El Perfil Adecuado Capitulo 3 El mensaje
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Capitulo 3 El mensaje

Me quedé unos minutos releyendo y analizando el mensaje. Algo en su tono me resultaba desconcertante. Sin embargo, tenia mis obligaciones, la vida seguía normalmente, y el trabajo me esperaba.

Durante todo el día, por alguna extraña razon no pude apartar la idea de aquella actividad de mi mente.

Durante el camino al trabajo, en el desayuno y hasta en el almuerzo, la idea de aquella aventura no dejaba de rondar mis pensamientos.

Sin revelar mis intenciones a nadie, consulté a mis colegas sobre posibles reuniones, entregas o asuntos pendientes, y revisé mi calendario laboral en busca de una oportunidad para tomar esos cinco días libres.

En el horario del café decidí consultar con alguien que podría tener algo de información.

Un compañero joven del área legal era alpinista amateur y conocía bastante sobre actividades de aventura en la cordillera.

Con cuidado, fui guiando la conversación hasta el punto que me interesaba.

Entonces le mostré la tarjeta y, fingiendo naturalidad, le pregunté si los conocía.

—¿Los conoces? —le pregunté.

—No los conozco —dijo —. Supongo que son nuevos. Últimamente este negocio de actividades extremas está explotando.

—Es curioso —observé—, porque parece todo lo contrario. Ingresé a la página y se ve vieja, con fotos que parecen de hace años.

El joven frunció el ceño con una mezcla de desconcierto y desinterés.

—Entonces no sé qué decirte. Yo conozco las empresas más populares y puedo asegurarte que ésta no está entre ellas. Lo siento, no sé más.

Regresé a mi puesto de trabajo con las mismas dudas, aunque ahora teñidas de una inquietud persistente. Tal vez —pensé— existan actividades que no necesitan publicidad; o quizá, más bien, todo formara parte de un intento calculado por despertar curiosidad.

Al llegar a casa, como de costumbre, Lucía me esperaba con un café.

Mientras ella me contaba los pormenores del día, yo no podía evitar mirar una y otra vez el viejo teléfono.

Notó mi distracción y, con una mezcla de curiosidad y leve reproche, me preguntó por qué estaba tan pendiente del aparato.

Entonces me tomé un momento para explicarle y contarle todo lo que había ocurrido hasta ese momento.

Para mi sorpresa, su reacción fue inesperadamente positiva.

—Creo que no estaría mal que fueras —dijo con bastante entusiasmo.

Quedé bastante incrédulo, rascándome la barba mientras procesaba su respuesta. Ante mi silencio, continuó:

—Sí, sería muy bueno que hicieras algo así. El costo no es elevado, y justo en esos días voy a estar ocupadísima con el proyecto de Indura.

Su respuesta me dejó desconcertado, como si el mundo hubiera girado en falso por un instante.

Ella, siempre tan conservadora, estructurada y cautelosa, era la última persona de la que habría esperado que me alentara a ir.

Imaginé preguntas incisivas, objeciones racionales, incluso una sonrisa escéptica.

Pero no: ahí estaba, animándome a lanzarme al vacío con la ligereza de quien sugiere probar una nueva bebida.

Finalmente decidí mostrarle el mensaje completo, para que lo leyera de primera mano.

En el fondo, aún esperaba provocarle la reacción de esceptisismo que no había tenido antes.

Pero ella mantuvo el mismo entusiasmo, e incluso me señaló algo que yo no había notado —o que, tal vez, había preferido pasar por alto—: Al final del mensaje se solicitaba informar quién me había extendido la invitación.

Por supuesto, no lo sabía y tendría que averiguarlo…

—¡Hola, Lucas! Que sorpresa tu llamada —contestó Tota con su habitual alegría. —Hola. ¿Cómo estás? —Bien, a punto de entrar a una clase de pilates.

Perfecto. Si algo le gustaba a Tota era conversar, y podía hablar durante 20 minutos hasta que la otra persona lograra que le ceda la palabra para hacerle una pregunta. Pero al tener ese limitador de tiempo podía ir directo al punto sin parecer un desconsiderado.

—Quería consultarte algo sobre la otra noche, sobre el tipo que te dio la tarjeta. ¿Cómo fue todo?

—Ah, sí… no recuerdo mucho. Se me acercó, me dio la tarjeta y dijo que parecía una chica en busca de aventura.

—¿Dijo algo más? ¿Algún detalle?

—No, solo recuerdo eso. Me dijo que éra una chica linda, jóven, en buen estado físico y aventurera, y que tenía una actividad para invitarme. No le mostré mucho interés, y se fue.

—¿Recuerdas su nombre?

—Sí, pero no era un nombre, era un apodo. Me dijo que lo llamaban “El Coyote”. Bastante ridículo, ¿no?

—Sí, claro… Bueno, gracias. Te llamo luego con más tiempo.

—¡No me digas que piensas ir! —soltó entre risas.

—Lo estoy considerando.

Tota rió aún más y me dijo que debía entrar a su clase.

Lucía, quien había escuchado parte de mi conversación mientras organizaba cosas en la cocina, se acercó al terminar. Con una sonrisa insistió:

—Al menos deberías volver a escribir.

"Finalmente opté por responder y con igual parquedad que el mensaje recibido: ‘SI — me invitó El Coyote’. Lo envié sin añadir nada más

La respuesta llegó a las pocas horas, contundente y sin rodeos: “Su asistencia ha sido confirmada. Enviaremos detalles el día 13.”

La actividad estaba programada para el día 14, lo que significaba que recibiría los detalles con apenas un día de antelación, como si el destino mismo jugara con la incertidumbre que ya se cernía sobre mí.

Algo en la formalidad del mensaje, esa frialdad mecánica, seguía incomodándome.

Quizá todo fuera parte de un estudiado y elaborado plan marketinero cuyo objetivo era cultivar el misterio.

Tal vez no era sino una capa más sobre la que se construía la intriga, una estratagema para alimentar y aumentar la curiosidad de aquellos dispuestos a concurrir a una actividad sin saber nada de ella.