.
Dos ruedas de repuesto, encajadas a los lados de la caja de carga, acentuaban su carácter rudo, propio de un vehículo totalmente impensado para un contable, hecho para resistir, no para lucirse.
Lucía solía reír al verme cargar todo tipo de objetos, siempre bromeando —y con razón— sobre lo exagerado de mis preparativos.
Decía que parecía estar listo tanto para la jungla como para la Antártida.
Pero yo sabía que, por más que exagerara, cada cosa que metía en la camioneta era una pequeña garantía de estar preparado para lo que fuera que me esperara en el camino.
Y, aunque la incertidumbre rondaba como una sombra, algo dentro de mí, algo profundamente instintivo, sabía que las mejores historias nacen de la aventura, de lo impredecible, de lo desconocido.
Finalmente llegó la tarde del día 13. Con todo preparado, esperaba impacientemente la confirmación. Mi ansiedad era tan evidente que, después de verme dar varias vueltas alrededor de la sala, Lucía me sugirió sentarnos a ver una película para distraernos.
A las 10:45 p.m., finalmente el Viejo telefono sonó. Saltamos del sillón sin siquiera detener la película, ahora irrelevante ante la emoción que nos embargaba:
“Presentarse 10:00 am. -38.79431259413373, -70.1963462073219.”
Sin mediar palabras, corrimos hacia la computadora de Lucía.
La pantalla brilló ante nuestros ojos mientras ingresabamos a la pagina de Maps y tecleanamos las coordenadas.
El mapa apareció en segundos, señalando un punto en medio del extenso paisaje patagónico, a unos treinta kilómetros de Caviahue.
Al acercar la imagen tanto como lo permitía la vista satelital, pudimos distinguir una construcción principal: un techo verde a dos aguas, típico de la región, pensado para soportar las intensas nevadas que cada invierno castigan la Patagonia.
Conocía bastante bien la zona, sobre todo el tranquilo pueblo de Caviahue.
Había visitado esos parajes en numerosas ocasiones para esquiar, hasta el punto de reconocer a muchos de sus habitantes y sentir cierta familiaridad con ellos.
De hecho, me consideraba amigo del dueño de una de las posadas, a la que siempre acudía para disfrutar días de nieve, esqui y diversión.
Con la certeza de que nadie conocía la región mejor que Rodolfo, el dueño de La Posada El Rodo, decidí llamarlo.
—Hola, quiero hablar con Rodolfo —dije, tratando de sonar natural.
—Sí, soy yo —respondió su voz, algo desconfiada.
—Soy Lucas. Me hospedé varias veces con un grupo de amigos para hacer snowboard. ¿Te acuerdas de la fiesta del puestero? Soy el que se quedó dormido afuera del hostal —le dije, intentando romper el hielo.
Hubo un largo silencio, cargado de una incomodidad que pesó en el aire como una nube. Finalmente, la voz de Rodolfo se hizo presente, un poco más suave.
—Ah, Lucas, claro, claro. Si estás llamando por el lugar, te anticipo que estamos completos hasta dentro de dos semanas.
—No, en realidad quería consultar algo. ¿Conoces algún grupo que organiza campamentos de supervivencia por la zona?
El cambio en su tono fue inmediato. La confianza desapareció, dejando una voz más apagada, más distante.
—No sé… Hubo un par de emprendimientos de ese tipo hace años, pero creo que ya no queda ninguno. La mayoria se instalan en lugares mas comerciales como San Martin de los Andes o Bariloche. Por estas zonas, solo el ejército entrena cerca del río Covunco, pero no aceptan civiles.
Un vacío se instaló en mi estómago, pero no me detuve.
—Entendido. Específicamente, me refiero a un lugar 25 kilómetros al este, por la RN026.
La pausa fue aún más larga esta vez. Rodolfo, como si meditara mis palabras, finalmente respondió, con un tono que dejó entrever algo más que simple información.
—Esa es tierra de los Kalaing. El viejo murió hace años. Tenía un hijo y una hija. La hija se fue a Buenos Aires, y el hijo se quedó aquí. Vive en esas tierras, es algo ermitaño. Nadie sabe mucho de él.
—¿Lo conoces? —pregunté, sintiendo que la conversación tomaba un giro inquietante.
—No personalmente. Mi hermana fue a la escuela con la suya. Eran buena gente, pero muy alemanes, ya sabes, muy parcos y reservados. Tal vez hayan vendido las tierras. No sabría decirte más.
Terminé la llamada con un sabor amargo y una sensación de interrogantes sin resolver. Lucía, que había seguido cada palabra, intentó disipar la tension
—Vamos, quiero muchas fotos de lo que sea que vayas a hacer —dijo, dándome un par de palmadas en el hombro.
—¿Segura? No sé… ¿y si no voy? —respondí, todavía dudando.
—¿Qué es lo peor que podría pasar? —bromeó. —En cualquier caso podrías tomarte igualmente los días de descanso e ir a Caviahue.
—Lo peor es que sea una estafa y me roben el dinero, y Caviahue está completo.
—Nadie arma tanto circo por 50 mil pesos, y tu vieja camioneta no le interesa a nadie. Ya está todo listo. Tengamos nuestra "última cena", terminemos la película y vamos a dormir.
No podía negar que ella tenía razón. Parte de mí quería seguir adelante, aunque otra parte sentía dudas.